Recuerdos y aventuras de la infancia perdida: «La Pandilla 1964-1976» de Jean Roba. Dolmen Editorial.

Hoy en día resulta impensable creer que el mismísimo editor de la revista Spirou, Charles Dupuis, dudase a finales de la década de los 50 y principios de los 60 del siglo pasado de que un artista comercial como Jean Roba, llegado del mundo de la publicidad, pudiera convertirse en un auténtico dibujante de cómics. «Rescatado» de lo comercial nada menos que por el mismísimo André Franquin, fue éste quien, aparte de emplearle como ayudante en tres aventuras de Spirou y Fantasio, le introdujo en la volcánica redacción de la legendaria revista Spirou en la que formó parte de un equipo que, a principios de 1960, lo conformaban nombres tan «poco conocidos» como Jidéhem, Marcel Denis, Peyo, Morris, Will, Jijé, Maurice Tillieux o Yvan Delporte y otros miembros clave de la llamada «Escuela de Marcinelle». Rechazados todos sus proyectos uno tras otro, incluyendo un cómic de humor basado en su propia vida familiar, curiosamente cuando al fin le dieron la oportunidad de colorearla, rotularla e imprimirla en formato de revista para incluirla en la pila de nuevas ideas a presentar a Dupuis, éste se dio cuenta de repente del potencial de los personajes de Roba. Y así nacieron Bill y Bolita, la serie que sin duda hizo eterno al dibujante y guionista. Y posiblemente la única capaz de hacer sombra a los intentos de lanzar nuevas creaciones y personajes, como fue el caso de La Pandilla, cuyo segundo tomo (abarcando de 1964 a 1976) venimos a recomendarte hoy, especialmente si eres fan del mejor cómic franco-belga y de las aventuras increíblemente bien dibujadas.

Gracias una vez más al esfuerzo y buen hacer de Dolmen Editorial, podemos disfrutar de una serie mucho menos popular del creador de Bill y Bolita, pero de una calidad enorme tanto en el dibujo como en las elaboradas historias que vuelven a llegar ahora a nuestras manos después del primer tomo, La Pandilla 1962-1964, editado en julio de 2024 por Dolmen. Incluso leída 63 años después de que la primera aventura de esta inigualable pandilla infantil viese la luz, las cinco nuevas aventuras incluidas en este segundo tomo integral demuestran con creces que la consideración de estas historietas como indudable contribución clásica al cómic franco-belga no se quedan cortas. Originalmente iniciada la serie cuando André Franquin ayudó a su compañero de estudio Marcel Denis y al artista Jo-El Azara a hacer una tira cómica sobre un grupo de niños, estilo que siempre había sido popular en Bélgica, fue Franquin quien creó su sonoro título en francés: La Ribambelle (traducido aquí como La Pandilla). Tras un primer ensayo de cuatro páginas, Opération Ciseaux, aparecido en el número 1041 de Spirou (27 de marzo de 1958) Azara dejó la revista por un puesto en su rival, la también revista Tintín, lo que paralizó el proyecto durante los cuatro años siguientes. Y de nuevo fue Franquin quien sugirió a Jean Roba como la pieza clave para retomar el proyecto.

Roba, a quien le gustaba tener niños como protagonistas, transformó las ideas originales en una singular serie de aventuras. De ese modo La Pandilla Gana Terreno, se estrenó en el número 1247 de la revista Spirou, el 12 de marzo de 1962. Desarrollada a partir de un grupo multicultural de niños unidos por una amistad inquebrantable, tenemos a Phil, un niño rubio y líder aparente de La Pandilla; Archibald Mac Dingeling, un niño escocés con gafas lo suficientemente rico como para disponer de su propio mayordomo, James Jollygood-Fellow; el toque femenino del grupo a cargo de una niña pelirroja llamada Grenadine; Dizzy, un niño negro al que le gusta tocar la trompeta en homenaje al legendario trompetista de jazz Dizzy Gillespie y único personaje del concepto original de Franquin que Roba reutilizó; para terminar con dos niños japoneses, los gemelos Atchí y Atchá, extremadamente educados y hábiles en las artes marciales. Posiblemente chirriante para algunas mentes «bienpensantes» actuales por los roles de cada personaje, La Pandilla es fiel y sencillo reflejo de otra época y lo cierto es que fue la primera serie de cómics belga multicultural, donde al final todos los chicos respetan las diferencias de los demás y se defienden mutuamente. No me cabe duda de que los lectores y lectoras de la revista Spirou disfrutaron de la serie como se puede hacer hoy en día, por mucho que sea impensable en esta decadente sociedad nuestra imaginar niños jugando en la calle solos.

