
Siempre ese mismo sonido, rápido y seco, de la piña quemándose en el fuego. El crepitar fue lo último que oyó mi madre y lo primero que escuché yo al mudar mi alma a este mundo de misterio. Mi mundo sin ella. Mi madre murió antes de estar muerta. Normalmente, o por lo menos lo que yo había visto en las películas de miedo, era que el espectro aparecía una vez la persona fallecida se había ido al más allá. En su caso, hubimos de convivir con su fantasma tres meses antes de que se fuese. Tres meses antes se puso la sábana. Envuelta en su seda blanca, se ahogaba con un lazo negro al cuello que cada día un poco más estrechaba: lo justo para sufrir, lo preciso para no morir hasta el día justo. “Acostumbraros, porque cuando me vaya, es así como me veréis. Os lo ruego, no me tengáis recelo” -nos decía-, “con este aspecto os daré un beso de buenas noches y al amanecer temprano iremos a dar nuestros paseos para recoger piñas, como de costumbre. Si me sabéis escuchar, y sabréis porque yo os enseñé, os seguiré hablando en El Crepitar. Allí llegará un día en que me podréis volver a ver sin la sábana. Nada será tan distinto”. Pero sí que lo es, todo es tan discrepante de como era antes …
De mi infancia ya sólo recordaré a una niña que temblaba sin parar. Esa niña que creo seguir siendo. Había muchas cosas que me daban muchísimo miedo, y luego, por debajo de todos mis espasmos, como aguas soterrañas, estaba el crepitar. Antes de él, mi hermano también recogía las piñas para las brasas, mas no lo hacía en esos paseos por senderos de árboles plantados boca abajo. Antes, mi padre también cortaba leña, pero no de noche y día de manera tan violenta y compulsiva. Porque compulsivos son nuestros movimientos dentro de los papeles adoptados desde que se ahuyentó el amor de nuestras vidas. Yo estoy sentada junto al calor de la cocina de leña de nuestra casa antigua; con la luz apagada, dejo que los últimos rayos rojos del atardecer me acaricien, que mimen un poco una piel que del cariño no se acuerda. Creo que la luz que entra es amarilla, pero yo la veo roja. A mi lado, como ella misma predijo, está mi madre, tal y como dijo que iba a estar, con la sábana blanca. Y aunque tampoco pueda asegurar a ciencia cierta que es ella la que se oculta debajo, la estatura coincide y no he visto a más personas que quisieran vivir dentro de una sábana. Se ve por la silueta que tiene la boca completamente abierta, con la mandíbula desencajada, mirando al cielo aciago, en un último intento de tomar la escasa bocanada de aire que ya no tomó.
Observo a mi padre, que está fuera, a través de la ventana que ha marcado el límite de nuestra relación. El pobre no puede talar su recuerdo. A su lado, también está mi madre, tal y como dijo que iba a estar, con la sábana, diciéndole que le faltan fuerzas; que podrá cortar todos los troncos que quiera, pero que las raíces de su amor desdichado seguirán enraizadas con fuerza a su sien. Y le añade que no se lo dice por rencor, sino porque es verdad.
Mi hermano tiene que estar al llegar, con las piñas y con nuestra madre también. Es con él con quien aún sigue mostrando algo de ternura rescatada. Del manto saca una de sus manos; vieja y delicada, se la extiende. Pero mi hermano aún no se la toma. Le da miedo, es lo cierto, mas con lo movido que es su carácter no hace falta que le diga nada para ponerle de excusa una vez tras otra que está demasiado ocupado. No para de recoger y portar el bote a rebosar de las piñas y claro, no puede prestarle una de sus manitas. Mi madre no se cree esto, pero es nuestro pequeño, y todo le perdona a su pequeño.
La calma de la cocina choca con la furia del hacha. Su rabia corta y divide los versos del crepitar en sonetos. Del hacha el crepitar algo de violencia quita, y algo de paz quitan los hachazos al crepitar. Y escuchando triste poema, imagino cómo habría sido la vida que a mi madre le restaba. La veo volviendo a ser más joven cada vez, hasta la niñez. Se parece tanto a mí… que a veces pienso que yo también he muerto. Pienso que no sería tan malo que fuese así. “Es malo matar, pero no es malo morir” … creo que fue esto la frase más bella y de mayor consuelo que nos dejó de legado el Gigante de Hierro. No sé cuántas veces habría visto esta dulce película con mi hermanito mientras nuestra madre nos preparaba la cena. Fue ella quien nos enseñó a encender la cocina de leña. Escondida en el poema del crepitar miro cómo regresa a tener todo aquello que en “sus cartas” fue perdiendo. La alegría se fue separando de su chica más brillante y sensible. En fin, la imagino sin esa maldita pieza de lienzo blanca puesta por encima sobre un fondo negro e infausto. Nuestra familia era muy diferente cuando no llevaba la sábana, y también lo es ahora, si familia puedo seguir llamando a estos tres actores de teatro trágico en quienes nos hemos transformado.
