
“De sol, espiga y deseo, son sus manos en mi pelo. De nieve, huracán y abismo, el sitio de mi recreo” –Antonio Vega
Carta del 2 de agosto
Le despertó un olor fétido, nauseabundo, como de aguas fecales. Escuchó a su abuelo que “se cagaba en los conejos y en la mar salada” de manera reiterada, como de costumbre. Con la diferencia de que, esta vez, no se trataba sólo de una mera expresión de disgusto, sino que realmente se había ido por la pata abajo.
Lo había puesto todo perdido en el aseo, anexo al dormitorio de su nieto, quien no daba crédito. Este joven se hubiese tragado mil mentiras exculpatorias, mil cosas peores, antes que tener que admitir aquello.
¿Cómo le había podido pasar eso a su buen abuelo? Él, que siempre había sido un hombre tan curioso y comedido. Nunca antes se agarró una indigestión. En cuanto notaba el estómago un poco revuelto, tomaba un chupito o dos de orujo para asentarlo.
Siempre este remedio le funcionó. Salvo aquella hedionda mañana, en que echó a perder toda su buena reputación de una tacada. En la que comprobó que, los seres humanos, acabamos siendo sólo nuestra última ridiculez.
Los temas de los gases y deshechos del intestino eran muy delicados en su casa. Algo de lo que no se podía uno reír. Sobre lo que estaba prohibido debatir. Algo que había que ocultar a toda costa en todos los contextos. Ocultárselo hasta a la persona más cercana y de mayor confianza. Ni tu compañera de vida podía advertir un solo cuesco que se te escapara.
Era algo muy indecoroso. Muy malo. De malísima educación y falta de respeto. Y, como bien sabía su nieto, ese abuelo pulcro había sido más fuerte que sus necesidades gástricas durante todos sus días, noches y tardes. Hasta ese instante, en el que no pudo más. Resignado, y más ofendido y humillado que los personajes de Dostoyevski, llamó a su mujer. Pedía que le ayudase a limpiar y limpiarse de aquel estropicio, por el que se vio vencido.
La mujer, salvadora, apareció a la tercera llamada. Un reclamo de bastante más intensidad y desgajo que los dos anteriores. Se encontró toda la plastuña en el suelo de la ducha, no viendo el modo de reprender a su salpicado marido. No dudaba de que habría puesto todo y más de su parte por evitar aquello, tan vergonzoso. Y así había sido. Pues, a pesar de que, en ocasiones, el mal parezca grandísimo, podemos estar ante la mejor posible de las desembocaduras de un río incontrolable.
Su marido se había despertado ya vendido a lo inevitable. Aun así, haciendo de tripas corazón, consiguió salir cual centella de su habitación, sin despertarla. Recorrió ya medio cagado el pasillo, sin tener claro, si en ese estado en el que conducía su cuerpo, serviría de algo o no llegar al objetivo.
Corría con ambas manos en la parte superior del trasero. Sin bajarlas más por miedo a rozar la mierda que no quería aceptar. Lanzaba los pies hacia delante elevando mucho las rodillas, cual velocista, como quemándose. La cabeza, tan pronto la agachaba como la levantaba: apretando dientes y ojos y poniendo mucha tensión en el cuello. Tanta como si le fustigaran sin piedad y uno solo de sus alaridos no quisiera regalar a la descarnada crueldad humana.
Las estaba pasando realmente canutas, como todos en estas bajas circunstancias. Ninguno estamos libres de vernos en situación semejante, o peor. Como lo sería estar fuera de nuestro hogar y baño. Bastante que, en la vicisitud en la que se veía atrapado este pobre hombre, era la única y primera. Sin embargo, ésta no era excusa que ni él ni su nieto fuesen a aceptar. Nada que les pudiera consolar.
Arribó por fin al ansiado servicio. Fuera de sí mismo, usando las sacudidas de su temblor para avanzar con la determinación a la que la pestilencia obligaba. Agarrándose con ambas sudorosas manos al marco de la puerta focalizada, oteó todo el interior del estrecho y húmedo cuarto.
