
“No feeling is final” –Rainer Maria Rilke
Galván siempre fue un joven muy entregado a su vocación de veterinario. Sin sacar horas para casi nada más en sus días. Acabó la carrera prácticamente antes de empezarla, en la Universidad de León. Salió de la facultad entre laureles y vitoreado por absolutamente todos los estudiantes, que apenas habían tenido ocasión de conocerle.
A pesar de su mocedad, empezó a gozar de un amplio reconocimiento y prestigio también en el mundo laboral. Digamos, que pudo ser el aprendiz que menos tardó en hacerse llamar maestro, incluso por aquellos que todo, en tan poco tiempo, le habían enseñado. Algunos, rumoreaban que fue profesor antes que alumno. Esta era su leyenda.
Y como los rumores que carecen sentido son los que más gustan y más calan en la sociedad, Galván sabía aprovechar el suyo en su beneficio a las mil maravillas.
Él lo tenía claro, era el mejor de su profesión. Se lo creía tanto que, sin duda, este intenso convencimiento le debió ayudar a serlo. No tenía rival, en apariencia. Y de tenerlo, le hubiera dado igual. Él no estaba para mirar a los demás. Eran los demás los que debían mirarle y aprender todo de él.
Oportunidad no desperdiciaba de recordarle su grandeza y habilidad nata a todo principiante con quien trabajar le tocara. Y es que, realmente, hemos de reconocer que, lo que hacía este joven, acicalado y apuesto muchacho, lo hacía muy bien.
Era un sabio mastodonte de las contusiones y cirugías de rodilla. Con determinación y temple, las operaciones más complicadas resolvía. “El fenómeno de la clínica”, así a él se referían. “Ahí va el fenómeno”, decían siempre que le veían. Con un montón de pretendientas, a las que agradecer, le diesen la oportunidad de ser fiel a su novia. No fiel como tantos otros desdichados individuos con poco o ningún atractivo. Esos que son fieles prácticamente por verse en la obligación de ello.
Galván no quería ser ni parecerse, por nada del mundo, a uno de estos penosos simples seres. No deseaba ser partícipe de esta obligada monogamia por no quedarle manera de remediarla. Lo que quería, era ser verdaderamente fiel a ella, a la que tanto amaba. Tan leal como para saberse en la capacidad de disipar los estímulos y tentaciones, en abundancia diarias, a las que se veía sometido.
Las clientas a las que, sin pretender ni poder evitar, seducía, guardaban tres ineludibles similitudes entre sí: cabello rubio, pantalón high loose y ojos azules cristalinos. Capaces de envenenar a sus mascotas con tal de pretextar volver al hospital y a él. Con tal de no desesperar de ese café, paciente pero más frío cada vez, congelándose, tiritando en la cita que nunca llegar debería. Porque Galván no sólo era hombre de una sola mujer, sino que, sobre todo, podía serlo. Podía elegir. Y esto era un matiz muy importante para él.
No iba a volver a casa con su prometida por no tener ninguna otra posibilidad agraciada en el día, ¡no! Lo haría a menudo después de renunciar a los racimos frescos de la tentación a la que tantos frascos de veneno le estaban exponiendo.
Más allá de estos evitables envenenamientos, que despachaba sin despeinarse en un santiamén, sumaría ya en su aseado currículum un millar de intervenciones quirúrgicas. Sabemos que de todas salía airoso, y que de todas también airosamente se jactaba.
En toda circunstancia, era el primero en descubrir de antemano la verdadera dolencia del animal. De este don tomó su principal carta de presentación y reforzó su mito, pues era lo que más fama y admiración le había reputado. ¡Lo que había postrado a todos sus rivales, gustosos, a sus pies! Porque cuando todos sus compañeros se tambaleaban entre la duda y el error, llegaba él, moderado y moderador, para dar en el centro de la diana al primer intento. Mirando sólo de reojo y con un dardo poco afilado.
La lástima es, que por muy maestro que seas, siempre habrá, en el más favorable de los casos, como mínimo otra cosa en la que no te vayas a manejar con la misma soltura. Y nuestro sagaz protagonista, para lo que no tenía arte ni habilidad ninguna, aunque sí experiencia, era para jugar al Trivial.
