De La Habana a Nueva Orleans: Paquito D’Rivera firma una velada única en Madrid

Pepe Rivero y Sebastián Laverde. Invitado especial Antonio Serrano

AUDITORIO NACIONAL MADRID 27-04-2026

El Auditorio Nacional de Música recibió el pasado 27 de abril a Paquito D’Rivera en su Sala Sinfónica. Las puertas se abrieron pocos minutos después de las 19 h. El público, que esperaba pacientemente, era muy variopinto y de todas las edades estilos muy diversos, dejando claro que la buena música es para todos.

Pronto se percibe que el concierto no va a seguir un guion convencional. Con Paquito D’Rivera, la música empieza casi antes de que suenen las primeras notas, en esa forma que tiene de dirigirse al público como si fueran viejos amigos. Habla, cuenta historias, se sale del guion y, sobre todo, hace reír. En un abrir y cerrar de ojos, la distancia entre el escenario y la sala desaparece, sustituida por una complicidad poco común.

Desde los primeros temas, esta impresión se confirma: la música fluye libremente, sin dar nunca la sensación de un programa rígido. Se reconocen colores y ambientes, la elegante calidez de «La Fleur de Cayenne», los matices más introspectivos de «Nocturno en la celda», (una reinterpretación jazzística del famoso Nocturno Op. 9 No. 2 de Frédéric Chopin), pero nada está encorsetado.

Todo respira, todo evoluciona.

Lo que más me llama la atención es esa capacidad de involucrar al público. Con «Adagio» Paquito lo hace cantar, casi sin previo aviso, como si fuera lo más natural del mundo o tal vez fue el público que se tomó esa libertad de forma espontánea sin pedir permiso. No queda  muy claro dónde acaba el concierto y dónde empieza el intercambio. Y, sin embargo, detrás de esa ligereza, todo se sostiene con una precisión sorprendente.

Los ritmos aparecen, desaparecen y se transforman. ”Invitación al danzón” se convierte en pretexto para la improvisación, “Adagio” suspende el tiempo. Es precisamente en uno de esos momentos cuando deja caer, con una sonrisa traviesa, que Mozart habría nacido en realidad en Nueva Orleans. La sala se ríe, pero la frase resume a la perfección el espíritu de la velada: aquí, los estilos se cruzan sin chocar nunca.

En medio de este flujo constante, algunos momentos adquieren un matiz especial. Un homenaje a las raíces cubanas, con Miriam (de Bebo Valdés dedicada a su hija), una energía más juguetona con “Mambo Influenciado” (de Chucho Valdes). Luego, casi sin transición, la música se vuelve más melancólica, más porteña con  “Milonga  gris”, antes de volver a algo más íntimo y personal con la pieza dedicada  a su esposa, Brenda Feliciano “To Brenda with Love”.  

Esa noche, Madrid tuvo el privilegio de contar con la presencia de un invitado especial: Antonio Serrano. A la armónica, impresiona por un virtuosismo que nunca busca el efecto. Su interpretación es fluida, de gran precisión. Entre él y D’Rivera, el diálogo se establece de inmediato, natural, evidente, como una conversación musical en la que cada uno encuentra su lugar sin imponerse jamás y con respeto mutuo. Con Serrano tocó “Miriam” y la preciosa “ Cinema Paradiso”

Lo que hace que el conjunto sea tan apreciable y ese fluir de ese equilibrio constante entre exigencia y accesibilidad. Uno puede dejarse llevar sin intentar analizarlo o entenderlo todo, simplemente seguir el hilo. Y, sin embargo, para quien agudiza el oído y sabe tanto de jazz como de música clásica, la riqueza está ahí: en los detalles, en los matices, en esa forma única de hacer convivir los mundos.

También hay una generosidad constante: en las miradas que se cruzan, en las risas compartidas, en esos momentos en los que la música parece desvanecerse para dar paso a algo más sencillo, más humano. Paquito D’Rivera no solo toca para el público, sino que toca con él.

Cuando llega el bis, las últimas notas dejan tras de sí una impresión difusa pero persistente: la de haber asistido a mucho más que un concierto.

Una velada viva, libre, impredecible. Una velada en la que se ha escuchado tanto como se ha reído, se ha admirado tanto como se ha participado. Y en la que, durante casi dos horas, Madrid se ha transformado en un improbable cruce de caminos entre La Habana, Nueva Orleans y un salón de música clásica reinventado.

Queremos dar las gracias a Juan Lucas(Sherzzo), Eduardo Frias y a Azucena por todas las facilidades prestadas.

Texto y Fotos: Rebecca Cabrera

Pepe Rivero y Sebastián Laverde. Invitado especial Antonio Serrano

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