¡Levántate! Por favor,
quítate la sábana que yo no pude quitarte.
Levántate
y levanta de mí esta pena.
O dime que no eras tú la de debajo,
dime que vuelven nuestros días,
devuelve la vida a nuestra hija
y saca al pequeño de su pesadilla.
Pero si no puedes salir,
si vas a seguir ahí abajo,
quítame la razón,
envuélveme contigo en el blanco,
muéstrame toda entera como eres y abrázame.
Yo ya me he rendido,
el amor es como es,
ahora lo sé.
Quiero entenderte,
amarte como eres.
El amor es como es.
¡Perdóname!
Cae el hacha, vuelan por los aires las astillas de la madera. Salgo a recogerlas antes de que se le claven delgadas y finas en lo hondo de sus resquebrajadas venas. Pues son el último lamento en forma de poema compuesto por mi padre. Cada astilla es un verso.
Y de esta manera, mi vida fragmentada en tres fases de comedia queda: la carta de la alegría, escrita por una madre y su hija; la carta del silencio, escrita por una madre sola; y la carta del crepitar, escrita por una hija sola. El espacio y el tiempo de cada una de ellas es relativo y se entremezclan, puesto que la carta del silencio fue escrita mientras se escribía la alegría y es por esto que dio a luz el crepitar. Y hoy sé, que en el crepitar muchas veces vuelvo a la alegría y el silencio dejando de saber bien en qué momento me encuentro. En el crepitar hay sonidos que me confunden, que son de una leve diferencia con los demás. A veces, en el silencio nocturno, parece que es capaz de vocalizar, su voz parece; pero no puede ser porque su mandíbula está desarticulada, no la mueve. Aun así, yo la echo tantísimo de menos que me pongo el colchón junto a ella en la cocina. Me acuesto al calor del fuego ¡pero me despierto presa de mis nervios con un ruido de la piña más rápido y más seco que el resto! Inaudible. De nuevo me duermo hasta el amanecer y volver a escuchar el sonido del hacha en el tronco de mi padre. Ha madrugado para ver si esta vez el sopor de su soledad le alcanza antes que la rabia. Es en vano, siempre primero le llega la rabia. Por esto luego, en la soledad, nunca encuentra paz. Y sobreviviendo en esta monótona melancolía, a mí me acuesta la alegría, a medianoche me despierta el silencio y me vuelve a abrir los ojos por la mañana… El Crepitar.
Recuerdo cómo aparecía con ella en la cocina, con ¡la maldita sábana del silencio! “¿Por qué la llevas puesta?” -mi padre le preguntaba con histeria contenida-. “Porque no quiero haceros daño” -mi madre respondía-. Y dentro, lento, se moría. No sólo ella, como pensaba, como parecía, sino que en ese interior inexpugnable se perdía la vida entera de toda mi familia. Seres que estábamos a su lado, lo más cerca que se podía estar, pero que no nos veía. Y a nosotros nos era imposible traspasar ese lienzo infernal.
Releo algunos fragmentos sueltos que he subrayado de las cartas antes de arrojarlos con las astillas a las llamas. No es una lectura agradable, pero en el papel nunca tanto dolor como en la vida cabe. Aparte, cuando lees sobre sufrir no piensas tanto en que estás sufriendo. El dolor es más ajeno a ti. Y los fragmentos del dolor son lo que más permanece en este mundo, lo que más heredamos y transmitimos en el ADN a las generaciones venideras. Mi trauma genético vivirá por siempre en su voz en El Crepitar. Aquí, de momento, estas son mis esquirlas, extraídas de las de mi madre con ayuda de las astillas de mi padre.