Consciente de su inevitable torpeza, de continuo intentó esquivar la partida. Regatearla de alguna manera, usando su elocuencia. Cosa que le era imposible en cada una de las asiduas visitas de sus primos catalanes, quienes venían de recorrer cientos de kilómetros cantando expresamente para jugar. Ellos eran de esas personas que sólo hablan para escuchar a sus propias palabras y sentirse indiferentes ante las mismas. Un poco como él, con la distinción de que él se sentía orgulloso de todo lo que decía.
Entonces no se podía negar. No encontraba la manera de alegar, con una excusa medianamente creíble, que le dispensaran. Eran muy insistentes. Y quizás él muy educado, en este caso.
Y es que este pasatiempo de sobremesa no se le daba nada bien. Tampoco tenía suerte. La suerte viene a ser un elemento de gran amparo para que algo se te dé bien. Indispensable para ser el número uno. El mejor dotado para cualquier disciplina, si no es acompañado por la fortuna, tal vez pueda estar arriba, peleando por los primeros puestos, mas nunca llegará a ser el mejor. Le alcanzará alguna desgracia que le hará resbalar del primer cajón al segundo, al tercero, o al suelo.
Galván nunca acertaba la palabra cuando caía en el quesito. Sus pocas respuestas correctas, no servían más que para dar vueltas absurdas al tablero, con una carcasa tan vacía como su ánimo se vaciaba. Pecaba de pensar demasiado y, si erraba la pregunta en la que te pueden requisar una pieza, ni siquiera tenía nada que entregar. Era ridículo.
Una vergüenza. Lo ocultaba, malamente, como podía, diciendo tonterías; mas no es posible tapar una ofensa que se siente como tal. Toda esta feria le suponía realmente un profundo bochorno para su aguda inteligencia. Aunque, como he mencionado más arriba, fuese tan cortés y complaciente como para no poderse librar, jamás, de compartir este desventurado rato familiar.
No se le borraba de la sien la vez que hizo el mayor de los ridículos posibles que recordaba haber hecho en su vida. Esto es algo que no le restaba confianza para su profesión. En la clínica entraba y se transformaba, se olvidaba de todo y era otro. Sin embargo, sí que le mermaba en el resto de sus quehaceres rutinarios.
Fue la confluencia de varios factores desdichados: primero, esa maldita pregunta; luego, su desafortunada contestación tan confiada; finalmente, la flemática malicia por parte de su primo pequeño, encargado de leer las tarjetas, que tanto esperó a revelar la respuesta correcta para dilatar su payasada en toda su elongación.
» ¿Con qué nombre se conoce a los cuadros en los que aparece la imagen de la Virgen con el niño en brazos?
- Madonna
- Maternidad
- Magdalena
Todos los integrantes de su equipo coincidían en que la respuesta certera era la Madonna. Pero entonces, Galván pensó, para sus adentros, en sus memorables intervenciones en la clínica veterinaria, cuando todos, desde los asistentes hasta su jefe, consideraban que sólo podía ser a) o b) y resultaba ser c).
Así que, esbozando una sonrisa invisible, imaginó que esta sería su gran oportunidad: la de redimir todos sus injustos fallos de una tacada.
» ¡Es la Maternidad! -dijo elevando el dedo índice al cielo y dando un brinco con el que por poco no se sube al tablero-. No puede ser otra. Yo la he visto entre las esculturas italianas, en el último viaje que hice con mi queridísima Mercedes al Carnaval de Venecia. ¡La estoy viendo ahora mismo! ¡Se me aparece ante los ojos y brilla, resplandece como los ojos de Mercedes! -refiguraba la marmórea escultura con ambas manos, con ternura, la moldeaba despacio-.
» La vimos después de dejar las góndolas y las máscaras, también en Firenze. Entre rosas rojas estaban esperándonos unas figuras que eran tales como quiere describir la pregunta. Y, a sus pies, en una divina palabra, en profunda y blanca cursiva. Tan inclinada que dulcemente recostada nos parecía, así como se acuesta con suavidad el labio superior sobre el inferior, Maternidad era lo que indudablemente ponía.
Como, al principio, todos miraron perplejos, con cara de estupor y nadie se atrevía a objetar nada, petrificados por tal espectáculo de seguridad, él siguió hablando con denuedo. Rebañando más que nunca el inesperado silencio para dar de sí toda una longeva explicación. No había prisa por acabar. Se había parado el tiempo.