Tuvo que pensar muy rápido. Le quedaban muy pocos movimientos antes de eclosionar. Era como si la mierda, ante sus desmesurados esfuerzos por contenerla, empezara a buscar otro canal para evacuarse y se le fuera a salir por la boca. ¡No quería tan trágico final para sí mismo!
Se revistió de coraje. Al igual que ese soldado herido de gravedad, que sabe que ya no va a regresar al hogar, pero que todavía podrá ser recordado con épica, por estúpidos, por caer con las botas puestas.
Lo que decidió, fue meterse en la ducha para ya recagarse dentro a sus anchas. No se podía hacer más, por mucho que le doliera. Cualquier otra decisión hubiese sido peor. Así, que aprovechó uno de sus espasmos de la pierna izquierda para introducirse en el regaderazo. Con una convulsión del tronco, terminó de colar al interior todo el cuerpo. Y ahí dentro se desgañitó hasta vaciarse por completo. Con el pijama puesto. Agarrado a la alcachofa como el noble japonés dispuesto al harakiri se agarra a su katana.
Fue ésta la mayor giñada jamás acometida en su casa y en casa vecina. Una regiñada monumental, monstruosa, histórica. Que hizo rebosar el plato de la regadera de una inmoral inmundicia. Como uno de esos cuadros al gotelé de Jackson Pollock, pintados en alguna de sus peores crisis psicóticas.
La abuela no pensó más, encendió el grifo y comenzó a regar. Pero tanta cantidad se apelmazaba que el sumidero no tragaba. De modo, que hubo de ir a armarse con un desatascador. Amortizó el viaje para desalojar el calzoncillo, alejándolo de ella todo lo largo de sus acotados brazos. Lo arrojó a la lavadora y volvió sin más demora, olvidando con el hedor el desatorador.
Al tanto, su marido demoraba su pensamiento en la decaída idea de que su matrimonio de cincuenta y ocho años, que había superado lo insuperable, no remontaría aquella cochambrosa escena. Y en su cabeza, iba rellenando despacio los papeles del divorcio.
Ella, con fingida bondad, le repetía que no pasaba nada. Le consolaba. Antes de escapar rauda por el pasillo con la recagada muda rezando a Jesús, la Virgen María y el Espíritu Santísimo.
El nieto, que no es otro que Melero, rondaba, por aquel entonces, los veintidós años de edad. No había visto nada. No se levantó. Permaneció cauto en la cama. Pero todo lo había inferido con facilidad por los sonidos.
Era mejor mantenerse entre bastidores antes que convertirse en un personaje más de ese pasaje bochornoso. Aunque sólo fuese por el segundo y medio que hubiese durado su paso. También por solidarizarse con su abuelo. Si éste se enteraba de que él se había enterado, entonces sí que no podría vivir con aquello. Melero fue nieto ejemplar en todo momento.
Había dormido poco y estaba muy cansado. La miasma vomitiva no impidió que su mente desconectara de la realidad una vez el desagüe empezó a tragar. En sus atufados sueños, entrecortados, comenzó a confundir lo cierto con lo figurado. Imaginó que su abuelo le llamaba quejoso e intranquilo. Y que, al acercarse él para escucharle mejor, observaba dos pelotazos de boñigas recientes sus enjutas mejillas decorando.
Melero creció y no se olvidó. Página no pasó. No entendía cómo su abuelo, la persona a la que más había admirado, a quien más quería por su buen hacer y que a un altar había ascendido, hubiera podido sucumbir a sus propias heces. ¡Cómo le había podido suceder algo así a un hombre tan honorable! Esas cosas no le pasan a la gente digna.
