El tiempo perdido que sólo podía encontrar una mujer: “Céleste y Proust” de Chloé Cruchaudet. Edita Lumen.

La carrera y obra de la artista francesa Chloé Cruchaudet viene precedida por una alfombrada lista de premios que, por encima de todo, evidencian el tremendo trabajo de documentación de una autora particularmente brillante y única en sus retratos de personajes históricos a los que sus viñetas han dado nueva vida. En Minik nos descubrió la historia del pequeño inuit al que el explorador Robert Peary llevó de Groenlandia hasta Nueva York en un “experimento antropológico” que le costó la vida a los familiares de Minik. En la multipremiada obra Degenerado (que Lumen recupera y reedita en junio de este mismo año), Chloé Cruchaudet nos llevó al París de los locos años 20, a través de la extraordinaria mirada de Louise y su marido Paul, un desertor decidido a travestirse para evitar la muerte en la sombría Primera Guerra Mundial y su infierno de las trincheras. Algo más optimista y luminosa, nos llega ahora Céleste y Proust, una de sus obras más recientes, editada por Lumen en un vistoso tomo de tapa dura, que reúne los dos tomos en que esta obra fue originalmente editada en Francia. Su autora, una vez más, concede el protagonismo a una vida posiblemente mucho menos conocida que la del personaje real del que cuidó como secretaría, mensajera, sirvienta y fuente de inspiración, que no fue otro que ese nombre inmortal de la literatura conocido como Marcel Proust. Céleste y Proust es la asombrosa historia inspirada en una relación de servidumbre que se convirtió en amistad a la sombra de un gigante indudable de las letras universales.

Céleste y Proust recupera una vez más dos temas entrelazados de forma inevitable en sus historias: personajes históricos que tratan de mantenerse por encima del momento en que llegaron a ser reales. Su método: una precisión y detalles del todo minuciosos, que hacen que resulte imposible discernir entre lo que fue real y lo que Chloé ha imaginado para unir esos episodios. “las chispas que se encendieron en mí cuando escuché a Céleste Albaret -afirma convencida la autora como epílogo a este libro- se convirtieron rápidamente en una hoguera gracias a la riqueza de las contribuciones de todos los que avivan el fuego de la pasión por la obra de Marcel Proust. Consciente y sincera, añade que Céleste y Proust es, por supuesto, “una visión del todo subjetiva de lo que vi a través de las llamas”.

Tan buena narradora como dibujante, Chloé Cruchaudet, nos atrapa en su historia empezando por el final. Sin perder de vista París, estamos en 1956, la escena transcurre en un hotel: una mujer mantiene sus recuerdos perdidos en su mirada hasta que su marido le anuncia la llegada de una visita para ella. Se trata de una pareja de anticuarios que conocen la identidad de Céleste Albaret y buscan tesoros y reliquias de la época en que ésta pasaba más tiempo con el escritor Marcel Proust que con su familia. De repente reanimada por los recuerdos de es parte de su vida, preparar un café para los inesperados invitados en la misma cafetera en la que le preparó tantos desayunos a Proust se convierte en la magdalena de Céleste para empezar a recordar y dejarnos viajar con ella a toda esa historia.

“Tengo la impresión de que la realidad es una mina de oro inagotable -afirmaba Chloé Cruchaudet en una entrevista promocional publicada por su editorial en Francia-, y que todo es potencialmente interesante, todo depende de la forma en que se presente. Es cierto que a menudo me he basado en material histórico, porque siento tanta empatía por el destino de los contemporáneos como por los de personas que vivieron hace varios siglos… Pero, sobre todo, creo que la realidad es como una materia prima, sea cual sea su punto de partida y lo que me fascina es cómo torcerla, manipularla para hacer partícipe al lector”.

Odilon y Céleste llegaron de las provincias a París buscando, como tantos otros, oportunidades. Viviendo modestamente en un diminuto apartamento con tan solo un tragaluz por ventana, la casualidad quiso que Odilon, que ejercía de taxista con algún cliente fijo como era el caso de Marcel Proust, tuviese la oportunidad de conseguirle un trabajo a su joven mujer de veintidós años. Su primera tarea fue repartir paquetes a conocidos directos del escritor, pasando poco a poco a sustituir a su mayordomo con tareas sencillas como prepararle su café con cruásan… para de ahí lograr poco a poco la confianza que la convertiría, con el tiempo, incluso en una pequeña parte de la inspiración de la obra cumbre de Proust: su gigantesca En busca del tiempo perdido.

En ese devenir de acontecimientos donde Céleste es la protagonista, Chloé Cruchaudet aprovecha cada oportunidad y se sirve del desarrollo de la relación entre escritor y sirvienta para, poco a poco, contarnos también su visión de momentos clave en la escritura de la obra maestra de Proust. “Me gusta el archivo y la documentación como estímulo de inspiración -explica la autora-. Intento entender lo mejor posible la psicología de los personajes, su lógica, su funcionamiento, trato de tener ética en esto para no obligarlos a decir y hacer nada. Luego traiciono la “verdad” sin complejos y ofrezco mi interpretación”.