Mientras escuchaba, muy sabedor de que la contestación acertada era la Madonna, su primo pequeño se regocijaba sobre sí mismo de prolongar el ridículo e inminente humillación, para toda la vida, de Galván. Ya no habría vuelta atrás. No se arreglaría, esa cara que se le iba a quedar nadie sería capaz de remontarla. Ni si quiera “el fenómeno”.
Cuando la mayoría, ya cansada, prefería mirar al suelo, el párvulo siguió mirándole boquiabierto; fingiendo asombro, a ratos aplaudiendo, e incitándole repetidamente con la mano a que continuara su farándula.
Le animaba con ese gesto de llamar a alguien cariñosamente a que venga a ti. Pero también el mismo gesto con el que hubiera pedido con ansiosa codicia más comida en el plato lleno. Así llamaba a más y más palabras a salir de la embriagada boca de Galván. Que no parara de vomitar ese vocabulario tan basto y tan bien hilado, ¡por favor!
Y el pobre orador, que miraba a su más pequeño y pícaro primo, porque ya era el único que le estaba mirando, al verle tan sumamente emocionado, ganaba cada vez más en ego y confianza. Tal era su estado de vuelo psicológico, que empezó a recrearse más y más en el viaje a la ciudad eterna. Cuyas visiones, de repente eran más claras y añoradas de lo que ninguna otra vez fueron. Como si se volviese a enamorar de Mercedes por esa bendita vez primera.
» Maternidad, esta es la respuesta, os lo puedo asegurar equipo, familia y amigos míos que sois todos -se le escurrían las lágrimas de los ojos-. Creedme, la Madonna no puede ser porque no viene a significar otra cosa que Mi Señora. Se vincula a una sola divinidad. ¿Lo entendéis ahora? Por el contrario, Maternidad es la fertilidad. Es la mujer que da vida y la sostiene, que añora y aparece con su hijo recién nacido en el lecho bendito, por sus frágiles y fuertes brazos bendecido.
Y haciendo como si envolviese al bebé en ese milagroso manto entre sus brazos, completamente envuelto él por sus propios pensamientos, comenzó a contar alguna que otra intimidad, de esas que es mejor guardarse. Nadie las siente ni conocerá como tú las conoces y sientes en tu corazón.
» La misma bendición que tuve yo al conocer a Mercedes, que en su amor me sostiene -prodigaba mientras sostenía y acunaba al neonato imaginario-. Y eso que al principio no me gustaba, incluso la rechazaba. ¡Quería alejarla todo lo posible de mí! ¡Que terminase de conocer a otro! Deseaba mientras la deseaba. Y que ese otro la quisiera tanto como yo, ¡o más, si posible fuera! Para que ella de verdad se pudiera enamorar. Y así, por fin, librarme yo de esa terrible carga que puede llegar a ser la duda y la posibilidad, cuando todavía no es nada. No sabes si puede ser o no, no sabes si hacer o no hacer o deshacer; si respirar o aguantar la respiración; si esperar o moverte; si será correcto imaginar que te mueves hacia ella mientras te quedas quieto.
» Hasta confieso que me daba miedo. No sabía por aquellos tiempos lo que me pasaba. ¿Era acaso miedo a la felicidad? No lo creo. ¿Cómo tenerle miedo a lo mejor que te puede pasar? Y, de la noche a la mañana, ya no podía vivir sin ella. Os lo revelo porque fue en este viaje donde supe que era ella: agua y fuego, la fuerza de mi ser, mi angustia dolorosa y sosiego imprescindible. ¡Mercedes Maternidad! Así debería apellidarse. A la que siempre sería leal. De golpe, no me podía creer que estuviese paseando con ella a mi lado. Yo no podía ser tan feliz. Uno nunca sabe…
Después de esto, en su familia catalana todos le conocieron por el titular de Galván y la Maternidad. Al pedir unas pizzas para cenar al restaurante italiano de Astorga, l’isola ce non che, que les servía esa misma noche, lo hicieron a nombre de Maternidad. Mientras el maestro pizzero Giovanni D’ Agostino les felicitaba por su originalidad, con ese énfasis tan típico italiano; aunque no la entendía.
Hasta tal punto permaneció esta metedura de gamba en la memoria familiar, que el travieso primo llegaría a escribir, siendo abuelo, un libro insigne con este título que he referido.