En este segundo tomo se incluyen cinco nuevas aventuras que inicia La pandilla acepta miembros, en la que Phil, Archibald, Grenadine, Dizzy, Atchí y Atchá nos reciben en su base de operaciones, un viejo autobús remodelado en un solar completamente cubierto de césped y trampas. Es ahí donde su banda rival por excelencia, Los Caimanes, quieren entrar por algún motivo posiblemente oscuro y para ello, pretenden firmar la paz y entrar en la Pandilla. Historia especialmente breve, publicada originalmente entre septiembre y octubre de 1964, como recalcaba antes, la cada vez más exigente presencia y trabajo de Roba con sus Bill y Bolita supuso que, de forma cada vez más recurrente, Roba se viese obligado a recurrir a sus compañeros de estudio para mantener viva una serie como esta. Como nos recuerda Carlos de Gregorio, que firma el excelente y siempre instructivo y ameno dossier final con el que todo título de la colección Fuera Borda nos ilumina en cada nueva obra recuperada, para La pandilla acepta miembros Roba contó con el prolífico y genial Yvan Delporte, quien casi al mismo tiempo escribió para Peyo el irrepetible e insuperable guion de El Pitufísimo.

Igualmente corta pero intensa es la siguiente historieta, La pandilla en el estanque, donde de nuevo la Pandilla se enfrenta a los Caimanes con amargo final nuevamente para los segundos en una obra publicada originalmente entre diciembre de 1964 y enero de 1965, es decir, siete largas semanas después del primero y nuevo preludio de la cada vez mayor dilación en el tiempo de la serie. No fue, de hecho, hasta marzo de 1966 que se inició el siguiente y genial capítulo de estos personajes en una aventura tan original e inolvidable como La Pandilla en las Galopingos, continuación de La Pandilla alza el vuelo (incluida en el primer integral), en el que los protagonistas ganaron un fabuloso premio en un concurso de aparatos voladores consistente en un asombroso viaje hacia una remota isla con sorpresa incluida. Roba contó en esta impresionante historia de aventuras con el último guion que escribiría Vicq para La Pandilla. Y desde luego nos dejó una obra asombrosa, divertida, repleta del genuino sabor de los mejores clásicos de la literatura y cómics de aventuras, algo a lo que ayuda el dibujo exultante y fluido de un Roba en especial estado de gracia gráfico, imaginando por completo los confines de una isla donde tribus salvajes y animales inconcebibles te evaden a lo largo de 60 intensas páginas de tal modo que sólo por poder leer esta historia, este tomo ya merece la pena.

Los dos últimos episodios, que concluyeron definitiva y desgraciadamente la serie para Roba tardaron aún más en ver la luz aunque, el hecho de que Roba recurriese de nuevo al talento de compañeros de estudio volvió a convertir cada una de las dos historias en relatos dignos de leer y disfrutar muchas veces. En La Pandilla investiga, publicado entre diciembre de 1968 y marzo 1969, a Roba se unió el talento de otro destacado guionista como Maurice Tillieux, conocido por su excelente trabajo en series bien conocidas por el aficionado el europeo como Gil Pupila o Tif y Tondu. Afortunados ahora de poder leer de inmediato la siguiente y última historieta, La Pandilla contraataca, lo cierto es que, pese a su final abierto, pasaron nada menos que seis años y nueve meses para saber que ocurría después de La Pandilla investiga porque, en todo ese tiempo, Roba se encontraba, «verdaderamente desbordado» por Bill y Bolita, en pleno apogeo y éxito comercial, junto ilustraciones y trabajos adicionales que impidieron del todo al autor poder seguir antes con la serie.

