El pintor de silencios

“Las cosas son como son por muchas circunstancias” –Drácula, Bram Stoker

Mi abuela tenía la irritante manía de ir a pelar la manzana al váter. No escribiré el porqué. También abría el grifo hasta el tope para lavarse las manos con el agua saliendo en abundancia. Esta última la practicaba compulsivamente durante horas. Además, acumulaba una psicosis de bajar todas las persianas cerciorándose bien de que no entrara un solo ápice de luz traviesa en la casa, y cerraba la puerta que daba a la calle y la del patio, a golpetazo limpio. Volvía a abrir y volvía a cerrar, con cada vez más fiereza, cuatro veces. Luego de esto, tiraba unos cuantos intentos con fuerza del picaporte, por si acaso tantísima fuerza desatada no había sido suficiente energía para acabar de cerrarla a cal y canto. Después, para asegurarse de que quedaba correctamente sellada, me llamaba a mí para que tirara. Y como más fuerza me pedía, acabábamos haciendo tracción las dos hasta la extenuación. Con los brazos cansados, me obligaba entonces a ir con ella a lavarme las manos. Yo me escapaba en cuanto podía, pero ella seguía, sumida en su afición. Como ya os he indicado, le quedaban horas todavía. Hacía un movimiento giratorio calculado desde las muñecas hasta los codos, pasando el caudal por el antebrazo, y de vuelta. De esta manera se purificaba. Sí, ella era muy limpia, y ordenada; todo lo guardaba en bolsitas de lino transparente, concienzudamente separadas y ubicadas. Y prudentemente con un cordoncito de lana las cerraba. Por si esta medida fuera poca, les ponía imperdibles en todos los bordes (inclusive en los que no tenían apertura) para que nada se saliera; lo cual dificultaba algo su posterior uso. Aunque, la verdad es que, no usaba nada. Teníamos todos los libros de las estanterías sin abrir, precintados con el plástico original, de decorado. Dormíamos en el suelo por no ensuciar las camas, sin sábanas, pues estaban impolutas dobladas y en los armarios guardadas. De día, en el mismo suelo nos sentábamos con el objetivo de no estropear las sillas. Sólo habitábamos una única sala, octogonal, de toda la casa monumental en la aldea; hogar que aún mantenía a nombre de un difunto tatarabuelo. Era como estar a oscuras en una cueva pero, lo peor, era estar con ella, en la más agreste oscuridad. Con las persianas más bajadas de lo que daban de sí, se emperraba entonces en juntar las cortinas con cuatro pinzas. No sé para qué, pero sí sé que no podían ser tres, ni cinco. Tenían que ser exactamente cuatro.

Pero, de todos los múltiples e inquietantes delirios de mi abuela, había uno que sobresalía. Un TOC especial por el cual se sabía que sólo podía ser mi abuela y no la de nadie más: a mi abuela le gustaba contar el suicidio de su marido. No le gustaba, ¡le deleitaba! ¡Le entusiasmaba! La vida le daba. Era algo superior que la poseía por dentro entero su ser. Es así, le fascinaba y no lo disimulaba. De hecho, como vais a ver más adelante, todo el pueblo, precisamente por esto, la admiraba. Como correr para el corredor, narrar cómo se suicidó mi abuelo era algo que mi abuela necesitaba, y más, pero mucho más. Con alegría esperaba, y esa sonrisilla maligna que mi herida no olvida, el momento elegido, predilecto, para hacer lo que más le gustaba. Aquello que la llenaba y mantenía con vida: contar su cuento.

Lo tenía todo. Tenía una hora concreta a la semana y siempre reservada, un cine añejo casi jubilado que había comprado y reformado para emplear de auditorio y, no sé cómo, un público abundante y excitado que se moría por escucharla. Era como la hora de la competición para un atleta, el domingo a las cuatro de la tarde, la hora a la que nos dejó el abuelo. Y claro, como se supone que si no se entrena no se compite bien, me utilizaba a mí durante toda la semana en esa oscuridad para ejercitarse. Me repetía sin parar, una vez tras otra, la misma historia, para mejorar. Y me pedía correcciones, que yo nunca fui capaz de darle. Pero daba igual, yo sólo tenía que escuchar. Total, ya se subsanaba ella solita. Siempre se calificó como “muy autodidacta”. Creo que le levantaba el ego serlo. Y “muy disciplinada”, para lo que le daba la gana, claro, como todos. Por esto ensayaba todos los días, ni uno solo descansaba; quitando el domingo, que competía. No comprendo cómo no se cansaba. A mí, las primeras veces, me daban arcadas; luego, a base de escucharla una infinidad de ellas, ya me acostumbré. Pero de veras que era incansable. En sus inacabables entrenamientos me relataba con minuciosidad la historia de cómo fue, sin obviar los más dantescos detalles, que nunca olvidaba. Nunca ni uno menospreciaba, todos por igual importaban en la memoria. Siempre buscando mejorarla, siempre ignorante de mi sensibilidad.

