Me falta contexto, por María Ordóñez Marina

(Objetivo: transcribir y maquillar la verborrea cerebral)

Febrero

Buscando un termómetro que justifique el frío que tengo.

Buscando un tumor cerebral que justifique lo que siento.

Tú matarías monstruos por mí pero, ¿y yo?

Sudoku

Estaba haciendo un sudoku cuando mi hermana la palmó. Bueno, tampoco quiero exagerar. La verdad es que me había atascado.

Solo había puesto seis números en los cuarenta y tres minutos que llevaba sentada ante un único café. Algo que, además de a mí, también le molestaba al hombre que esperaba notablemente ansioso a que dejara el periódico libre.

Y podría haber claudicado ante él. Al fin y al cabo, he abandonado muchos proyectos sin terminar, pero, ¿dejar un sudoku a medias? No. Eso no era una opción. Solo necesitaba descansar un poco.

Sea como fuere, el caso es que cuando me enteré de que se había muerto yo tenía un sudoku en las manos.

Supongo que la manera más habitual de averiguar que alguien de tu familia ha fallecido es recibiendo una llamada telefónica o un mensajito de WhatsApp. Algunos incluso avisan a través del chat grupal familiar, aunque supongo que este medio queda reservado a casos de timidez extrema o a cuando el difunto se veía venir, o mejor dicho, morir.

En mi caso, no fue ninguna de las dos: Cansada de estrujarme el cerebro con los numeritos, había levantado la vista hacia la cristalera con la esperanza de dar con algún transeúnte en el exterior con el que fantasear pero encontrando, finalmente, una paloma cuyos intentos por comerse un trozo de pan eclipsaban mi atención.

Fue entonces cuando algo cayó del cielo, irrumpiendo sin aviso en mi campo de visión. No entendí inmediatamente lo que había pasado. Mi cerebro, incapaz de integrar el conjunto, decidió ir poco a poco procesando detalles.

Ahí comprendí que un cuerpo, presumiblemente humano, acababa de defenestrarse en mis narices. Y ya, lo siguiente que reconocí, fue la camiseta.

-Joder, esa camiseta la tengo yo – recuerdo pensar.

O tenía. Era una camiseta granate de un grupo de hardcore francés que me gustaba mucho. Me la había comprado después de un bolo que dieron en Burdeos hacía más de siete años. Me flipaba, pero un día desapareció y así, sin más, no volví a verla nunca. El grupo se separó y dejaron de hacer merch.

Sí, soy lenta. Seguro que a estas alturas vosotros ya lo habréis hilado, pero yo tardé un poquito en asimilar que el cuerpo que acababa de llover pertenecía a mi hermana, la ladrona de camisetas.

Joder. Mi hermana. Mi hermana estaba en la acera tendida. Mierda.

De repente, todo eran dudas. ¿Se habría caído? ¿Por qué? ¿Qué coño estaría haciendo para caerse, robar camisetas? No. La habitación de la casa que daba a esa calle era la de mis padres… Y, ¿Donde estaba la paloma? ¿La habría aplastado? ¿Qué coño hago?

Sabía que continuar con el sudoku no era una opción, pero desconocía cuál debía ser mi siguiente paso.

No obstante, algo me decía que tenía que irme de allí. Y que el cuerpo tendido de mi hermana, me daba potestad para hacerlo sin tener que rendir cuentas por el descafeinado.

Me decidí y, aprovechando el revuelo que se había generado en el interior, arranqué la página de pasatiempos y me la metí en el bolsillo, lo que, irónicamente, acabó con el diario abierto por la parte de las esquelas.

Y en ese momento, recordé la historia que siempre nos contaba mi madre de cuando murió su hermano. Resulta que ella también tenía un periódico en la mano cuando se enteró. Leyó su nombre en las esquelas.

Vaya. Al fin y al cabo, teníamos más cosas en común de las que pensaba.

Café

Era pronto cuando bajé. Faltaban aún 10 minutos, por lo que con la intención de consumir un poco de tiempo y, de paso, un café, entré en el establecimiento.

Mi cuerpo se tensó en el acto. Hicieron falta unos segundos para comprender por qué: Allí dentro reinaba un silencio sepulcral, grotesco. Sin la típica banda sonora de televisor, radio o conversación de fondo, ese sitio le hacía sentir a uno un batiburrillo de miedo, pena y, todo sea dicho, curiosidad.

Ni siquiera una triste cucharilla tintineando contra una taza, joder. ¿Dónde estaban el niño llorando, la música de after o las ganas de vivir?

Allí había gente. Española. Esta combinación ya hace ruido por sí sola. Pero allí dentro no. ¿Me habría quedado sorda de repente?