Continuó creciendo y engordó su cuerpo. Adoptó la postura y actitud de un buda. Después de mucho meditar, llegó a la conclusión de que no habían sido las ciruelas, sino la edad avanzada la que condujo a su abuelo íntegro al apuro que lo desintegró. La regiñada fue algo que no le habría pasado jamás de joven, ¡ni con diez años menos! ¡Ni con uno solo menos! Ese apretón se pudo perfectamente haber evitado.
Melero, en su erróneo recuerdo, estaba seguro de que su yayo había perdido muchas facultades el último año, al pasar de los ochenta. La giñada máxima se había producido a los ochenta y uno.
Por lo cual, la solución para él no podía ser más criminal ni estar más clara. Todos los octogenarios, estuviesen física y mentalmente mal o bien, debían ser eutanasiados.
De esta vil y expeditiva manera, se evitaría el riesgo de que las personas honorables tirasen todos sus prestigios por la cloaca en una última, avejentada, mala pata. En una etapa en la que, a su entender, ni pueden mejorar sus existencias, ni aportar ninguna novedad gratificante a los demás o a ellos mismos. Sólo ajarse y deslustrarse sin remedio ni necesidad.
Se impediría que tantas y tantas familias sufriesen como él. A nadie más le quedaría el roñoso recuerdo de un hombre excremento que le había restado a él de su abuelo. Ni tampoco el de su abuela fecal rezándole por el pasillo a todos los santos.
Con este depurador cometido, sepan ustedes que se ha puesto a redactar Melero un proyecto de ley, con la intención firme de presentarlo… ni él sabe dónde. En fin, lo ha llamado “Ley de eutanasia a los ochenta o de la dignidad”.
Es consciente de que ya no iba a poder limpiarse jamás de ese perfume putrefacto, incrustado para la eternidad en sus asustadas fosas nasales. Desde la nefasta mañana de agosto en que le despertó, no volvió a oler otra cosa. Pero también, parece ser que ha heredado de su ídolo caído ese carácter que permite al individuo una postrimera buena acción, antes de perecer en la más tufarada derrota.
Con esta ilusión es con la que ha decidido retirarse conmigo a este castillo, desde el que me ha pedido que les escriba, a menudo, para darles una razón. Para hacerles saber en todo momento cómo se encuentra. Cómo nos encontramos. No se preocupen, estamos provistos de todo lo necesario como para aguantar aquí los dos solos cien años.
Me ha prometido que, en cuanto acabe su ley, volverá a encontrarse con ustedes.
6 de agosto
No es que antes hubiese tenido grandes ilusiones, pero ha llegado a un punto tan dramático en el que su única motivación en la vida es comer. No exagero, créanme que es tal cual les cuento: sólo piensa en el alimento, sólo espera la hora de cenar y tan sólo se levanta de su asiento para zampar. Es una ballena. Apenas escribe y no lo hace si no es acompañado de comida.
No sé en qué momento se pudo corromper así su vida. Perdónenme, no quisiera ofenderles. ¿Pero acaso no piensan ustedes igual? ¿No se trata ésta de una existencia decrépita y miserable? Y lo peor, es que así ha elegido que sea. Nunca ponerle remedio quiso. Puso todo tipo de excusas para dejar de cuidarse. Primero la meditación, luego esa ley absurda… hasta que dejó de necesitar hasta las mismas excusas. Pensé que aquí, alejados y concentrado en su proyecto, sería mejor.
Me equivocaba. Ya ven que yo no quiero excusarme ante ustedes. Hay otra cosa que me gustaría comentarles. Se trata de la peor de sus excusas, la más reciente que se le ha ocurrido. Ustedes deben conocerla con el detalle que yo la conozco, porque se me antoja más espeluznante cada vez…
Mi sobrino me dice que tiene que comer por cuatro. Que, de no hacerlo, se moriría. No duraría ni dos días. Esto es lo que afirma. Está convencido de que tiene que alimentarse él y a otros tres personajes inventados, que son Nieve, Huracán y Abismo. Así los ha bautizado. Para él, no son fenómenos naturales, sino tres sujetos: una chica y dos chicos.