La belleza tal con la que se detenía en los inicios a describir al hombre del que se enamoró de muy niña, y con el que había elegido compartir la casi totalidad de su vida, chocaba en demasía con el término horrendo que inevitablemente sobre su amor se cernía. No sé por qué, pero yo a veces albergaba inocente la esperanza de que en uno de sus entrenamientos se le fuese la cabeza y me cambiara el final. La fe en un final feliz que me ayudaba a soportar el peso mudo de sus demoledoras palabras. Que en el último instante entrase alguien en la estancia octogonal y lo bajase de la viga, le desanudase la bufanda de la garganta y lo acariciase, y que con esta caricia mi abuelo volviera a encontrarse con la felicidad. Quería que mi abuela no hubiera llegado cuatro minutos tarde. No lo sé, supongo que sólo imaginar este final alternativo era una manera de presentar batalla a lo fatal, de sobrellevar algo que para mí era demasiado. Una manera de enfrentarme a mi abuela, y a mí misma. No obstante, ella siempre me repetía, cuando mi cara empezaba a denotar cierta intranquilidad y no poca repugnancia, que a mi abuelo de jóvenes no dejaba de decirle que “nunca es demasiado”. Que le quería mucho pero que nunca sería “tanto como te mereces, amor de mis amores”. Y según la historia de mi abuela, el abuelo sabía de lo infinito del amor que se le profesaba, y por esto no lo pudo soportar. Algo hizo con lo que no pudo más. “Por eso no lo pudo soportar”, me insistía mi abuela, y seguía “¡por eso no lo pudo soportar!” No tenía freno y la vibrante exclamación era cada vez más potente y altiva. La frase restallaba como un látigo sobre mis neuronas dañadas. Por esto ahora, siempre que pienso en el amor, veo a mi abuelo queriendo a otra.

El abuelo había sido infiel a la abuela. Había estado con otra mujer, inconsciente y culpable, del fruto prohibido había comido. Una infidelidad pésima que, si bien no condujo a la destrucción de su matrimonio, sí a la de su vida. ¿Cómo fue exactamente este acabose de su viaje y los sentimientos que condujeron a tal desenlace? Yo me lo sabía de memoria. Cada día por la tarde, a las cuatro (fijar la hora exacta de la competición del domingo para sus prácticas en el resto de la semana la preparaba mejor para el gran momento), con fervor y paciencia solemne me lo elucidaba. Era aterrador ver cómo se ensañaba. Aunque, en realidad, no la veía pues estábamos siempre a oscuras, pero por el tono y los altibajos de su voz, me imaginaba sus aspavientos, sus muecas, su rabia; así tanto como su dulzura mayestática cuando la parte bella relataba. Sin embargo, el trozo que daba miedo erizaba tanto los pelos que, de esa belleza inicial, o tal vez final… no recuerdo nada. Era curioso porque la historia empezaba por el final, el suicidio (el punto álgido). Infiero que con la intención de captar toda la atención del público nada más comenzar a hablar.

El tramo inicial era el más visual, lo más referido; más que la hermosura juvenil de su marido fallecido. Mucho más que sus escapadas al río y las conversaciones de complicidad que en sus aguas compartían. Esto era algo que venía dado con desidia de su boca. Pertenecía a la trama central, al nudo que, a pesar de su objetiva belleza, tampoco me gustaba porque era una descripción muy superficial del abuelo; así como de ella, que vagueaba al hablar de sus sentimientos profundos. Era más un parlotear de sus cuerpos jóvenes, fornidos, vigorosos, etcétera, donde sí que ponía énfasis. En el resto… digamos que había complicidad, pero más en las mentiras que en la verdad. Y no es bueno ser cómplice de un engaño.