Lo que tuve claro es que los clientes no eran ciegos: La mayoría de los allí presentes (cuatro o cinco personas esparcidas por las múltiples mesas del local) abandonaron por un momento su actividad particular para comprobar quién había roto, de manera estrepitosa a juzgar por la situación, su mutismo pactado.

Lo que encontraron no debió importarles mucho, ya que volvieron rápidamente al periódico, cruasán y móvil, y yo volví al anonimato.

Me daba miedo moverme e interrumpir su minuto de silencio. ¿Cuál podría ser el luto común de aquella gente tan variopinta?

– ¡UN FUNERAL! – bromeé mentalmente.

Me hizo tanta gracia la idea que decidí dar rienda suelta a la imaginación, buscando pruebas que avalaran la chorrada.

En primer lugar, los supervivientes de un difunto también tienen derecho a tomar café, ya sea antes o después de la despedida. Y si quisieran, también de hacerlo en mesas diferentes, como aquellas personas que me rodeaban.

En segundo lugar, una jornada de tanatorio le quita las ganas de hablar a cualquiera. De ahí el silencio. Todo encajaba a la perfección. O al menos podría encajar. O bueno, ninguna fisura argumental era lo suficientemente poderosa como para romper la burbuja que… Mierda. Los churros. Los churros rompían la burbuja. La estallaban.

Estuve tentada de arreglarla con un poco de celo, argumentando que el dueño de los mismos era alguien ajeno al grupo, pero al final decidí, no sin indignación, dejarme ganar por ellos.

Que arruinaran la hipótesis juguetona con la que mi ansiedad social se enfrentaba a la hostilidad que me generaba la ausencia de sonido. O más bien, no haber encontrado bullicio en un entorno por definición ruidoso.

Además, hasta en los funerales hay un despistado social riéndose a ataúd abierto. Me reí en alto.

– Vaya, al parecer, yo soy el despistado en este funeral. – pensé.

Mi mente vuelve a los churros y decido, tras un repaso histórico de centésimas de segundo de duración, que el churro es festivo y que nadie lo ingeriría después de enterrar a un ser querido, al menos no en compañía.

Demasiado ostentoso. Demasiado arriesgado para el textil y/o el estómago. Al igual que un mal pepino, puede repetir, y nadie quiere revivir algo horrible horas después de superarlo, ni siquiera en forma de regustillo a feria.

La sociedad decidió que buñuelos con muertos sí, pero que los churros tendrían que conformarse con ser piedra angular de encuentros entre personas no contributivas o sin dientes.

Me aburro del juego, pero no lo suficiente, así que paso a filosofar sobre la importancia de la contextualización del alimento y sobre las normas sociales no escritas a su alrededor. Pienso en alimentos excluidos socialmente, relegados a encuentros privados con uno mismo o con alguien de confianza, como los que sobrepasan la destreza de uno con el tenedor.

Esta carretera no lleva a ningún sitio y lo sé. La dueña y única empleada está terminando de atender al señor de la barra. Me noto impacientar al sentir que me toca pronto, así que doy por zanjado el tema mientras busco dinero en los bolsillos y convengo en que, el alimento más seguro para esa situación, es la tortilla francesa. Triste pero nutritiva. De a atributos perfectos para la ocasión.

– Ya está bien, tontaina. Pide. – me reprendo.

Pero mi cuerpo sigue rígido. Fantasear suele relajarme, y habría funcionado también ese día de no haber sido por el señor de la barra. El único que no ha dejado de mirarme desde que entré. Ni siquiera para dejarle la tostada en la mesa a la señora que lo acompañaba.

Traté de comprender el motivo, mirándolo con disimulo. Comencé por replantearme mi aspecto, pero observando el bodegón, no podía ser eso. Vale que, si mi madre juzgase la estampa, pocos pasaríamos su examen, pero no era ni de lejos la más hortera del lugar.

Además, era domingo. Las distintas modas conviven en establecimientos neutros como aquel.

Pasé a pensar en que quizá tenía una mancha enorme de pasta de dientes en la cara. Pero si fuera algo muy llamativo, otros ojos se habrían quedado estancados en mí y, además, esa mañana no me había lavado los dientes.

Empecé a incomodarme más y más. El sudor empezó a incomodarme más y más. Ese desconocido disparaba mi sistema simpático así, sin pedir permiso. Y encima tenía los ojos azules. Eso era lo peor.

Me iba cabreando poco a poco la forma en la que me miraba. Lo hacía sin pudor.

-¿Te crees que estás en el zoo, imbécil? – Me dije para desestresar.

Quise hacerle probar su propia medicina, así que me dispuse a mirarle fijamente yo también, comenzando un duelo.

