En las convulsas aguas de las novedades literarias y, más concretamente en el sobrepoblado mundo del cómic, hoy en día es casi tan importante anunciar cuando vas a llegar al puerto como llegar además a tiempo. Por un lado, además de dar buenas noticias, hay que asegurar y generar interés suficiente como para destacar entre tanto barco repleto de promesas de ser el mejor sueño, el mejor dibujado, el más original. Porque, una vez se vacía el puerto de expectación e interés verdaderos, hay que hacer hueco para nuevos barcos que, a su vez, cada vez tienen menos espacio y más dificultades para ondear sus banderas por más tiempo. Sin embargo todos tenemos banderas favoritas que nunca nos cansamos de esperar que arriben con la siguiente marea. Incluso si tardan, como aquellos viejos balleneros, años en llegar. Esa, entre otras muchas, es una de las sensaciones que despierta en nosotros el inconfundible e irrepetible arte de Borja González, autor del ciclo de Las Tres Noches, formado por tres libros publicadas por Reservoir Books: The Black Holes (2018), Grito nocturno (2022, Premio Nacional del Cómic 2023) y El pájaro y la serpiente (2023). La fecha de éste último desvela que, colaboraciones o menciones aparte, han pasado nada menos que tres años para poder disfrutar de su nuevo y flamante libro completo: La Reina de Otoño, que edita nuevamente Reservoir Books. Cocinado a fuego muy lento pero con un reconocible trazo del que su autor nos ha ido poniendo los dientes largos mes a mes gracias a sus redes sociales, os aseguro que, si admiráis o seguís el trabajo de este autor, la espera ha merecido la pena. Precisamente por eso nos propusimos entrevistar a Borja González y dejar que nos explicase él mismo todo lo que este nuevo libro viene a ofrecernos.

Siendo honestos, mejor empezar por el principio, porque no me cabe ninguna duda de que cuando la portada y el objeto físico que constituyen este libro se crucen en tu camino en cualquier librería, no vas a poder mirar a otro lado. Para empezar, a diferencia de los otros libros de Borja González editados por Reservoir Books, La Reina de Otoño lo hace en tapa dura y con las letras del título estampadas con una fina capa brillante del mismo color que el lomo. En cuanto al dibujo, habla por si solo y nos presenta en una sola escena todas las claves y personajes principales del libro, «un cuento precioso sobre una loba, un cerdito y una princesa». Y así se inicia este viaje que, mientras pasas las páginas, atrapa tu atención al punto de perderte completamente con Lin, una loba blanca de indudable nobleza, que trata de escapar del mundo que la rodea y el inolvidable Olaf, un despreocupado cerdito mudo que camina erguido sobre dos patas. A muy pocas viñetas de ese inicio, que nos pierde del todo en un bosque cada vez más espeso, misterioso e intrincado, Lin y Olaf cruzarán sus pasos con una joven y engreída princesa que dice conocer «todos los cuentos» y que, desde luego parece dispuesta a hacerlo mientras viajamos con tan curioso trío a la búsqueda de inesperadas aventuras relacionadas siempre con los enormes efectos que supone cruzar determinadas puertas en un bosque que no termina donde quedan huecos ocasionales para ruinas y recuerdos de reinos a los que la princesa tratará de encontrar explicación con sus cuentos dentro del cuento.

¿Cómo llegas a esta historia? ¿Cómo surge la idea de La Reina de Otoño?
Normalmente, cuando estoy terminando un libro ya empiezo a trabajar en el siguiente. No por una cuestión compulsiva, sino por una cuestión económica: enlazar facturas, básicamente. Cuando estás terminando el libro, en los últimos meses —aunque no lo parezca—, para mí al menos son más relajados. Porque implica retoques, pero ya no tienes que pensar. Las decisiones ya se tomaron. Entonces puedo hacer un trabajo más mecánico. Y la cabeza la tengo despejada para ir pensando en lo que quiero hacer en el siguiente. Después del Ciclo de las Tres Noches, que fue una propuesta de la editorial, que por eso incluso reeditó La Reina Orquídea, sentí que se había cerrado un círculo que no podía seguir en ese momento. Tenía varios proyectos. Y todos ellos eran un poco más escapistas. Porque llevaba ocho años en un estado de ánimo muy concreto y necesitaba salir de ahí. De esos proyectos uno era un tanto complicado, pero ha seguido creciendo y creo que me gustaría retomarlo; y el otro era una ilustración que hice en la época de The Black Holes. Era una princesa, un cerdito de dos patas y una loba con una espada.

