El dibujante Luz firma «Dos mujeres desnudas», triunfo del arte sobre el autoritarismo. Reservoir Books.

En enero de este año se cumplieron once años ya del día en el que la sinrazón de la violencia trató de borrar el sentido del humor de un país de notable tradición satírica como Francia. Dada la escasa memoria histórica de nuestro tiempo, me refiero al fatídico atentado yihadista contra la redacción de la revista de humor Charlie Hebdo, en la que murieron asesinadas doce personas. El autor del libro que os queremos recomendar hoy, Renald Luzier, que firma sus historietas y dibujos bajo el seudónimo de Luz, se vio directamente implicado en aquel acontecimiento del que, por razones obvias, prefiere no hablar cuando su figura vuelve a la actualidad. Aquel fatídico 7 de enero se salvó de la misma suerte que sus compañeros por llegar tarde a la redacción de la revista. Convertido de modo inesperado en uno de los máximos artífices de que Charlie Hebdo siguiese adelante, pese al dolor, la portada de la publicación, una semana después del atentado, llevó su firma con decisión y extrema valentía. Es imposible que no la recuerdes porque dio la vuelta al mundo: completamente verde, de nuevo mostraba una caricatura de Mahoma en portada bajo el lema «Tout est pardonné» (Todo está perdonado) y el mítico cartel diciendo «Je suis Charlie». Dos mujeres desnudas, el nuevo libro de Luz, no tiene nada que ver con aquel lamentable suceso. Al contrario, es una doble celebración: por la constancia de quienes luchan por la libertad de expresión y por la propia vida del autor. Porque casualidad o causalidad, su suerte le ha permitido desde entonces ofrecernos muchos nuevos trabajos suyos aclamados y premiados en forma de arte y viñetas, que alcanzan ahora en Dos mujeres desnudas una cumbre que será difícil superar.

Cuando te fijes en Dos mujeres desnudas la próxima vez que visites tu librería o tienda de cómics favorita lo distinguirás por la frase que parece querer venderte el libro: «la novela gráfica más premiada de la temporada en Francia». Sólo que en este caso no es un eslogan más. Honestamente. Que coincidan el Premio Fauve D’Or al mejor álbum en el Festival Internacional de Angoulême y el Grand Prix de la Critique ABCD al mejor cómic del año, además del Prix Wolinski a Mejor cómic del año según el semanario Le Point e incluso el Grand Prix de la BD al Mejor cómic del año en la revista Elle son un síntoma de que nos encontramos ante una historia de las que de verdad, deja una huella indeleble a su paso entre lectores y crítica. De hecho, un autor de la inteligencia espacial y gráfica de Luz nos cuenta, desde su portada, la singularidad que hace única a esta obra. Y es que, desde las primeras páginas, asistimos a una historia de la que somos testigos directos rompiendo toda barrera imaginable entre autor, obra e historia.

Estamos en 1919 y sobre un insalvable blanco los diálogos nos sitúan en un bosque a las afueras de Berlín, donde un joven pintor expresionista que realmente existió, esta pintando uno de sus cuadros más míticos: Dos mujeres desnudas. Otto Müller, primer personaje al que encontramos en la obra, nos hace entender bien pronto que todo lo que vamos a presenciar a partir de ese momento está contado desde el punto de vista de ese cuadro que, como protagonista indiscutible y a la vez ventana indiscreta a su propia odisea, será capaz de llevarnos, desde su inmovilidad, en un recorrido por la historia de entreguerras totalmente inesperado y original. Luz nos propone un viaje que nos lleva desde el estudio del artista hasta las paredes de la oficina de su primer propietario y de allí, cruzando los años, hasta el nefasto ascenso de Hitler al poder y su catalogación como una de las muchas muestras de arte moderno calificado de «degenerado» por los nazis, junto a obras de clásicos del arte moderno como Chagall, Modigliani o el mismísimo Picasso.

En una intensa y multitudinaria rueda de prensa virtual en la que el autor contó y explicó a los medios lo que llevó sus pasos a este gran salto creativo, Luz recordó como «acababa de publicar un libro muy cómico en Francia y buscaba qué libro me podía representar en enero de 2025, diez años después de los atentados. Cada libro es una especie de postal para mis lectores y, al mismo tiempo, una manera de hacer balance de uno mismo. Y, por tanto, después de los atentados de Charlie, necesitaba que fuera un libro importante para mí, un libro potente, no una comedia. Aquí había algo muy particular y personal. Tenía ganas de que la gente se pusiera un poco en mi piel, de compartir mis angustias, mi ansiedad para con el auge de la extrema derecha por todas partes, en Europa y en el mundo. Compartir estos diez años en los que me he convertido en dibujante. Yo era dibujante antes, claro, de prensa. Pero después de 2015 hubo un cambio en mí, la necesidad, la necesidad de encontrar una nueva temporalidad y el dibujo de prensa, aunque me quedé en Charlie seis meses más, el hecho de trabajar en la actualidad de forma instintiva ya no era posible. Necesitaba distancia, necesitaba perspectiva».