La sexogenaria que regentaba el lugar, haciendo su trabajo, se dirigía lentamente hacia mi lado de la barra.

Paralelamente, el señor seguía mirándome. El sudor me inundaba las axilas. Estaba tan incómoda que quise largarme de allí, pero ¿quedar como una rara ante ese raro? Ni de coña.

El señor no flaqueaba así que, tras seis segundos de puro frenesí que me inundaron la camiseta, perdí el duelo.

Giré la mirada, dirección sexagenaria, y pedí mi café en el volumen más bajito que pude, rezando porque la señora conservara audición suficiente para oírlo. Sería nuestro secreto… Y conseguiría castigar durante un minuto la curiosidad maleducada del paisano.

Funcionó. O eso quise pensar cuando, el hombre, abandonó por fin la barra para sentarse junto a la dueña de la tostada, rompiendo además con el silencio diciéndole alguna absurdez.

Ya con mi café, me dirijo victoriosa a la salida, con la esperanza de encontrar mesas vacías en las que matar los últimos minutos.

Un hombre en un chándal de esos de dos piezas, conjuntado, me toma el testigo. El de los domingos, probablemente.

Siempre hay un tipo así en las cafeterías si se baja lo suficientemente temprano: de edad cercana a la jubilación, ya sea por arriba o por abajo, de los que no sabes si van o vienen de andar, o solo bajaron a leer el periódico, gratis o pagando, y a por el pan.

Salgo de allí y el aire fresco le sienta bien a mi cuerpo. Por fin lo noto relajarse.

Quedan dos minutos. Decido esperar en una mesa alta.

Estoy cómoda. Sonido e imagen congruentes, se respira más normalidad. O al menos coherencia.

Una señora con la psicomotricidad de una lechuga se empeña en devolver su taza vacía al interior, mientras canturrea felizmente en alto.

Un minuto. Es la hora.

Me termino el café, cruzo la calle y entro al Carrefour a por leche, que esta mañana no me quedaba para el café.

Un cartón de leche

– Y tú, ¿qué quieres ser?

Si hoy me hiciesen esta pregunta, tengo clara la respuesta.

– Un rostro en un cartón de leche anglosajón en los 80. – diría de forma dulce pero robusta.

Sucede a menudo, lo del cartón de leche. Saber cuándo pasará ya es más complicado. Los sistemas que rigen el desbordamiento de mi cuerpo no son lineales, y por tanto, difícilmente predecibles.

Bueno, que no solo un cartón de leche, también un objeto en una estantería, una entrada o recibo arrugado en una cartera, una carcajada que haga converger a dos extraños de manera inesperada, una carcajada que les sirva de bálsamo a dos conocidos de manera buscada o una cara familiar que, entre los muchos rostros que pasean por algún malecón una noche de verano, consiga hacer plantearse al observador si ir tras él mientras, inevitablemente, este se aleja para siempre.

Porque todas esas cosas se es cuando no eres, y hoy, no quiero ser.

Solo masajes

– ¡Tú lo que quieres es un masajista, no un novio! – Me gritó, dándose la vuelta, enfilando la carretera.

Esas fueron las últimas palabras que me dijo. Así, sin más. Sin opción a réplica.

Nunca volvió a decirme nada. Bueno, ni a mí ni a nadie. Aquellas fueron sus últimas palabras. A Julián le atropelló un camión justo al terminar de pronunciarlas.

Cruzó sin mirar, cegado por la rabia con la que me escupió esa frase final, la cual se quedaría mucho tiempo retumbando por los pasillos de mi cabeza.

Su cuerpo estuvo tendido en el suelo un buen rato, sin moverse. Como yo, que no supe reaccionar de otra manera que quedándome quieta ante tanta sorpresa junta.

Alguna de mis neuronas quiso conectar y trató de descifrar algún dígito de la matrícula que no dejaba de alejarse.

Si llegó a leer alguno, lo olvidó para cuando los policías preguntaron por el vehículo.

– Amarillo, balbuceé como una lela. – Coche amarillo.

Eso fue todo lo que fui capaz de decirles.

Me dejaron ir tan pronto descubrieron mi relación con Julián, y yo, sin dudar, enfilé por la avenida a toda prisa, corriendo de manera compulsa y poco grácil hacia la esquina más cercana.

Pensaba guarecerme tras ella, transformarla en un lugar seguro desde el que llamar a Marina.

Aunque lo que me impulsaba principalmente eran unas ganas salvajes de escapar de la mirada de La Señora.

Para ella, yo probablemente era un monstruo. Una, como se diría tradicionalmente, verdadera arpía.

La Señora y yo habíamos sido las únicas testigos de lo sucedido. Las únicas que habíamos podido escuchar las palabras con las que Julián se despidió del mundo.