De las cartas de la alegría, o una madre que vuelve a la vida
Desde que me casé tan joven todo habían sido disgustos. Tantas calamidades estaban acabando conmigo y con mi marido. Y eso que él es un hombre fuerte, y fiel, pero nos estábamos consumiendo. Siempre he tenido el convencimiento pleno de que el amor es lo más grande que puede sentir el ser humano. Es fácil cuando lo sientes tan fuerte. Pero a veces el amor no basta […]
No sabía lo que me pasaba, pero el nacimiento de nuestra hija me devolvió todas las ganas. Cuando ella nació, volví a ser yo, volví a querer jugar, con ella volver a reír. Y luego vino el pequeño que nos terminó de completar. Desde que somos cuatro, en todo nos ayudamos, como el mejor de los equipos. Nuestra vida es algo así como un idilio. ¡Me gusta tanto el campo! Puedo sentir en libertad, no como cuando vivíamos en la ciudad. Aquella vida no me hacía nada de gracia. Me confundía, me sofocaba. Cansada, notaba toda la energía envenenada de los demás. Todos fingiendo y desordenando la naturaleza a su vil antojo, con comportamientos que nunca iban acorde con lo que estarían sintiendo. En el campo, en cambio, todo lo entiendo. Hasta la violencia, por ejemplo: la serpiente que devora a la araña. Es asqueroso, es violento, pero lo comprendo. Se la come porque así lo siente. La ve y la engulle. Acaba con sus días, sí, pero no juega con ellos; no la tortura; no la miente; no le dice que la quiere cuando en realidad experimenta algo diferente. Se la tiene que comer para sobrevivir, es un instinto, es necesidad, y no la mantiene con vida si se la va a zampar.
[…] pero, a veces, he de reconocer, aquí también me encuentro mal; muy mal. Hay un silencio que me incomoda y se me escapa. El crepitar de las piñas me calma, mas la idea horrenda no se va. Se consumen las piñas y cae esa mudez peligrosa que me ahoga. En ella, hay algo que no me estoy contando. Yo no soy una serpiente y, sin embargo, a veces creo que me puedo percibir como tal. No puedo contárselo a nadie, ¡ni a mí misma! Abro la boca, muevo los labios, pero las palabras no salen. Tan sólo, asoma esa lengua larga y bifurcada que no es mía […]
De las cartas del silencio, o una extraña viviendo en una sábana
Cuando nació, quise volver a jugar con ella, dejé de tener miedo al sendero sinuoso que a ver a mi madre me lleva. Podía disfrutar con espíritu libre y de alegría renovada de recoger las piñas para nuestro fogón, de agacharme a por ellas sin mirar continuamente a los lados. Pero, hace poco, creo que desde que me acompaña mi pequeño, que he vuelto a escuchar ruidos en el sendero. Son como chasquidos, que no sé si vienen de mí o de lejos. Unos parece que los hace mi hijo al pisar con sus piececitos las hojas derramadas en la hierba; otros, vienen como de algún animalillo que queda fuera de nuestra senda, de entre las encinas; pero, los más habituales, me parece hacerlos yo con la lengua en el paladar. Y esto me da mucho miedo. Me doy mucho miedo. Me vuelve a asaltar el pánico que en casa tanto tiempo me tuvo encerrada. Esta vez no quiero dejar de salir, ya aprendí que es peor. Pero tampoco puedo decirle a mi hijo que no venga conmigo a ayudarme, con lo que le gusta… aunque quizás él ya empiece a tener más escalofríos que yo. Todo esto me pasa por tenerlo todo ¡y no saber dejar de ser una estúpida! Ahora que no tengo nada por lo que temer, ahora que podría disfrutar de la vida en paz en toda su candidez, ahora que hace tiempo que lo superé… vuelve a mí la guerra interna, el horno vuelve a encenderse, ¿qué me sucede? Vuelvo a temblar de miedo, pero, ¿de quién? ¡No, no puede ser! ¿De mí? ¿De mi pequeño? Seré miserable, ¡mis sentimientos son vergonzosos y deplorables! No sé lo que hacer, pero algo tengo que hacer […] no sé lo que hacer, pero algo tengo que hacer.