¿Sentido del humor o envidia? Algo de envida le tendrían, puesto que, restando esta mala pata, Galván solía relucir en todo lo demás a lo que su estimado tiempo dedicaba.
Sin embargo, una noche, estando de guardia, llegó un perro a su consulta que le revolvió las tripas. Llevaba en el mundo nada más que un mes y medio. Negro por completo. Llegaba muy cansado, muy dolorido, como drogado, pero sin estarlo. Éste no lo estaba. Ni la chica que se lo había traído tenía los ojos azules, ni vestía un pantalón ancho de las caderas a los pies, ni tampoco era rubia. Esta clienta era de tez blanca, de ojos tan ennegrecidos como el cabello y pantalón campana. Muy parecida a como debió de ser la madre de Galván de joven.
La existencia del cachorro parecía sostenerse como en otra esfera, otro planeta. Tan cercano como ajeno a él. Por primera vez en toda su carrera, el albéitar no podía adivinar lo que le pasaba a un animal. Ni antes de examinarlo ni por más pruebas que le hicieran. No le era posible descifrar ni el tipo ni el motivo de aquella dolorosa indisposición.
Y la turbación troncal de su veterinaria mente no le venía por este perro en concreto, sino por el recuerdo que le generaba. Le evocaba a otro que, de haber convivido, hubiese sido tomado por su mellizo. Sí, era idéntico a uno con el que coincidió en su infancia en la Toscana. Un podenco igual de renegrido al que no había podido salvar y, no sabía por qué, pero sentía que tampoco a éste salvaría.
Como digo, nadie, absolutamente nadie, concluía de qué se quejaba. Y por primera vez, tampoco él. Observaba absorto al sabueso, con el gesto contraído y los hombros desplomados. Durante horas, lo miraba como a una antesala del terror. Lo estudiaba, lo acechaba, a veces en la distancia; otras veces, arrimándose demasiado. Sin hacer caso de nada ni nadie más. Y así, los males que la criatura no desnudaba, empezaron a vestirle a él.
¿Por qué? Porque a Galván comenzó a sucederle algo muy extraño. Y es que, después de días de encadenar fracasos, cada vez que lo tocaba para intentar sanarlo o, al menos, mitigar su sufrimiento con algún ungüento desesperado, una descarga eléctrica le recorría toda la médula espinal y le absorbía el alma. Le poseían unos temblores espantosos y se convulsionaba como aquellos cuerpos atormentados, del pasado en el Barroco; en algo así como un efecto galvánico.
La dueña del perro veía cómo el más ilustre de los veterinarios se retorcía de dolor cuando con sólo las yemas de los dedos rozaba el suave pelo del can. Él, tozudo, la detenía con un espasmo de la mano libre siempre que intentaba separarlo de su mascota. La electricidad les unía.
En cierta manera, Galván amaba aquel dolor. No por el sufrimiento, sino por aquello a lo que le conducía. Por lo que había después del dolor. Que no sabía todavía si sería mejor, pero sí que era distinto.
Las imágenes que divisaba en este crucero eléctrico, eran terroríficas. Se le pasaban todas a la velocidad de la luz, como un tren espacial por delante, en un microsegundo. De hecho, casi no las veía. Casi no veía nada. No obstante, las sentía todas a la vez y toda el alma le estremecían. Pero Galván se volvió adicto a tentar al animal porque este tren de la bruja no duraba todo el tiempo.
En la segunda parte de contacto con el negro pelaje, después de ser arrollado por el tranvía de demoledora paliza psíquica, en el cual le daba la impresión de que se le fuesen a quebrar todos los huesos, y mientras que su más que temblorosa mano consiguiese no perder el contacto con la piel del perro… el huracán de horror cesaba con un brusco frenazo y se quedaba solo y paralizado en una estrecha habitación de aldea. Cerrada. Sin corriente.
¿Solo? No, no estaba solo. Pues dulcemente acompañado estaba, a pesar de ser ésta una candidez que en esos instantes atenderle no pudiese. Al poco, descubrió que el bulto que había visto en la cama de la esquina opuesta a donde él había ido a caer, no era el gusano con sobrepeso que en primeras instancias le pareció. A medio cubrir por las azules sábanas, se trataba de ¡Mercedes! Su amor. ¡Cómo nos puede llegar a engañar la visión después de exponernos a tan estremecedoras escenas!