Dicha parte central era igualmente muy vaga puesta en comparación con el final. No puede ser que mi abuela se detuviese tanto y le pusiese tanta profesionalidad narradora a la relación de mi abuelo con su amante, que dejaba para este último acto. No puede ser pero era. Lo exponía como un anexo para recrearse, para retornar también a alguna de las escenas más reclamadas del suicidio y no perder así la ovación, contagiosa, que terminaba levantando a todos los atentísimos oyentes de sus butacas. Se hizo adicta a los aplausos que arrancaba de la masa del pueblo, que no paraban si se escondía para que volviera a salir de entre bastidores a saludar y hacer reverencias infinitas. La masa, que aplaude todo lo que le recuerda que está dentro de la masa. La fama la había trastocado por completo, estaba totalmente vendida, y lo penoso era que se esmeraba por venderse. Como si le diese igual contar lo que fuese con tal de conseguir más vítores. Mas no parecía confundida, tenía la mente muy clara.

La entrada al espectáculo no era barata y, aun así, todas las sesiones se llenaban. Era una locura compartida, aceptada, casi obligada. ¡La sensación de la comarca! Y el reconocimiento era estrepitoso. Un éxito rotundo. Indiscutible. Definitivamente, pienso que el final estaba tan trabajado y era tan regresivo para que los espectadores pasaran por alto lo aburrido del nudo y recordaran lo buenísimo que había sido el inicio.

El principio, el suicidio, era… La Descripción, por antonomasia. El camino pedregoso del hombre hasta que decidió poner punto y final a su travesía y cómo fue capaz de ejecutar tal propósito (como ya estoy indicando, un universo mucho más definido que la intersección en el que se entrelazaron sus caminos). En La Descripción, que abarcaba el suicidio pero comenzaba antes del mismo, explicaba de este hombre todas sus angustias, sus dudas, sus flaquezas, falta de voluntad, los momentos en los que parecía que ya se iba, pero se arrepentía… en definitiva, su miedo. Y yo pienso que, o era mi abuelo el que hablaba a través del cuerpo de mi abuela o se lo estaba inventando todo, porque es imposible conocer tan bien a alguien. No existe conexión tan intensa que penetre tanto en la mente de, lo que, al fin y al cabo, por muy unido que se esté, no deja de ser otra persona. Y cada persona posee su personal micro universo. Y, si pueda existir tal cohesión, mi abuela con él no la tenía.

La Descripción era de lo que todo el mundo se quedaba charlando tras la obra. Mi abuela no sólo recitaba, sino que, en cuanto los elogios le hicieron coger una descomunal e inmerecida confianza, también actuaba. Yo, después de ver el resultado que esto trajo, me juré a mí misma nunca jamás fiarme de un cumplido. A mi abuelo interpretaba, imitando su voz, idéntica; mientras no dejaba de hacer las veces de ella. Un doble papel, hacía de ella y de él. Era increíblemente rápida para cambiar de personalidad y disfraz en los diálogos.

La Descripción (Breve extracto tomado del coloquio de la noche tercera de agosto, previa al suicidio)

ABUELO: A veces, como hoy me despierto por las noches y desconsolado, no te encuentro, amada, entre mis abrazos. (Entre sollozos)

ABUELA: Son tus noches con ella, no las nuestras. No me hayas porque te has ido a sus abrazos. Me has abandonado. Me has dejado sola, con mi pena, con todo lo que he hecho por ti. Yo te he perdonado, pero tú eres débil y aún no has querido volver. Por esto no están mis brazos para ti. (Fría)

Vendía por las mañanas en taquilla las entradas para ver a mi abuela, apodada “la santa artista”. Este trabajo matutino me entretenía todo lo largo de la semana. El domingo, hacía las funciones de acomodadora. Como, para limpiar, debía quedarme hasta que se desalojara la inmensa sala, a la salida, los oía irse con esos comentarios, y los odiaba. “Esta vez me ha gustado mucho más el final”, decían unos, “a mí el nudo se me ha hecho más ameno”, se oía decir a los otros, “sí, se nota que ha estado entrenando. Hoy, cuando se ha enredado la chalina al cuello y ha tirado con su fuerte mano, arriba hacia el cielo, por un instante, ha parecido que se alzaba de la tarima y de verdad quedaba suspendida. En las demás, no se había dejado notar esta asfixia elevada”. Ya se sabían al dedillo la historia. No tanto como yo, pero eran todos asiduos, cómo no, si eran siempre los mismos: todos los de los alrededores del pueblo y todos repitiendo. De no haber sido así, mi abuela no habría podido abarrotar el descomunal cine todas las semanas. ¿Cómo se podía pagar todos los domingos por ir a ver y escuchar lo mismo? O prácticamente lo mismo; pero es que yo no era capaz de apreciar las diferencias de calidad que apreciaba esa gente. De hecho, a mí me parecía que cada vez lo hacía peor. Era como si se hubieran puesto de acuerdo para destruirme. Eran todos cómplices.