Refugiado en adaptaciones como los dos volúmenes del Vernon Subutex de Virginie Despentes (2020 y 2022; el primero se publicó en Salamandra Graphic en 2021), el autor encontró un posible nuevo camino retomando una de sus grandes pasiones: el arte expresionista alemán. «Cuando llegué a París -recordó- y empecé a trabajar en Charlie Hebdo, descubrí el arte expresionista alemán y la relación entre el hecho de dibujar en un periódico, en una revista satírica política, y el trabajo realizado por bastantes de estos artistas del siglo XX en Alemania. Artistas como George Plusch, que trabajaban en la prensa y que también eran actores y dibujantes, como Dix o Kirchner. Para mí fue un choque total. Por tanto, en este sentido, para mí era lógico trabajar en este periodo de entreguerras. Y habiendo vivido lo que viví, pues también había un punto común. Nosotros también hemos conocido la Guerra del Golfo, la guerra de Yugoslavia y 2015, para mí, fue como vivir la situación de una guerra. El tema no era simplemente yo, sino que eran los artistas, todos nosotros, toda la gente que trabaja en el mundo del arte, de la cultura, las personas dispensables, prescindibles para muchos».

El cuadro de Dos mujeres desnudas sigue durante un tiempo la propia vida del pintor Otto Müller, quien cambia de ciudad, de vida e incluso de musa en un viaje que seguirá posteriormente en el hogar de una de esas familias judías que permitieron, como verdaderos mecenas amantes del arte que muchos artistas mantuviesen vivas sus carreras hasta que los acontecimientos superaron la realidad. Lección de Historia de sobra conocida que observamos a través de una ventana y nos anuncia el principio de horrores que no sólo acabaron con las vidas de millones de personas, sino que también nos privaron de infinidad de obras que acabaron convertidas en cenizas por la estrecha mirada de otro de tantos fanatismos para quienes el arte o pensar son la amenaza.

En la elaborada investigación previa que condujo a Luz a través de este período hasta el Museo Ludwig de Colonia, donde hoy en día puede verse, junto a muchos otros, el cuadro objeto de este libro, durante la creación de Dos mujeres desnudas el autor descubrió un acontecimiento del todo sobrecogedor: en 1937, en el instituto de Arqueología de la ciudad de Munich, frente al flamante nuevo museo conocido como La Casa del arte alemán, reservado para las obras que reflejaban la cultura nacionalsocialista, se preparó una exposición conocida como «Arte degenerado» donde, como recuerda Luz, «los nazis mostraban las obras que no se tenían que hacer, es decir, una exposición del odio. Busqué documentación y encontré un libro increíble de Stefan Berg donde había referencias de todos los cuadros y muros de esa exposición. Había fotografías de prácticamente todas las paredes. Se podía uno sumergir en esa exposición».

En aquellas páginas, asistiendo atónito a la presencia de cuadros de todos los artistas imaginables de arte moderno, Luz explica cómo «en un momento dado vi un pequeño cuadro que me impactó, el de Otto Müller. Había dos mujeres con un contorno muy marcado. Y vi que el cuadro no solo estaba inclinado como la mayoría de los cuadros, porque la exposición estaba especialmente mal expuesta para mostrar la locura de los artistas. Me di cuenta de que el cuadro estaba al nivel de los ojos de un niño, en la parte baja del muro, y pensé: «Esto es interesante»… ¿Hubo niños en esta exposición? Entendí en ese momento que no iba a hacer necesariamente un libro de historia, sino un libro de historia en el que se podía meter ficción. Y si uno puede meter ficción, puede hablar de uno mismo. Es lo que me pareció más evidente de todo. Por último, al intentar imaginar la mirada de ese niño, al final invertí el proceso y me puse en el lugar del cuadro para imaginar a ese niño… Es decir, me puse en el lugar del cuadro y me di cuenta de que era el lugar exacto en el que tenía que estar, en el que tenía que poner al lector o a la lectora exactamente».