Gracias a su interpretación, asistimos de modo particularmente visual a ese mítico momento en que saborear un dulce le provocó a Proust la catarsis necesaria para soñar con su gran novela; de igual modo que la mezcla en situaciones reales de nombres de personajes como Ernest, un sueco guaperas aburrido, Célestine Albaret (nombre completo de Céleste) y Alfred, nombre de un viejo amante, se convierten ante nuestros ojos en el nombre de Albertine, cuyo papel es imprescindible en la obra de Proust. Gran parte de la belleza de esta novela gráfica reside en la impresionante destreza de Chloé Cruchaudet para llevarnos desde la realidad a pie de las calles de París a las ensoñaciones del interior de la mente de Proust, utilizando a Céleste como nexo entre infinitas paletas de colores acuarelados que contienen páginas enteras o viñetas que son por si solas verdaderas obras de arte.

Resulta curioso que una autora de la perfección y dominio gráfico y narrativo de Chloé Cruchaudet llegue a afirmar que, “si bien el trabajo previo a la investigación, hasta el guión gráfico, me fascina por completo, la ejecución y la representación de las páginas es para mí una maratón a menudo aburrida. Así que simplemente trato de plantearme desafíos y limitaciones para combatir este aburrimiento. Por ejemplo, para el volumen uno, me propuse mostrar siempre a Céleste en una posición inferior en comparación con Marcel. ¡A veces era un verdadero dolor de cabeza, ya que Marcel se pasa la vida acostado en la cama! Y esto hasta el punto de inflexión que conducirá al volumen 2″.

Es la hora, Señor Proust es el titulo en este tomo de la segunda parte que fue segundo volumen en su edición original. Con apenas un año de diferencia, Chloé Cruchaudet fue capaz de darle aún una vuelta de tuerca a su capacidad visual en páginas marcadas por el pequeño cisma que colocó al personaje de Céleste demasiado cerca del genio. Tanto que la posibilidad de una relación de amor platónico entre la sirvienta y el escritor sacó a la luz la prepotencia aristócrata del Proust que nunca pretendió cruzar líneas. Quien sabe, hombre o mujer al lado de la genialidad de alguien como Marcel Proust, quién no perdería el miedo a los límites si éste convirtiese la confianza de su asistenta personal en la su confidente. En este sentido Chloé Cruchaudet dota especialmente al personaje de Céleste de credibilidad y vida propia con un método con el que ayuda a construir sus personajes y que no duda en explicar: “simplemente intentando darles la mayor humanidad posible, y las características de la humanidad en mi opinión son la fragilidad, la complejidad… Tengo una verdadera aversión a la perfección, que me parece no sólo aburrida, sino totalmente improbable. Para la estructura de la historia, su esqueleto, siempre trato de indagar en los deseos inconscientes y conscientes de los personajes. Luego, para darle carne a este esqueleto, también profundizo en el lado sorprendente de mis personajes. Todo lo improbable que pueden hacer o decir (por supuesto, siendo coherentes con su personalidad) constituye su encanto”.

Sin embargo, lo inevitable de los caminos de determinadas personas destinadas a coincidir en sus vidas lleva a Céleste a una situación en que de pretendida sirvienta pasa a gobernanta en una segunda parte donde hay más presencia del color en las viñetas y de más complicidad entre los personajes. Proust se deja manejar por Céleste y su hermana Marie, sobrevive a una mudanza nefasta a través de la orilla derecha del Sena e incluso asistimos al momento en que ganó el Premio Goncourt, uno de los galardones más importantes de las letras francesas al que el Proust personaje alude como la excusa perfecta, en realidad, “…para hacerle comprender al mundo… que Marcel Proust ha de ser leído”.

Pasadas más de doscientas páginas de virtuosismo narrativo, Céleste y Proust se convierten en una lectura tan ligera como vivos y siempre sorprendentes resultan los dibujos de Chloé Cruchaudet. Habiendo ganado el Premio RTL al mejor cómic del año, pocas biografías son capaces de hacernos olvidar por momentos que lo que leemos es un trabajo de ficción basado en personajes reales y no los recuerdos reales de personajes convertidos en ficción a través de dibujos que se leen y disfrutan como todas esas palabras de Proust a las que evocan. Sin duda otra lección magistral de Chloé Cruchaudet sobre cómo contarnos vidas que hicieron historia y de las que tomar ejemplo.

SOBRE LA AUTORA

Fotografía de © BastienTourneux

CHLOÉ CRUCHAUDET

Chloé Cruchaudet nació en Lyon en 1976. Tras estudiar arquitectura y artes gráficas en Lyon, cursó estudios de animación en la escuela Gobelins. Los cursos desarrollaron su gusto por el dibujo del natural y un enfoque cinematográfico, en particular con el trabajo de storyboard, cuya influencia puede verse reflejada en sus dibujos. Su escritura se inspira en historias reales, libros históricos y autobiografías. Ávida lectora de sociología, descubrió la historia de Minik, que se convirtió en el héroe del álbum Groenland Manhattan , ganador del prestigioso Premio René Goscinny en 2008. Para el guion de Ida se inspiró en los pioneros relatos de viajes de mujeres durante el siglo XIX. El primer volumen fue seleccionado como uno de los mejores álbumes del año en el Festival Internacional del Cómic de Angoulême en 2010. Con Degenerado (2013; Lumen, 2024) regresó a la novela histórica y se zambulló en el París de los años veinte para contar la historia de Paul, un desertor que decide travestirse para esquivar la muerte. Este álbum le valió el Premio Landerneau, el Premio Lire al mejor cómic del año, el Gran Premio de la Crítica/ACBD y el Premio del Público del Festival de Angoulême 2014. Su último libro es Céleste y Proust (Lumen, 2024), ganador del Premio RTL al mejor cómic del año.

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