¿Llegaste a colgar el dibujo en redes?
Sí, es un dibujo que he colgado mucho en redes. Había unos tentáculos y estaban en una mazmorra. El proyecto que yo tenía en la cabeza en ese momento era que todo ocurriera en una torre, y que no tuvieras claro si estabas subiendo o bajando. Empezó así. Pero además hay otro detalle que a mí me parece importante: The Black Holes está dedicado a Alma, que es mi ahijada que ahora tiene 12 años, pero en aquella época podría tener 4 o 5 años más. Y claro, ese no es un libro para ella aunque pensase “bueno, cuando sea mayor lo leerá y conocerá a mí yo de esa época”. Pero también pensé: “¿de verdad no voy a hacer un libro para ella ahora, que es una niña?”. Y entonces todo cuadró. Todo era perfecto.

¿Y lo fue?
Luego no lo fue… Es el libro en el que más he tardado, el que más difícil me ha resultado. Fue un desastre. Hubo un par de momentos en que llegue a pensar “no puedo hacer esto”. Normalmente tardo un año y medio en hacer un libro. Este ha supuesto bastante más.
¿Te perdiste en el guion?
Me perdí en el proceso. Normalmente no necesito tanto pensar como mantenerte en un estado de ánimo. De lecturas compulsivas, de acercarme a ciertas películas. Todo para mantener un tono muy concreto sobre algo para lo que no tengo respuestas, solo preguntas. Y necesito mantenerme en esa pregunta todo el rato. Yo necesito arrancar los proyectos de una manera muy vaga. Por ejemplo Grito nocturno: es una bruja y una ciudad vacía. Y al día siguiente estoy dibujando la primera página. Literal. Tomo notas y voy improvisando sobre la marcha. Y cuando llevo 20 páginas me paro y decido si tirar por aquí o tirar por allí. Con este libro lo tenía demasiado claro. Sabía cómo terminaba. Tenía anotado claramente: “la historia del niño tiene que ocurrir aquí, exactamente aquí tiene que haber un cambio en los amigos de la protagonista…” Lo tenía todo atado… De repente había hecho un guion. Cosa que no había hecho nunca. Y fue un desastre (risas).

Precisamente teniendo el guion…
Sí, porque me aburría. Pensaba que si yo ya sabía cómo terminaba el libro, ¿para qué lo iba a hacer?. Yo no se trabajar así. Entiendo que lo normal, claro, es una cosa más mecánica: «ahora el lápiz, ahora la tinta, ahora el color». Pero yo lo voy haciendo todo al mismo tiempo —que no es la mejor manera de hacerlo, seguro—, pero es como lo he hecho siempre. Y en el momento en el que he querido hacer algo, digamos, como hace la mayoría de la gente, me di cuenta de que no era capaz.
Lo que pasa es también es verdad que soy tozudo. Pero tuve varios momentos duros de “no soy capaz de hacerlo”. Nada más empezar. Todo el libro giraba en torno a una torre. Llegué a dibujar como 12 ó 13 páginas en la torre y me dije: “esto es horrible”. Porque iba a tener que dibujar 180 páginas de escaleras y de arquitectura. Y a mí no me gusta eso. Pero ya había firmado el contrato y llevaba meses trabajando… Por suerte me pregunté: “¿qué me gusta dibujar a mí?”. Y la respuesta fue «bosques».

Una de las cosas que precisamente más me llama la atención es el tema de los bosques. Porque en tu Badajoz natal las vegas del río Guadiana ciertamente son muy verdes, pero los bosques que dibujas son más una mezcla entre los más profundos bosques europeos y los de los cuentos infantiles tradicionales. ¿Cómo surge esa afición y casi obsesión casi por dibujarlos?
Supongo que igual que Extremoduro, que sacaron un rock que no había de dónde sólo había piedras y cerdos… Si te fijas, el primer cómic por el que se conoció a Mayte Alvarado (pareja del autor y también dibujante y extremeña) fue La isla, donde era todo mar, hasta el punto que parecía que lo hubiese escrito una gallega. Pues yo lo lleno todo de bosques. No hay una dehesa en mis cómics. De pequeño estaba obsesionado con los bosques. Quizá porque no los había… y porque me gustaban mucho los cuentos de hadas de pequeño. Creo que es por contraste, porque no lo tienes cerca. Yo recuerdo mucho el campo de Badajoz cuando era pequeño. Entonces era una ciudad muy pequeñita — y lo sigue siendo—, dabas dos pasos y estabas pisando tierra. Entonces era muy habitual ir al campo de alguna familia, pero el campo era una casa blanca y nada más. Alguna encina con suerte, porque muchas veces no había nada: solo campo vacío. Supongo que es por eso. El imaginario que tengo en mis cómics no es Badajoz, pero está influenciado por Badajoz: por las ausencias, quizás. Entiendo que los bosques para un gallego o un asturiano significan otra cosa, seguro. Pero para mí eran un anhelo, un lugar mágico o un lugar donde perderte.