Del mismo que nos atrapan la historia y todas las vidas que pasan por delante del cuadro, lo hacen el dibujo y los colores escogidos para esta novela gráfica por su autor. Mucho más realista y alejado de las posibilidades caricaturescas de su dibujo más humorístico, en Dos mujeres desnudas, Luz se mimetiza del tal forma con el movimiento al que retrata que su trazo alcanza un toque incluso expresionista, especialmente en los tonos de color utilizados, que permanecen monótonos y apagados a lo largo de toda la obra, salvo cuando vemos otros cuadros y por supuesto, el cuadro que da título al libro. Como si los colores o la vida estuviesen solamente en las obras de arte y ese mundo que retrata fuese tan gris como el período histórico que recupera en viñetas dinámicas y a veces intencionadamente desestabilizadas.

«Cuando empecé a trabajar puramente desde el punto de vista gráfico en el libro -explicó el autor al respecto-, lo hice primero de una manera muy clásica, en blanco y negro y pensando: «Bueno, igual tengo que poner algo de color, ya veremos». Pensé entonces que si uno está en el lugar del cuadro y ese es el campo de visión, necesariamente tiene que haber como un barniz, ¿no? El mundo tiene un barniz. Y llegué a la conclusión de que tenía que trabajar directamente en color, ir al color directamente. Eso, efectivamente, era algo peligroso para mí, porque yo en principio soy un dibujante de blanco y negro. El color para mí es casi como un artificio para los editores. Pero para mí aquí sí tenía sentido el color, porque además el cuadro es en color. Así llegué a la pregunta: ¿cuál es el color de lo que no vemos? ¿Cuál es el color de la nada? Y ahí concluí: «claro, necesito blanco». La nada en un dibujante o en un lector de cómic es el blanco, así que era evidente que iba a utilizar color y que además en cada viñeta iba a haber un marco».

«Pero faltaba algo -continuó explicando el dibujante-. Necesitaba un detalle vinculado al color. Es decir, cómo hacer que cada cuadro se pueda reconocer, porque en mi historia los cuadros son un poco como personas, se cruzan o están allí apilados, apelotonados. Quería transmitir que el cuadro forma parte de una familia, una familia de objetos pintados por seres humanos. Y la verdad es que no sabía cómo hacerlo. Y la revelación llegó al ver a mi hijo utilizar los colores y pensé: claro, tengo que redibujar desde el principio con otro método. Y ese método fue el lápiz de color, la primera herramienta que utiliza un niño para expresarse. Por tanto, los cuadros son seres además de objetos. Igual habría que inventar una palabra como persoser [ríe] o ser objeto. Ese lápiz de color es la inocencia total. Y está allí, zarandeado entre el placer de unos y el odio de los otros. Ese toque del lápiz de color representa la familiaridad que tienen los cuadros entre ellos».

Cierra este libro que impregna tu conciencia tanto como tu retina un sentido y agradecido epílogo firmado por Rita Kersting, Directora adjunta del Museo Ludwig de Colonia; apuntes biográficos de los personajes reales que desfilan ante el cuadro a lo largo de la novela gráfica; una muy útil cronología de los eventos que abarca la obra y, como dato especialmente curioso, una lista de obras calificadas de «degeneradas» cuyo camino se cruzó con el cuadro Dos mujeres desnudas de Otto Müller, pintor que os animo a descubrir tanto como este asombroso cómic.

SOBRE EL AUTOR

Imagen de © RobertoFrankenberg.

LUZ

Renald Luzier (Tours, 1972) es un historietista, dibujante e ilustrador que, bajo el seudónimo de Luz, tiene en su haber una nutrida bibliografía, en la que destacan los libros: Cambouis (2002), Rouge Cardinal (2010), Ô vous, frères humains (2016), Indélébiles (2019), la adaptación al cómic en dos volúmenes del Vernon Subutex de Virginie Despentes (2020, 2022; el primero se publicó en Salamandra Graphic en 2021) y Testosterror  (2023). En 2015 sobrevivió, por llegar tarde al comité de redacción, a los atentados de Charlie Hebdo, hechos que relató en la obra Catharsis (2015), por la que obtuvo el Prix Nouvelle République, el Prix France Info y el Premio Max und Moritz del festival alemán de Erlangen, y asimismo fue finalista del Grand Prix de la Critique ACBDDos mujeres desnudas (Deux filles nues) es su obra más reciente, publicada en Francia en 2024, y considerada unánimemente su obra maestra, por la que ha obtenido los dos máximos galardones que se otorgan al cómic en Francia: el Premio de la ACBD (Association des Critiques et journalistes de Bande Dessinée) y el Fauve d’Or al mejor álbum del festival de Angoulême; asimismo, ha sido merecedor del Prix Wolinski de la BD de la revista Le Point y el Gran Prix de la BD de la revista Elle.

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