Hay libros que se dejan leer y nos acompañan. Otros que son capaces de evadirte mientras permaneces en las ideas que nacen en sus paginas. Y algunos, como Una casa portuguesa, son capaces de trasladarte por completo, de hacerte viajar a cada página. Supongo que me puede y me ganó antes incluso de leerlo el hecho de que este libro cuenta la historia de como su autora e ilustradora, Ximena Maier, cambió su vida por vivir en uno de esos lugares donde la forma en que incide la luz hace que los paisajes sean capaces de ganarte hasta el punto de querer quedarte en ellos y nunca marchar.

Ximena Maier es una autora que se ganó a público y crítica con su maravillosa prosa ilustrada en su original Cuaderno del Prado, publicado originalmente en 2017 por Nido de Ratones y reeditado en una nueva edición revisada y ampliada por Lumen en 2025. Con mucha razón, uno de los muchos apuntes de prensa favorables hacia la obra describió el trabajo de la autora como «un libro feliz». Es cierto hasta tal punto que incluso la promoción de su nuevo libro hablan de Una casa portuguesa como «el nuevo libro feliz» de Ximena Maier. Te aseguro que si el libro cae en tus manos y te dejas llevar por su vistosa portada y llegas a hojearlo, no podrás evitar pensar lo mismo. El libro en sí, editado con la experiencia y el cariño de Lumen hacia todo lo que editan, se convierte en tesoro para los sentidos cuando sus tapas en cartoné rugoso, con una textura tan cálida como las acuarelas de la autora, te hacen sentir el peso de las experiencias contenidas en una obra realmente extraordinaria que es tanto libro ilustrado como excusa para disfrutar del talento gráfico de Ximena Maier como libro de viajes, o de un viaje que, desde un solo lugar, nos invita a pasear por un lugar tan distinto a las ciudades que nos consumen a la mayoría.

Uno de los mayores dones de Ximena Maier, con el cual resulta imposible no aceptar su invitación a Una casa portuguesa es su total sinceridad. Este libro que recoge a lo grande las ilustraciones de la autora en un período de varios años recoge con honestidad su propia historia y la de su familia y cómo una soñadora que «quería ser ilustradora, vivir en un piso con terraza y hacer portadas para el New Yorker«, cambió su práctico piso en el madrileño barrio de Malasaña, «ilustrando libros y revistas, comiendo en casa de mis padres todos los días, desayunando churros cuando me daba la gana, pasando mañanas enteras en el Museo del Prado o en el Retiro», por una decisión familiar bien drástica y diferente. Y así, en 2010 y movidos por el trabajo de su marido, Ximena y sus dos hijos acabaron durante cinco años en Aberdeen, en Escocia, el lugar que hizo célebre el chiste del maravilloso del verano escocés que, con suerte, dura un solo día al año. Más afortunado fue, sin embargo, el siguiente destino, que llevó a toda la familia a aterrizar en la pequeña ciudad histórica de Évora, en Portugal. Y durante cuatro años vivieron en un piso en el centro, dentro de un edificio histórico del siglo XVIII. Hasta que les dijeron que no podían seguir en él y, como nuevo cambio radical afrontando su suerte, Ximena y su familia dieron de bruces con una quintinha portuguesa, la típica casa a las afueras rodeada de algún terreno, que cambió definitivamente sus vidas y dio origen a este libro.

A partir de ese momento y aunque ya hemos degustado el sabor a luz de las acuarelas de Ximena Maier desde las primeras páginas, asistimos a un relato que la autora nos cuenta su inesperada huida de la ciudad soñada a una destartalada casa en las afueras de Évora donde no sólo cambiaron sus vidas, sino también el ritmo con el que se miden las cosas en una zona tan maravillosa como el Alentejo portugués. Experta cronista de estilo sosegado, ameno y lucido, Ximena nos cuenta no sólo lo ganado, ya que relata también con gracia y estoicismo lo que supuso realizar una reforma en un lugar donde los tiempos y el concepto de prisa dependían del pie con el que aterrizaban los obreros en lo que poco a poco fue tomando forma entre obras, barro y aprendizaje de todo lo que comenzó a formar parte de las vidas de todos los miembros de la familia: desde la necesaria y agradecida convivencia con la vecindad («en el campo, los vecinos son tan importantes como los cimientos para una casa», apunta la autora), hasta apreciar lo que puede suponer aprender y sacrificarse a mantener vivo un huerto para luego poder disfrutar de pequeños placeres como poder desayunar por las mañanas el zumo de las naranjas que acabas de coger de tu árbol frutal.