Así, finalmente entre diciembre de 1975 y enero de 1976 se publicaron las 30 páginas de La Pandilla contraataca, en las que Roba no sólo recurrió de nuevo a Tillieux como guionista, sino que fue ayudado, por su sobrecarga de trabajo, por las hábiles manos del dibujante Jidéhem en la realización de los fondos, como hiciera realizando el mismo trabajo para el Spirou y Fantasio de Franquin o la Natacha de Walthéry. Lo cierto es que, agradecidos por tanto talento reunido para concluir una historia, estos dos últimos capítulos elevan incluso más la calidad de una serie que culmina en su momento álgido creativo, con una trama que te mantiene pegado a la página y unas viñetas tan frenéticas como la acción que representan, repletas de acción, incluso un secuestro y alguna que otra persecución con esos coches clásicos que nadie dibuja en movimiento como lo hacen los dibujantes belgas. Y es que, qué mejor forma de despedirse que volviendo a enfrentar a La Pandilla con su segundo enemigo en su pequeña ciudad: el ávaro y maquiavélico señor Bergüenza (Arsène Grofilou en la versión original). Redondo final que se completa con 11 páginas de extras coordinadas y con textos del experto Carlos de Gregorio y con la certera sensación de leer aquí una obra mayúscula que ningún aficionado al cómic franco-belga debería perderse.

SOBRE EL AUTOR

JEAN ROBA

El gran creador de Bill y Bolita era lo que podríamos llamar un falso urbanita. Nació el 28 de julio de 1930 en Schaerbeek (Bruselas). Pero siempre prefirió las calles aireadas de los suburbios al centro. Mientras que Bill tuvo la suerte de nacer con orejas mágicas, Roba nació con un lápiz en la mano. Apasionado del dibujo desde la infancia, nunca imaginó hacer otra cosa. A los 3 años, dibujaba boca abajo, de cabeza. A los 11, asistía a clases nocturnas en la Academia de Bellas Artes de Bruselas. A los 16, empezó en publicidad. Por aquel entonces, lo llamaban «publicidad», una palabra que ahora suena deliciosamente anticuada. Ya dominaba la mayoría de las técnicas de dibujo e impresión: desde la aguada hasta el grabado y el retoque fotográfico. Tras completar el servicio militar en 1952, se incorporó a un estudio especializado en ilustración publicitaria. Su camino parecía decidido. Fue Franquin quien finalmente alejó al joven Roba de la publicidad. Al incorporarse a Dupuis en 1957, Roba al principio hizo un poco de todo (excepto preparar café ¡ya tenía demasiado talento!). Ilustró un cuento navideño de Peyo, dibujó a lápiz dos cuentos del tío Paul e incluso creó los primeros cuentos completos de Tiou el Pequeño Sioux. Al mismo tiempo, realizó algunas ilustraciones para la revista Bonne Soirée, también publicada por Dupuis. André Franquin apreció su estilo y lo incorporó. Era 1958. Para Jean Roba fue la hora de un segundo nacimiento.

Viñetas de la aventura de Spirou y Fantasio Tembo Tabou.

Franquin le enseñó los entresijos del arte y lo involucró en tres aventuras de Spirou y Fantasio: Tembo Tabou, Les Hommes Bulles y Les Petits Formats. Luego llegó el número 1132 de Spirou, del 24 de diciembre de 1959. Seis semanas después de crear un rompecabezas con sus nuevos héroes para la revista, Roba les ofreció su primera aventura. Boule contre les mini-requins (Bolita contra los Mini-Tiburones) marcó el debut oficial del cocker spaniel y su joven amo, un niño llamado Bolita, con mono azul y camiseta amarilla. Rosy, la directora artística de la revista, aceptó ayudar a Roba con la maquetación. Pero muy pronto, el artista de Bill y Bolita no necesitó a nadie más. Tras una segunda historia completa, se embarcó, al igual que su mentor André Franquin, en el reto definitivo de la tira cómica semanal. Esto no le impidió crear ocasionalmente otros personajes: Pomme en 1962, y especialmente La Pandilla, de 1965 a 1984 (seis álbumes publicados). Durante más de cuarenta años, Jean Roba continuó dibujando Bill y Bolita con el mismo talento y humildad. En 2003, cedió el testigo a Laurent Verron, su antiguo asistente. Entonces pudo dedicarse a dibujos personales y acuarelas. Publicó 24 álbumes con Dupuis antes de decidir, en 1987, mudarse a Dargaud. Y con cada nueva colección, el éxito parecía inevitable. Porque, ciudadano de la tierra de su infancia, Jean Roba hablaba con el corazón. Porque, como dibujante excepcional, inventó el mundo con un lápiz. Porque Bill y Bolita, inspirados por su propio hijo y su cocker spaniel, jamás podrían sonar falsos. Fue nombrado Caballero de la Orden de las Artes y las Letras en 1992. El artista falleció a los 75 años, en junio de 2006.

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