Comentas que durante la realización de tus libros te dejas influir por películas y todo tipo de referencias literarias, otros cómics… ¿qué es lo que dejaste que te influyese en esta época?
Tuve muchas influencias pero uno de mis errores fue sentir que no lo necesitaba. Es decir, con Grito nocturno, por ejemplo, y con The Black Holes y con El pájaro y la serpiente era constantemente: “tengo que ver estas películas, leer estos libros, leer estos artículos, alejarme de estos cómics”. Con éste… son cosas que había tenido siempre. Por ejemplo, los juegos de rol a los que jugaba en el instituto porque me gustaban mucho. Ese rollo de sentarte con unos amigos e imaginar que estás en otros sitios. Pero también todas las fantasías que leí de pequeño y todos los cuentos infantiles. Me gusta mucho la Golden Age de la ilustración. Todos estos ilustradores recargados de detalles como Arthur Rackham o Aubrey Beardsley. Pero quería fusionar eso con algo más tipo cómic. En el fondo estaba pensando en algo tipo Little Nemo de Windsor McCay, obras que no rehuyen el lenguaje del cómic y son capaces de emplear bocadillos, pero estéticamente el trazo de un poco distinto. Es verdad que igual no en todo el cómic me he volcado con la plumilla, pero sí que he intentado que fuera algo que podrías encontrarte al abrir un álbum infantil.

La Reina de Otoño mantiene ese estilo y minimalismo únicos que hacen que resulte imposible compararte con nadie. Sin embargo, ¿son esos ilustradores que mencionas posibles influencias entre otras muchas que te han llevado a dibujar como lo haces tus cómics?
Yo creo que esos ilustradores han estado siempre. Pero lo que yo hago no se parece tanto, aunque me ayudas a pensar en ciertas cosas. Por ejemplo, en mis libros anteriores siempre digo que hay una gran influencia de terror. No son cómics de terror. Pero para mí la mayor influencia viene del terror: de la literatura y del cine. Eso es lo que tenía en la cabeza cuando lo estaba haciendo; luego queda saber si se refleja o no… Yo creo que sí.
Probablemente se refleja en la atmósfera oscura que desprenden.
Claro, y aquí supongo que también. Aunque aquí ha cambiado algunas cositas, porque tenía más espacio para dibujar. Y tenía pasajes donde no necesitaba que los personajes hablaran, solo que viajaran. Y ahí utilicé la técnica de no cerrar las viñetas, dejar mucho aire, mucho espacio negativo… Eso apenas lo había hecho antes. Y lo he disfrutado bastante. Esa parte, por ejemplo, ha sido divertida.

Se nota. Bastante. En obras como las tuyas, donde puedes perderte en casi todas tus viñetas, se nota mucho esa diferencia de formato respecto a tus otros libros editados también por Reservoir. Colocándolos al lado de La Reina de Otoño, esos 3 entímetros marcan una notable diferencia y esas páginas sin palabras son sencillamente espectaculares. ¿Tu proceso de creación sigue siendo manual y luego el coloreado digital?
Sí. Sigo trabajando igual: con plumilla, pincel y tinta china. De hecho, no me manejo bien con los ordenadores, soy bastante zoquete con eso. Por eso intento que la parte digital ocupe el menor tiempo posible. Primero porque me siento mal, en el sentido de que es demasiado evidente que no sé hacerlo bien y no me gusta. Me siento más seguro con la plumilla y el pincel.
El color, por otro lado, intento decidirlo rápido, que sea algo sencillo y ya está. Aunque en este libro al principio tuve la idea de que fuera todo el libro como la portada. Aunque no pude. Lo que hago normalmente es que las primeras páginas que dibujo de un cómic intento colorearlas mil veces hasta que doy con la paleta de color. Cuando la encuentro es la que se va a quedar para todo el libro. Aquí sufrí mucho aunque me ayudó Mayte, que controla mucho más de color. Evidentemente yo no soy colorista, no se me da bien. Puedo hacer una portada… Pero que esa gama de colores funcione bien en todas las viñetas, en todo el libro… no soy capaz. Así que opté entonces por esta opción que remite también a libros de ilustración infantil más antiguos con un bitono.