Con una actitud vital envidiable, ligada a la curiosidad por seguir aprendiendo por encima de cualquier obstáculo o dificulta, Ximena Maier nos transmite con sus palabras y sus luminosos dibujos todo lo conseguido a lo lardo de días que, inesperadamente son meses y, de repente, se han convertido en años ya instalados en un hogar donde hasta de las ruinas surgieron no sólo vida, sino también vocación. Y es que, reconvertido un antiguo establo en un completo taller, lo que apareció como otra experiencia artística más al honrar la célebre memoria ceramista de Portugal, se convierte a lo largo del libro en inesperada vocación revelada hasta el punto de titular uno de los capítulos del libro «Y ahora soy ceramista». De hecho, te recomiendo que visites la cuenta de Instagram de la autora para comprobar y apreciar el nivel al que ha llegado con ese talento encontrado y explorado gracias a su llegad a su quinta portuguesa.

Si aprecias el valor de los detalles que hacen que realmente la vida merezca la pena, Una casa portuguesa es un libro que vas a releer y al que volverás para perderte una y mil veces en sus iluminadas ventanas a un lugar donde la luz incide de otra manera. Esta obra está repleta de frases que resumen la experiencia de apreciar, en su justa medida, lo que esa casa en particular les ofreció a la autora y a su familia, pero también los apuntes que el día a día nos ofrece para darnos cuenta de lo afortunados que podemos llegar a ser apreciando lo aparentemente más banal: poder leer un libro bajo la sombra de un árbol en la primavera que estalla de verde ante nuestros ojos, darse cuenta que hasta una alberca en mitad de una finca puede ser paraíso casi tropical cuando observas el paisaje que te rodea y el que duerme, milenario en una ciudad como Évora, a escasos minutos de donde vives. Porque no importa desde donde leas el lugar que Ximena Maier nos enseña como perfecta anfitriona, lo que importa son las ventanas de luz que su libro es capaz de abrir en quien se rinde a soñar un paisaje diferente, construido a base de paciencia y convertido en un viaje interior desde un único lugar.

Confieso que empecé Una casa portuguesa en algún punto de Madrid, bajo la luz gris de un mayo lluvioso con demasiada memoria de invierno. Pero paciente, esperé y leí sus últimos capítulos muy cerca de ese Alentejo que se convierte en el paisaje protagonista del libro, rodeado de varias tardes iluminadas de forma bien distinta, donde el paso del sol en el exterior, hace que olivos, encinas y dehesas pinten con sus colores cambiantes el marcado paso de todas las estaciones y aprecies desde verdes infinitos al ocre color tierra que desdibuja veranos en el tiempo y es, a la vez, capaz de devolverte recuerdos del lugar donde aprendiste a ser.

SOBRE LA AUTORA

XIMENA MAIER
Ximena Maier (Madrid, 1975) es ilustradora y ceramista. Lleva más de veinte años en el oficio y ha trabajado en libros, revistas, películas, anuncios, murales y un largo etcétera de formatos. Vive en una casa en el Alentejo, Portugal, con su marido, dos hijos, tres perros, un gato y dos cacatúas, donde mitiga su saudade madrileña disfrutando del azahar, los abejarucos y las puestas de sol sobre el olivar. Entre sus obras destacan Cuaderno del Prado, publicado originalmente en 2017 por Nido de Ratones y cuya nueva edición revisada y ampliada editó Lumen en 2025, y Una casa portuguesa (Lumen, 2026).