Dormía boca arriba, con la boca entreabierta. En ella destelleaban sus dos preciosos paletos, tan blancos como el marfil. El brillo de sus lindos ojos verdes se podía ver a través de sus párpados cerrados. Su pecho subía y bajaba lento, con esa paz armoniosa que sólo encuentra cuando de todas las preocupaciones se despoja. Siendo éste el único movimiento en la morada. Puesto que la respiración del perro negruzco que dormitaba, también panza arriba, entre las piernas de su prometida, era del todo inapreciable.
El cuarto estaba por completo impregnado de olores mistrales y apáticos. Se trataba de una apatía triste y solemne, sublime y poética.
» ¿Qué haces aquí, amor mío? Sola, sin que ningún otro ser humano más que yo, que estoy a escasos dos metros tuyos, pero moverme no puedo, vele tu sueño. Sin compañía más que la de ese sabueso color azabache que, como tú, despreocupado el sueño ha conciliado.
Galván no se podía desplazar. Sólo espiar, pensar y hablar con palabras tan mudas que no llegaban a la cama que con tanta ternura su mirada cuidaba. Lo oteaba todo horizontalmente, acostado sobre el parqué, como incrustado en la esquina, en posición fetal. Al estar tumbado, desde su ángulo era como ver la cama, la mesilla y la lámpara pegadas a la pared derecha, y que el ventanal estuviese en el suelo.
En cierto modo, se sentía afortunado, por sentirse concurrente exclusivo en el plató. Aun estando tirado, aun miserable, podía presumir de ser el singular miserable espectador de aquello. Hasta que se dio cuenta, en uno de estos maníacos viajes de alta tensión, de que no era el único que la escena presenciaba. El sueño de Mercedes se velaba a la vez desde la ventana.
Un jorobado arlequín, avejentado, sobre unos zancos aguantaba el equilibrio al otro lado del vidrio. Sus pies, le bastaban para sostenerse sin temor a caer, ya que usaba ambas mugrientas manos para encallar en sus labios, cortados, la armónica que con un antiguo arte besaba. Como si llevara entrenando toda la vida su propiocepción para poder permanecer ahí estático, en esa posición pálida y melódica, todo lo que gustara. Siendo sus notas lo único alegre que se desprendía de él.
» ¿Quién es ese payaso que fijamente te mira besuqueando la armónica como si a ti te besara, amor? ¿Cómo lo he pasado inadvertido hasta esta visita de hoy? ¿Cómo tú, que te imagino estando despierta antes de mis advenimientos, te pudiste dormir apaciblemente bajo la guardia de un ser tan ridículo y perturbador? ¿Por qué ese torpe podenco sigue durmiendo ajeno a todo y, celoso no se enfada y ladra para amendrentar y expulsar lejos de aquí al intruso? Es el único elemento que estropea una escena que ser idílica debiera. No hay derecho a esta mancilla.
El buhonero guardó en armonioso silencio el diminuto instrumento. Lo metió en un saco de lino transparente, que usaba de riñonera. Sacó, a continuación, el sardesco órgano portátil que cargaba atado, con una cuerda grasienta, a la encorvada espalda. Se encaramó a él, fervientemente, rodeándolo casi dos veces con cada uno de sus poco musculados brazos. Fue estirando, hasta dislocarse los hombros, los omoplatos hacia delante, sacando aún más chepa. Comenzó a tocarlo mientras seguía abrazado como si a la bella durmiente abrazara. Tenía una manera de tocar tan enredada y apasionada que llegaba a ser apasionante.
La música, entonces divina, traspasaba el cristal que el pintoresco músico, insultado por Galván, no podía traspasar. Y valiéndose de esta tan formidable forma de actuar, lo inundaba todo de una ilusión de movimiento giratorio. Tal y como en un cuadro de Van Gogh. De pronto, todo eran remolinos desbordados de expresión. Descubriendo a Galván, tal vez los sentimientos enrevesados y contrahechos del equilibrista.
Se notaba a la legua que este bufón se moría porque ella lo advirtiera. Quería llamar su atención con un comportamiento sutil, distanciado y exquisito. No pretendía molestarla. Pero ella no lo veía, pues en el sueño seguía.