Yo, ¡no por reírme ni pretender agrandar su locura! No me interpreten mal, se lo ruego. Ya saben ustedes lo mucho que yo le quiero. Si no, no estaría aquí, desperdiciando mi vida por su desdicha.
Lo único que pretendo es, simplemente, seguirle la corriente. Ser un amigo. Seguirle, sin que se dé cuenta de mis intenciones. Ahondar en lo más inexorable de su congoja. Hasta llegar a entender y poder, quizás, solucionar. O al menos soportarle.
Así pues, en mi atrevimiento, le pregunto que con quién ha tenido esos tres hijos que nacieron, nunca salieron y, parece ser, que siguen viviendo en su basta barrigona. Ustedes saben que él nunca conoció mujer. Ni el amor, ni tampoco una noche de pasión.
Yo nunca me separé de él. Tampoco tengo hijos, con lo que no puede haberse inspirado en sus primos. Son seres que parecen totalmente imaginados por él. Sin basarse en nadie real. ¡Fíjense que ni siquiera tienen nombre de personas!
Nieve, Huracán y Abismo… pamplinas, ¡a quién se le ocurre echar toda su carrera a perder por tres criaturas inexistentes!
En fin, les explicaré la motivación principal de mi carta de hoy. A lo mejor no debería darle esta importancia que le doy. Pueden pensar, con todo el derecho, que me estoy volviendo tan loco como él, pero necesitaba contárselo. Puede que necesite que alguien me confirme que esta historia es toda una pantomima.
Ustedes no llevan viviendo una semana aislados a solas con él. Con la extraña mente de él. Les explicaré: Melero realiza una única comida al día. Ni dos, ni cuatro, ni tres; una sola, al anochecer. No piensen que es poca cosa, porque esta tragada dura toda la noche, hasta el amanecer.
Deja pasar el día con la esperanza de la noche. Pasa la noche comiendo con el deseo de que no se acabe. Sí que es cierto, que por lo menos todo lo que ingiere son auténticos manjares. Ninguna porquería entra en su tripa. He de deducir de esto que sus tres comensales tendrán un gusto muy exigente.
Atardece y se sonríe. Me llama a mí, pues le agrada que le acompañe al menos en el primer plato. Me espera. No le gusta empezar solo. Es de maleducados. “Vamos, tío, ya están los tres sentados a la mesa, y a Huracán no le hace ninguna gracia que le hagan esperar”.
Yo me siento y me va explicando los entrantes que deleitan más a cada uno de sus tres aguerridos hijos. “Ésta cecina trufada es la preferida de Abismo, mientras que el queso fresco con guindas es más del paladar refinado de Nieve y, aquí tenemos las famosas toreras extra picantes de Huracán, bañadas en vino de palma”.
Yo le escucho en silencio. A veces miro, con disimulo, su panzón, por si acaso hay algo que se mueve efectivamente en su estómago. Aunque no vaya a ser una persona, ¡evidentemente! Tal vez un parásito. Quizás el gusano del relato Amoriedad.
La verdad es que no sé para qué miro, porque nunca advierto ni un solo flujo sospechoso. Pero es que él está tan sumamente convencido de la existencia de los tres habitantes de su epigastrio, que no voy a negar que, en las sombras nocturnas, me hace dudar.
8 de agosto
Hoy está muy desanimado. De repente, ha dejado de comer. Me comenta que ha alimentado tanto a sus retoños que han crecido con rapidez asombrosa. Nieve se va a casar. Esto no es una buena noticia para él. No se casa con quien él quisiera verla. Nieve va a contraer matrimonio con Huracán.
Entiendan, si pueden, porque yo ya no soy capaz de entender más, que para mi sobrino esto está muy mal. Él tenía la esperanza firme de que su hija se acabaría casando con Abismo. “No comprende que si liga su vida para siempre a la de Huracán nunca jamás hallará la felicidad”, le escucho lamentarse por las mañanas cuando se acuerda de todo y todo se le viene encima, “Huracán acabará con su vida. Todavía no anticipa que pueda llegar a tanto, pero lo hará. Yo sé que lo hará. Arruinará entera su alegría. Esa que ahora parece que no hubiera sentido nunca sin él y que sin él a sentirla no volviese. ¡Nunca debí darle vida! Pero no lo pude evitar”.