Cada una a su manera, eso sí; Ella, gritando cuando el camión arrojó el cuerpo hacia su lado de la acera. Yo, haciéndome la estatua. Ella tomaba las riendas y asumía el papel de héroe. Yo, agradecida, no ofrecía resistencia. Alguien tenía que hacerlo y, honestamente, no quería ser yo.

La Señora había avisado a emergencias e incluso se había llegado a arrodillar junto al cuerpo de Julián, descubriendo y zarandeando su pecho al ritmo establecido por las guías de primeros auxilios.

Ella buscaba ayuda externa con la mirada. Yo, concienzudamente, posaba los ojos en el suelo, refugiada en el adoquín, transformado ahora en fortaleza.

Fortaleza con fisuras, ya que no me impedía sentir cómo aquella señora me culpaba de todo sin usar una sola palabra.

Tenía que llamar a Marina para contárselo. Si le hubiera hecho caso, tal vez todo habría sido distinto. Ella tenía razón. Tendría que haberle escuchado y haberme cambiado de fisio en cuanto supe que estaba colgado por mí, pero me pudo la pereza de buscar otro y volví a pedir cita con él, prometiéndome que sería la última vez allí.

Jamás imaginé que, después de la última sesión, el tío saldría como un loco cruzando la calle sin mirar, gritando mi nombre hasta alcanzarme. Que se me pondría delante y me declararía su amor por mí de manera enajenada.

La verdad es que mi cara tuvo que ser un poema mientras le decía que solo le veía como fisio.

No se me ocurría nada más que decir y él comenzó a ponerse rojo hasta que consiguió escupir sus últimas palabras para, una vez más, volver a cruzar la calle sin mirar.

Sé un gris, por favor

– Con la melena suelta pero ni un mechón en el rostro, molestando. Todos arrastrados por el viento de frente porque voy a toda velocidad con las ventanillas bajadas.

Así es como me siento los primeros días que paso contigo. Porque acelero. Porque no sé ir despacio cuando las cosas me gustan. Todo es nuevo y yo no freno, no hay tiempo, no vaya a no llegar.

Pero hoy, jornada de reflexión. ¿Alguna vez he saboreado algo que me haya hecho feliz? Y de ser así, ¿hace cuánto que no lo hago?

Ataco las cosas sin mesura. O todo o nada. No hay espacio para el gris. Chica de extremos. Euforia o zozobra, las dos partes de mí. Todo siempre rápido, para pasar el trago. Malo o bueno, solo quiero pasarlo. Para poder dedicarme a las cosas que elegí.

De niña, lo primero que hacía los viernes nada más comer era los deberes, para así, nada más acabar, ser libre. Entiéndase la libertad de entonces como la liberación de la conciencia (durante 48 horas al menos), como la sensación de ser dueña de mis pensamientos. No tener que dedicar ni un solo minuto a pensar en lo que debía hacer y aún no hice. Paliar el cargo de conciencia, dejarlo al mínimo, para poder ser yo. Para ser dueña de mi yo interior, para pensar en lo que yo eligiese.

Siempre me agobió el intrusismo. Ya fuera en forma de deber no escrito, de orden directa o, el más peligroso, el que arraigado en mis creencias pero con disfraz reconocible, transforma la moral. Y a día de hoy, así sigue siendo. Soy igual. Odio no poder elegir en qué pensar. Me doy prisa en sentir lo intruso.

Y ha sido quizá cuando lo externo ha arrebatado en número e intensidad a lo interno que mi mente se ha acostumbrado a esta tendencia de las prisas y de no saber frenar, que ahora todo lo hago acelerada y que ya no sé pararme a disfrutar. El cuerpo se sesgó. O no, qué sé yo.

No he conocido muchos grises en lo que llevo de vida. No los he sentido apenas, pero para mí, el gris es lo único estable que puedo mantener. Representa el equilibrio que tan en falta echo. Lo que sí saboreo. Personas grises, cosas grises. Lo que sea, pero gris. Ahí es. Ese es mi viaje, eso es lo que intento, acercarme al gris.

Siempre pienso en el perro saliendo a pasear y en el perro volviendo del paseo. Uno va más lento a los sitios a los que no quiere ir. Y yo me acelero cuando encuentro algo que me hace por fin sentir. Y es por eso, que es hora de analizar la ritmicidad de los encuentros. Comprobar si me acelero, si saboreo el viaje. Evitar quizá de esta manera el atracón de emoción de la que luego reniego, extasiada. Convertir en gris lo bueno.

Tareas, deberes de este viaje que es mi vida. Por favor, conviértete en gris.

Los tilos

Si los tilos huelen igual, ¿por qué, oliéndolos aquí, me siento distinta?