Hasta que, en el undécimo viaje de Galván, el colorido artista, que nunca se rendía, consiguió su cometido. Dio en la tecla más sensible de Mercedes, la que se levantó como llevada por uno de estos torbellinos incontrolados de Van Gogh. Dando vueltas dentro de sus afectos, hasta la ventana llegó.
Por debajo de los límites de lo posible, los bordes del marco de esta vidriera se mantenían sellados a la perfección. Gracias a la resina de una madera que su herida sangraba todavía. Sin apreciarse ninguna solución de continuación. ¿Cuánto tiempo llevaría hermética? Ella sola no podía abrirla, así que le pidió al arlequín cooperación. Quien cooperó como pudo a pesar de que, por fuera los salientes, a los que asir sus dedos, sobresalían escasamente.
» ¿Qué vas a hacer, Mercedes? ¿Por qué? -preguntaba Galván bajando resignado la mirada de ensoñación y sin esperar ni respuesta ni nada-.
Tiraron y empujaron, en alternancia. Los dos poniendo todas sus fuerzas en el deseo. La ventana, por fin, cansada, cedió. ¡Pero hacia el exterior! Empujando y precipitando al visitante al vacío.
» ¡Mercedes! ¡No! ¿Qué has hecho? ¿Por qué no has tenido más cuidado? Él no tenía que entrar, pero no hacía nada malo fuera. Sólo era una marioneta, un polichinela.
Estas últimas palabras de Galván sí que llegaron a los recién encandilados oídos de ella. La que comenzó a hablarle. Se dirigía a él, pero sin mirarle. Seguía fisgando a través del tragaluz. Sólo oscuridad tragaba.
El perro, que se había despertado al levantarse la dama con quien compartía cama, siendo testigo de todo, corrió gimiendo a refugiarse en el blando regazo de Galván. Como si una presencia invisible lo hubiese azotado sin razón ni corazón.
Mercedes se excusó entonces, argumentándole que tan sólo había hecho lo que él le pedía. Que ese ser efectivamente no era más que un pulchinela que otro destino no se merecía. Un vago que sólo se dedicaba a deambular, con su polifonía arrastrada, arrastrándose cada vez más hacia su dejadez. Hacia no poner remedio a su condición. Que no tenía nada propio, ni su canción. Tan sólo la emulaba. Un parásito que nunca podría aspirar a estar con ella. Que nunca estuvo ni la tuvo. Que ella se merecía un hombre como ese en el que el perro se acurrucaba.
¿Por qué Galván estaba viviendo todo esto, como un frágil embrión atrapado, con ojos preparados para atravesar la raíz de la imposibilidad metafísica? Revivía un episodio oscuro de su infancia. Uno que en el presente volvía a ser y no ser a la vez. A ser diferente. En una disparidad, que no le imposibilitaba reconocer ahora quién tenía que ser, sin lugar a equivocarse, ese fantasma castigador que había azotado sin juicio al perro bueno.
Su padre fue el médico cirujano más aclamado de su siglo. Los métodos que aplicaba eran fruto de fuertes reflexiones, muy avanzadas para la época. Su coqueteo con las técnicas del mesmerismo, dio lugar a multitud de férreos debates entre admiradores y detractores. Entre la esperanza y el miedo.
Especialmente, encontró adeptos en la región de la bota italiana. Le embelesaba que le elogiaran. No soportaba las críticas, aunque en público bien lo disimulara, poniendo en práctica su bien entrenada caballerosidad. De modo que, en cuanto se le presentó la ocasión, no dudó en trasladarse con su familia a la ciudad que fundó Rómulo tras asesinar a su hermano Remo.
Aquí vivió el pequeño Galván, al lado de su dulcísima madre, los años más felices de su historia. Obviando que su padre casi nunca se dejaba ver por casa. El trabajo le tenía demasiado ocupado. Su deber era salvar muchas vidas. “Se trata de vidas humanas, tan valiosas como la tuya y la mía. No seas tan egoísta, y no se te ocurra meter al niño en esto. Él es feliz. Hace fácil lo que a ti te cuesta”, le replicaba a su esposa siempre que ésta le reclamaba un poco más de su preciado tiempo.