No sé en qué le puede importar a Melero esa tal Nieve. No sé con quién la podrá relacionar. No le conocimos amiga. Igual no sea una persona, ni tampoco un fenómeno natural. A lo mejor es un sentimiento, una emoción; una idea, un olor.
14 de agosto
Melero está hoy demasiado enervado como para aguantarle. Imagínense, resulta que ¡Nieve no invitó a su boda a Abismo! Una boda que debió de ser como todas las de la historia de la Melarchía.
Yo le he intentado calmar diciéndole que, seguramente, habría sido mucho mejor así, dejar la fiesta en paz. Que no es una ceremonia que Abismo hubiera disfrutado, para nada. Pero que si, como asegura, su hijo precipicio está tan enamorado, ¿por qué no había acudido a objetar en el gaudeamus? Aunque hubiese supuesto hacer el panoli. Nunca se hace el ridículo por amor. ¿No? Si es realmente por amor.
Se ha puesto hecho una fiera y no me ha vuelto a dirigir una sola palabra hasta bien entrada la noche. En la que, nuevamente, no ha cenado.
17 de agosto
Ahora es su ayuno lo que me tiene francamente preocupado. Desde que supo del casamiento no ha probado bocado. Menos mal que tiene reservas. Aunque no sé si una persona delgada muere antes por inanición que otra gruesa. Hablo por hablar. Lo mismo da.
¿Y si no come no estarán ya al borde de colapsar sus tres personajes a los que con tanto mimo cuidaba? Nieve y Huracán se pudieron poner las botas en el ágape del casorio, pero, ¿Abismo?
El caso, es que he intentado reconducir la incómoda situación. Hacerla lo más bella y digna posible para este ser del terraplén. He pensado que es algo que le puede atemperar. Vive sosteniéndose sobre un amasijo emocional que no le hace ninguna bondad a sus erizados nervios. Y si no se relaja su sistema central, no recuperará la razón.
Como Abismo representa para él algo así como su héroe abatido, lo he comparado con uno de los grandísimos hombres de la historia. El más grande que se me ha ocurrido. El mayor de todos para el arquitecto Miguel Ángel, que en la célica cubierta de La Divina Comedia esculpió, con sutil delicadeza, la siguiente reseña: “No ha existido hombre más grande sobre la tierra”. Creo que pocos podrán presumir de tal piropo, venido del más hábil artista del Renacimiento.
Si lo fue ciertamente o no, no me importa. ¿Habría sido Velázquez pintor tan importante de no haber sido además tan influyente cortesano?
Yo se lo he presentado como tal. Y como tal parece que me lo ha refrendado. Antes de empezar a contarle que Dante Alighieri, el autor de la Comedia más divina y eterna, estuvo absolutamente enamorado de una dama, angélica, llamada Beatrice Portinari. La destinada sin duda a guiar su alma por los argentados jardines del Paraíso, en la tercera parte de su soporoso, a la vez que rutilante, viaje. Era ésta su musa y era éste, sin duda, uno de esos “grandes amores”.
Desgraciadamente, como suele pasar en los “grandes amores”, Beatrice contrajo matrimonio con otro. Si Dante Alighieri, el genio más grande sobre la tierra, no pudo acabar de conquistar a la mujer de sus sueños; si escribir La Divina Comedia no bastó para enamorarla, qué se le podrá recriminar al pobre Abismo. Dante tuvo que aceptar y en esto estuvo seguro su gloria.
No la dejó de amar. Quizás, si se hubiera casado con ella, se habría sentido el hombre más satisfecho; sin embargo, se podría haber acomodado tanto, que no habría sido el más grande, como estaba grabado. En su conformidad, no hubiera vuelto a escribir nada más preciado. No lo sabemos.