¿Tiene algo que ver el hecho de que empezases con la autoedición y con los fanzines con el hecho de que en todo momento decidieses y sigas manteniendo tu control total de tu obra? Es decir, haciendo tanto el guion como el dibujo. ¿Nunca te han llegado a plantear dibujar el guion de otra persona?
Sí, sobre todo en Francia. Una vez pones el pie en Francia, allí está más establecida la figura del guionista-dibujante. Y los guionistas siempre están necesitados de mano de obra. Tuve varias ofertas: una de ellas muy bonita, porque me dio la sensación cuando leí el guion de que esa persona había leído mis cómics y había considerado lo que podíamos hacer juntos. Pero no me veo. Al menos por ahora. Me gustaría probarlo en algún momento, pero tiene que ser una cosa muy, muy especial.
Porque en el proceso de realizar un cómic hay muchos momentos de todo tipo: hay pataleos, hay cabezonería y también hay vagancia. La vagancia es parte del proceso cuando reconoces que una página no te ha quedado bien… pero te quedan 80 por hacer. De modo que se queda así. Hay muchas cosas así en los libros. Y eso es lo que hace que estén vivos: que lo haya hecho una persona con sus cosas buenas y sus cosas malas. Por eso colaborar con otra persona… entiendo que es más humano, pero igual es demasiado humano. No sé si sería capaz. Pero en algún momento me gustaría, sí.

Volviendo al tema del mundo de los fanzines en el seguís con Spiderland/Snakes Mayte Alvarado y tú. Me llama la atención porque, una compañera de sello editorial como Natalia Velarde, quien sigue recabando premios con su obra Encías quemadas, no ha dejado tampoco de lado sus fanzines y sigue asistiendo a ferias especializadas y dedicándole mucho tiempo. En vuestro caso, ¿qué supone seguir haciendo fanzines? ¿Es una forma de escape o simplemente una forma de seguir haciendo cosas siendo completamente libres?
Lo que hay es una cuestión de formato. Cuando empiezas a autoeditarte no puedes hacer un libro como este por una mera cuestión logística, económica, de conocimiento. Antes de hacer un cómic de 100 páginas haces uno de 50; y antes de uno de 50 uno de 25. Y te resulta más fácil distribuir un cómic tamaño cuartilla, fotocopiado, de 50 copias y venderlo yendo de Badajoz a Cáceres a un festivalito con los colegas. Es algo manejable.
Pero poco a poco vas ampliando. Nosotros llegamos a montar una editorial. La Reina Orquídea se publicó ahí. Y ahí lo aprendimos todo, pero entendimos que los libros que queríamos hacer necesitaban una infraestructura, necesitaban una distribución, necesitaban llegar a la librería para recuperar un dinero que era necesario para invertirlo en el tamaño de los libros. No es lo mismo hacer una cuartilla de 24 páginas y hacer 200 copias que La Reina Orquídea, que aunque no fuera tan grande, eran 76 páginas y se hicieron 600 ejemplares. Evidentemente necesitábamos una infraestructura distinta. Y de ahí saltamos a las editoriales. Pero claro. Yo tampoco puedo plantearle a Reservoir ni a ninguna editorial grande que quiero hacer una historia de 30 páginas. No puedo.

Hay una cosa muy bonita de escribir y dibujar: no le tienes que pedir permisos a nadie. Coges un papel y un lápiz y lo haces. Pero esa inmediatez es incompatible con la industria editorial. A día de hoy la mitad de mi carrera la he dedicado a editoriales. Pero todavía puedo decir que la otra mitad eran fanzines. Ahora le dedico 8 horas al día a este trabajo. Y cuando descansas, ponerte a hacer otro cómic no es tan fácil. Pero cuando empecé a ver que tenía problemas con La Reina de Otoño hice otro cómic que empecé a hacer en mis ratos libres. También por probar aguadas, que no tenía ni idea de cómo se hacían. E improvisé una historia de 30 páginas: Algún día haré las cosas bien. Y tardé prácticamente el tiempo que tardé en hacer este libro… y son apenas 30 páginas en blanco y negro. Pero sólo podía hacerlo cuando tenía un rato y me apetecía, claro. Mucha gente nos pregunta que es Spiderland y les respondo: no es nada. Es un sello para cuando a Mayte y a mí nos apetece hacer algo. Pero sin prisa. No hay publicaciones cada mes ni cada 6 meses ni cada año. Cuando salga algo, salió y ya está. Y si estabas allí y lo viste, bien; y si no, pues nada.