Ella, sola, pensaba que, si quitaba la truculencia del tono con que se lo decía y se quedaba con las últimas dos frases, era verdad: “los niños hacen envidiablemente fácil la felicidad que nos empieza a costar de adultos cada vez más”.
A ella nadie la aplaudía. Aún no podía adivinar que estaba a punto de volver a ser dichosa. O de creer serlo. De volverse a enamorar. Desde niña, había sido una amante encarnecida de la música. Habría compuesto un millar de canciones bellísimas. E igualmente desde su niñez, le fue dada y supo mantener en su dominio la mayor de las inteligencias emocionales de su generación. Aunque, a veces, sintiese que este don a ella la dominaba. Sintiese que la cabeza se le iba de escapada cuando por las noches alterada se acostaba.
El hiperactivo e impecable galeno escapaba, sin hacer ruido, temprano por la mañana. Desaparecía antes de que se levantaran. Regresaba para cenar cuando ya habían cenado. No permitía visitas a la casa mientras duraba su ausencia. Y así pasaban las horas, el hijo, con la mejor compañía y el mayor de los cariños que puede recibir un niño; la madre, en soledad. Reordenando lo ya ordenado. Nunca nadie les visitaba.
Pero, un día, llegó un hombre. Un músico entrado en años llamado Edmundo. Aparentaba mucha más edad de la que debía tener. Acompañado de un perro pequeñín, negro como el carbón, que hacía caso al nombre de Dantés. Entraron en el hogar, como entra la desesperación en la ausencia. Se presentó este sujeto como compositor.
Siquiera habría compuesto un par de canciones mediocres en su libreta. Para lo que tenía arte de verdad, era para interpretar. Aunque hiciese ya bastante más de una década que tuvo que dejar de ser concertista. De los que saben llegar al público y marcan diferencias emocionales con el resto. Llegaba a conmover más que los demás. Gracias, a esa pausa. Gracias a ese toque del corazón, después de la pausa, que no se puede practicar.
Una lástima que no dejara de sentirse fracasado. Todas las noches se castigaba, por no tener la suficiente magia, como para poder ser él quien compusiese aquellas hermosísimas canciones, que como solista solo interpretaba. Siempre se sintió como un mero copista. Un mimo que, aparte de faltarle capacidad de inventiva, tampoco había tenido suerte en la vida. Ni mucho afán por nada más allá. “Te falta carácter”, le recriminaban. “Eres bueno, pero nunca serás original. Nunca un genio. Siempre un obrero al servicio de los genios”, se echaba a sí mismo en cara.
En una primera instancia, a la madre, aunque le cayó simpático, le generó un notable rechazo por su viso raído. Luego, se fue acostumbrando. Dejó de ver el cuerpo y comenzó a ver sólo al ser humano. Dejar la materia para contemplar sólo la idea en el amor ideal, para Platón. O esto pensó.
Y este señor solista, tardar no pudo en demostrar ser un romántico empedernido. Como tal, hubo un momento en que lo tuvo o estuvo cerquísima de tenerlo todo; pero rápida y desgraciadamente todo lo perdió, para empezar a vivir en la tristeza permanente.
Justo el día en que se iba a casar, tocar el cielo, en el mismísimo convite de bodas, le asaeteó tamaño infortunio que duele hasta contarlo. Una malaventura igual a la que se le echó encima al famoso Conde de Montecristo, Edmundo Dantés. Fue hecho preso y privado injustamente de su libertad por catorce años. Calcó el nombre y, como escriba de su propio destino, la tragedia del personaje más imperecedero de Alexandre Dumas.
Ahora, que acababa de ser escupido de nuevo al mundo, aunque acostumbrado a padecer en la espera más desesperada, buscaba sin demora recuperar la felicidad o, como poco, la posibilidad de la misma: la fantasía. Así de apresurado fue a reunirse con la citada esposa del médico en su casa. Por forzada casualidad.
Eligió la mejor calle de Roma, la más cara y bonita. Paradójicamente, de entre todas las acogedoras fachadas color pastel (naranja, azul, verde, amarillo) fue a seleccionar la gris y descolorida, la menos llamativa. Tal vez la que más le recordase a los muros de su repudio social. Una mazmorra también se puede añorar. Y en su añoranza escogió la que menos concordaba con la belleza de la madre de Galván y en la que precisamente vivía ésta, haciendo gala de ironía.