Lo que yo puedo decirle y he dicho a mi amado sobrino es esto: que, poco después de la muerte de Beatrice, poco después de la pérdida de su amada por segunda vez, Dante creó el primer soneto de La Vita Nuova. Fuente de inspiración, con el tiempo, para Patrick Cassidy, en su Vide Cor Meum. Con toda probabilidad, el aria más hermosa de todas. En la que Beatriz devoraba el corazón moribundo que, en su mano, el poeta sostenía a duras penas; mientras éste le pedía que no sólo comiera, sino que lo mirara, que mirase cómo sangraba. Ruego al que la carnívora respondía pidiéndole que no se preocupara más por ella, que estaba en paz.
A lo mejor su destino no era ser correspondido, sino componer La Divina Comedia y ser el hombre más grande sobre la tierra. ¡Y escribir La Nueva Vida para que nadie se olvidase de que debía de ser recordado por La Comedia Divina!
Abismo puede elegir seguir siendo grande o caer.
20 de agosto
Parece que mis palabras efectivamente le sosegaron. Ha pasado una semana muy apacible. Sin embargo, se notaba que, en su estable apariencia, estaba rumiando algo que hacía retorcerse a la maloliente serpiente de su cabeza.
Le preocupa que Abismo no tenga las mismas habilidades poéticas que Dante. “Es una desdicha, tío mío, porque Abismo estoy convencido de que posee una sensibilidad vastísima. Más que la del mismo Alighieri, y que más enamorado está de Nieve. Pero Abismo no sabe escribir, no tiene formación ni recursos. Sólo sabe sentir. No encuentra ocupación en nada y sus pensamientos frenan todo lo que arranca. ¡Ojalá que el alma más sensitiva y atormentada supiera novelar con la gramática del hombre erudito más sosegado!”
En cierta manera, comprendo lo que me quiere transmitir mi sobrino. Abismo debe ser un personaje que siente las cosas de la naturaleza como ningún otro, como el solitario y excéntrico Lucrecio, pero que no encuentra valía. Que no es capaz de objetar cosa ninguna. Ni con un poema. Que no será recordado por nada.
Entonces, que se olvide de esa tal Nieve si no le quiere como es, en su bajeza. Que ya habrá de llegar otra que lo verá como a una majestad, precisamente por su debilidad. ¿No lo creen así ustedes?
Perdónenme, al final me estoy tomando demasiado en serio la historia de Nieve, Huracán y Abismo. En fin, creo que puedo tener disculpa. Pues paso todos los días a solas con él y ya llevamos más de medio mes retirados.
Aquí en la colina, amparados por un sol rojo, donde sólo humo se divisa y ceniza está lloviendo todo el día.
21 de agosto
Lo que me motiva a volver a escribirles un solo día después de nuestra última correspondencia, es el colmo de todo el imaginario que de mi sobrino les he estado relatando.
Nieve se enamora de la hediondez. Sí, tal cual acaban de leer. Abismo, que ha pasado toda su vida esforzándose por ser un hombre limpio, ¡se entera de que Nieve, tan blanca, tan pura, se siente atraída por el mal olor de Huracán! Por el tufo que genera sin cesar dado su imparable movimiento huracanado.
Saber esto ha deshecho el alma del pobre Melero. ¿Cómo puede un olor superar a toda una historia de amor? ¿Cómo puede la química más nauseabunda decidir sobre un higiénico corazón?
27 de agosto
Abismo, derruido, se ha abandonado a sí mismo. Ha engordado tanto como su desengaño, y se ha retirado al castillo altivo con su tío. A escribir lejos de Nieve y Huracán, pero sobre ellos.
No volverá a verlos hasta más allá del punto y final de su obra prima. Hasta Su Vida Nueva.
IMAGEN: Samuel Martín
TEXTO: Sergio Carro