No ha sido fácil, pero he decidido ponerme una sábana para que mi hijo no pueda verme. Es lo que más quiero en esta vida y no puede ser testigo de mi deplorable delirio. Que no vea que hay veces que lo veo y ya no sé lo que veo. Que no vea que me veo y ya no sé lo que siento. Y si soy sincera conmigo, ya no sé lo que siento por él. No quiero con los gestos de mi cuerpo dar pistas sobre mis pensamientos. Le quiero, pero no puedo darle cariño. Primero, le retiro mi mano; luego, me pongo la sábana y le retiro todo mi cuerpo. Estar dentro de la sábana algo me calma, algo me recuerda al vientre materno, de algo me alejo. En parte me restituye los sentimientos puros y buenos. No veo tan claros los árboles plantados boca abajo y los frutos que sacamos de sus ramas de debajo de la tierra cavando… no tengo labios para probarlos […]
La sábana me asfixia. Cada día estoy más consumida. Mi piel se cae por debajo del manto. Mi marido la barre. Él sabe que estoy mal y por eso no me toca. También es verdad que ya no me quito la sábana y puede ser en parte por esta causa. Pero es una excusa. No me quiere, lo sé, y juraría que es porque sabe que el pequeño me da miedo. ¡Pero no puedo hacer nada por cambiar mis emociones! ¿Por qué no me entiende? Mi padre no mereció ser amado por nadie y, sin embargo, lo fue. Mi madre me decía que “una no elige de quien se enamora”. Pues del mismo modo tampoco elige lo que pavor le provoca. Mi marido pensará que quiero hacerle daño a nuestro hijo, pero no es eso, mis reacciones violentas son una medida de autodefensa, lo dicen los médicos. Para él sería mejor que me encerrase y no me dejaran volver a salir. O que me fuese al bosque a morir. Así lo tendrá más fácil para engañarme. Últimamente no sé de dónde viene ni a dónde se va. Hoy mismo le he insistido y me lo ha reconocido. No me quiere ni ver, ¡pues no me verá!
De las cartas del crepitar, o una hija que se ha quedado sola
Puede ser que la tristeza siempre vuelva, puede ser que siempre sea el mismo final. Mi padre era duro conmigo porque a la vida me quería acostumbrar. “¡La vida es dura!” -decía con firmeza-. Y desde que se fue mi madre es el que peor está de los tres. Porque el mayor problema, no es que la vida sea dura, ni tampoco que pueda ser tan triste, sino que sea incomprensible. Y nadie ni nada te puede preparar para lo profundamente inentendible. Da igual que tengas un hacha, que no vas a poder afrontar la sábana. No vas a poder hacerle una sola raja para asomar los ojos y mirar. Lo puedes ver todo, pero nunca jamás podrás vislumbrar lo que hay en las tripas de la sábana que cubre a la persona más querida. “Nunca jamás”, como le repetía el cuervo a Allan Poe.
Mi padre ha podido quedarse talando todos los troncos de los árboles plantados boca abajo, después de todas las raíces, pero no pudo cortar la sábana para sacar a su mujer de dentro de su jaula. Ni él, ni nadie puede […] y la vida no te prepara para la muerte de un ser querido. Ahora, cuando me pregunta que qué hago tanto tiempo junto a la chimenea, le contesto que simplemente me anticipo a la tristeza, a la muerte, intento llevarla con calma. Que cuando nadie necesite ni quiera nada de mí, cuando me abandone el amor, sea al menos El Crepitar una voz que me dé calor […]
¿Cómo puede ahogarse tanto amor y alegría debajo de una sábana? ¿Puede haber algo más triste? ¿Más desalentador que no saber qué decirle? ¿Pero cómo hablar, cómo consolar a una sábana? En las películas de amor adulto que habíamos visto no existía esa palabra tan mala: paranoia. En nuestro cine el amor siempre había sido más poderoso; porque el amor siempre es… como “tiene que ser”. Los problemas de la vida que se interponían entre el amado y la amada eran todos lógicos, visibles, no eran esto que estamos viviendo.
[…] “¡Que no te quiero! No sabes lo que me estás diciendo. ¡Eres tú la que no me quieres! El amor es como tiene que ser. Y si en ti ya no es así, es que no quieres a nadie” -fueron las últimas palabras que mi padre dedicó a mi madre-. Y así fue como se perdieron dos personas que se querían un infinito, porque esto no es una película de adultos y porque el amor es como es, no como tiene que ser.
La enterramos sin poder quitarle el manto, que pasmosamente, después de tres dilatados meses, seguía siendo de un blanco inmaculado. La sábana que había compartido años de matrimonio con mi padre en la cama de los dos, a ella sola la sepultó. Y él solo se quedó, a pesar de tenernos a los dos. A veces el amor no basta para traspasar una sábana […] en la cocina a la chimenea arrimada. Sólo cabe esperar a su voz en El Crepitar. Aunque ya no sé si quiero que se quite la sábana. Por momentos en pensamientos invasivos la entreveo sin miembros, fundida en una sola figura alargada como de […]
Sé que no debería fraguar esto. No debería seguir releyendo. Pero no fui yo la que se puso una sábana.
FOTO: Samuel Martín
TEXTO: Sergio Carro