Y el pequeño Galván lo adoraba, a él y a su perro fiel, Dantés. Edmundo era uno de estos personajes a los que juzgan y condenan constantemente los adultos, pero que son muy respetados por los niños.
La madre le daba clases de compostura y confección musical en secreto. Omitiendo que su aplicado alumno no mejoraba, se iba enamorando nota a nota del corazón desgajado e irreparable del Edmundo del mundo real. Le gustaba más porque no se podía refaccionar. Al tanto que su pimpollo jugaba a “las aventuras” con también su nuevo mejor amigo, Dantés.
El niño y el perro, los aventureros, eran los únicos que se apreciaban con cariño sincero. La compositora no quería de verdad al irremediable Edmundo, ni tampoco éste la quería con la nobleza que quiso antes de ser preso. Pero una y otro creían superar con esta relación la realidad. Ella, olvidar que un amante a menudo sólo parece mejor que el marido porque todavía es sólo amante y no marido. Y él, dejar de pensar en que, había salido de la celda, pero ya nunca volvería a sentirse libre.
Una noche, en un descuido de este amor fingido, se alargó la clase. Llegó el padre, que volvía algo antes, de la velada en que con más fervor se le había aplaudido, en el Teatro Sistina. Un aplauso de los que no acaban y ensordecen. De los que redoblan su potencia sonora en ese bajón que parece cercano a su extinción. Un atracón de aplauso. Retornaba temprano dadas sus ganas de celebrar con su plausible familia por todo lo alto, después de recibir el mayor galardón de medicina, a su carrera intachable.
Todo acabó. La mancha que encontró en su casa, le puso tan furioso que hizo a su mujer deshacerse de aquel “asqueroso vagabundo”. Amenazándola con aplastar la vida de su hijo si no lo hacía.
Atenazó sin piedad con ambas manos al juntapuchos y lo estrelló brutalmente contra la ventana, que se partió en pedazos. Acto seguido lo terminó de aturdir propinándole un tremendo pescozón. Lo sujetó por la deshilachada camisa, según obligaba a su esposa a empujarlo, bajo la infame presión de llevar a cabo su horrorosa amenaza si no se atrevía. “¡Tíralo! No lo haré yo, lo vas a hacer tú. ¿Me oyes? Sólo así sabré que no lo has querido. ¡No lo has querido! ¡No…”
No dejó de repetírselo a gritos hasta, que ella se decidió a matar a su amor por el inconmensurable amor a su hijo. Saltó hacia el amador derruido y, sin mirarle, lo empujó.
Sólo murió el falso amor que llevaba dentro, porque Edmundo sobrevivió a la caída, desde siete metros. No sabemos cómo, pero ya no estaba en el jardín cuando el doctor se asomó. Esto sí, tuvo que arrastrarse lejos lo más raudo que pudo con su melancolía. A mendigar resurrección a otro lugar. A otra fachada grisácea. Teniendo que dejar atrás y abandonar al amigo que nunca le hubiera abandonado, y que no se libraría de la ira.
Alguien tenía que pagar. El clínico, vengativo, rabiaba sangre por limpiar la ofensa. Quería borrar todo vestigio viscoso de aquel incidente nefasto o no lo borraría jamás de su cabeza. Consciente de que, de una u otra manera, nunca iba a dejar pasar nada.
Galván había estado atento, cogiendo a Dantés en brazos cuando intentaba defender a su indefenso dueño. Se había escondido, sofocado, con él. En un escondite bastante a la vista, pues el pánico no agudiza el ingenio, así como la necesidad.
Su padre los encontró y se deshizo del cachorro.
Hay cosas tan cruentas que no se evaporan. Por mucho tiempo que pase. No sólo no las olvidan las personas, sino tampoco los animales. No sólo los vivos. Tampoco olvida la naturaleza. Tampoco la fachada gris. No olvida la energía que trepa por ella hasta las más grisáceas nubes.
Una separación tan cruel, generó un martirio tan imborrable, que se guardó en el espectro del perro. Y este fantasma se refugió en un lugar tranquilo, cruzando más allá del dolor. Para retornárselo catorce años más tarde a su verdadero dueño. El que no le había abandonado.
El único que amó, mientras los demás jugaban a ser mayores.
IMAGEN: Samuel Martín
TEXTO: Sergio Carro