Teniendo en cuenta el tiempo y esfuerzo que te ha llevado esta obra, ¿has logrado suficiente distancia de La Reina de Otoño como para sentirte satisfecho con el resultado que ahora tenemos en las manos?
Sí, estoy contento porque he llegado a estar muy enfadado con el libro y conmigo. Porque este era un libro que se supone que tenía que disfrutar y hubo demasiados periodos en los que no lo he disfrutado nada. Hubo un momento que recuerdo que estaba tan mal que no quería hacerlo. Por suerte tengo a mi pareja, que también pasa por este tipo de cosas y podemos hacer terapia un poco entre los dos. Por suerte, cuando ya estaba terminando el capítulo 2, de repente miré atrás y me di cuenta que todo eso que había escrito en el guion estaba pasando y lo estaba haciendo. Yo, que normalmente no trabajo así. Estaba haciendo una historia con principio y final, un poco más normal y estaba funcionando. Entonces me vine arriba y todo el tramo final del segundo capítulo y el tercer capítulo lo hice de un tirón, muy motivado. Por eso mi percepción del libro ha cambiado. Y ahora que llevo un par de días escuchando las opiniones de la gente me anima algo tan tonto como que la gente se ha enterado de todo. No hay momentos donde se hayan perdido y eso también es algo nuevo para mí. Como mínimo es interesante y sospecho que con el tiempo estaré más contento del libro.

Para mí funciona de principio a fin. No tiene bajones y no puedes dejarlo. Y sobre todo me queda la sensación de que es el típico viaje que, aunque sabes que tiene un principio y un final, leyéndolo te das cuenta de que lo realmente importante es el propio viaje, que disfrutas continuamente. Estando en ese bosque infinito del que no quieres salir hasta el punto de que quieres que acabe.
Cuando terminé el libro se lo pasé a Emma Ríos, que es amiga mía, para que lo leyera y me ayudara con la corrección. Y cuando lo leyó me dijo sobre los personajes: “Osea, no se callan ni debajo del agua. El libro va como un cohete. No paran”. Fue entonces que pensé que lo había hecho bien, porque esa era en parte mi intención. Que en lo que pestañeas la gente ya no es como tú recordabas… ni siquiera tú mismo eres como te recordabas. Esa sensación de lo efímero, del paso del tiempo como algo que no se va a detener. Ese es el ritmo que quería que el libro te transmitiera.

En tus manos queda ahora dejar que este cuento te sea contado a través de su laberíntico paisaje de bosques, páramos, ruinas y bosques, dibujados con tanta alma y detalle que casi puedes pasear por ellos de la mano de sus entrañables personajes. Borja González ha vuelto a superarse a nivel gráfico y conceptual con un libro en el que refugiarse durante su lectura y olvidarlo todo mientras disfrutas de páginas dobles y viñetas que bien podrían disfrutarse en un museo.
SOBRE EL AUTOR

BORJA GONZÁLEZ
Borja González (Badajoz, 1982) es ilustrador e historietista de formación autodidacta. Ha expuesto sus originales en galerías de España y Francia, y actualmente dirige, junto a Mayte Alvarado, el sello de fanzines Spiderland/Snake. Asimismo, dedica parte de su tiempo a la formación en narrativa de cómic, en la Escuela de Narrativas Mirada y Voz, y en la AUPEX (Asociación de Universidades Populares de Extremadura). De entre sus obras breves, destaca La Reina Orquídea (2016), donde están esbozados los contornos de su particular universo creativo, si bien su confirmación tuvo lugar como autor de las novelas gráficas que componen el ciclo Las Tres Noches, publicadas por Reservoir Books: The Black Holes (2018), Grito nocturno (2022, Premio Nacional del Cómic 2023) y El pájaro y la serpiente (2023). Con La Reina de Otoño (2026) abandona ese ciclo narrativo para presentarnos una historia independiente y de carácter más fantástico que las anteriores. Sus libros han sido traducidos a ocho idiomas.