Al principio, no sé por qué, cuando sólo me lo contaba a mí y no había comprado el viejo cine, no lo veía tan raro, no le daba tanta importancia, e incluso me parecía bien. Contarlo daba la impresión de que la consolaba. No obstante, la realidad objetiva es que nunca había mostrado pena ninguna. Pero yo pensaba, o quería pensar, que sería una máscara que usaba, una medida de autodefensa, algún tipo de estrategia para la supervivencia. Desde luego, mi abuela debía de haber sido toda una estratega en el amor. Quizás cuando ya nos ponemos a maniobrar con tácticas, el amor ya no sea tan puro… mas pueda ser que todos tengamos alguna pericia, aunque sólo sea para guiar nuestros sentimientos. Da igual, el caso, es que cuando me quise dar cuenta de que mi abuela estaba extremadamente obsesionada y peligrosamente enferma, fue cuando sin querer toqué el interruptor de nuestra cavernaria aula de entrenamiento. Se encendió, por vez primera en cuatro años, la luz. Iluminando las ocho esquinas, dejó a la vista todo el espectáculo grotesco que conformaban una serie de cuadros colgados, muy distantes de la pared los marcos, como levitando. Estaban dedicados a mi abuelo. Más bien, dedicados al adiós de mi abuelo. ¡Mi abuela había elevado su suicidio a la categoría del arte! Ahí me percaté de su espíritu maquiavélico. Ya no se podía tratar sólo de una técnica de auto defenderse ni de una manera de normalizar un hecho tan dramático. Todo lo contrario, se trataba de algo que le había brindado la oportunidad de sentirse fatalmente realizada. Y no sé por qué me los había ocultado tantos años. Tal vez para no traumatizarme en exceso. Pero, la cruda realidad es que, la oscuridad, unida a la voz tan lúgubre que ella sabía poner, ya habían producido en mi intelecto espectros tan negros e inclementes que nada habían de envidiar a los de los cuadros. Es posible que hasta los superaran y que descubrir las pinturas fuese en buena medida un bálsamo para mí… no lo sé, lo cierto es que no tengo ni idea de lo que fue y menos de en qué pensaría mi abuela. Realmente, nunca sabía en qué diantres pensaba, ni por qué era así ni hacía nada de lo que hacía. Cuando no conoces a alguien no comprendes su comportamiento. Me percaté de que, a pesar de ser la persona con la que convivía, no la conocía nada en absoluto; ni la conozco. Pero en cuanto vi los cuadros y ella vio que mi ojos ya estaban hechos a ese horror, se le antojó hacerlos públicos y aprovecharlos para dinamizar su representación. Usaba el proyector para plasmar en la pantalla estas obras macabras. Y esto fue un gran acierto para unos, que aplaudieron este acompañamiento de la función con imágenes; y algo de lo que se podría haber prescindido, para otros. Estos últimos, objetaron haber figurado las escenas de una manera diferente o que, simplemente, no les hacía gracia el cambio. Sin embargo, para la mayoría la renovada puesta en escena fue un éxito sin precedentes que revolucionó la obra y la hizo pervivir en el tiempo.

Mientras se fraguaba toda esta indolencia creciente, yo salía a correr por la montaña siempre que podía. Solía ser en el rato entre vender las entradas y el relato diario, no me gusta madrugar. Para olvidarme de todo y de todos. Y creía que era buena, que se me daba bien, mas nunca tuve ocasión de demostrarlo. La abuela no me dejaba ir a competir, su obra de teatro era lo único que importaba en el fin de semana y lo único que nos ocupaba.

Desde que me revelé los lienzos, ya no se volvió a apagar la luz. En la habitación de las ocho esquinas, nos rodeaban estas numerosas láminas que, puestas en orden, crueles escenificaban toma por toma cómo fue el tedio y término de mi querido abuelo. Su adiós postrero y lo que le llevó a él. Era como estar dentro de la cinta de una película dulce, narcisista y de gore. En la cual, mi abuela se concentraba una barbaridad al repasar y recalcar una por una todas las escenas.

Una tarde, quise concentrarme en transcribir con extrema fidelidad sus palabras en mi desordenado diario, con unas pocas anotaciones. Por si leerlas en alto y no escucharlas de su boca, sino de mi entonación, me daba otra perspectiva sobre las mismas. Repasaré dos fragmentos antes de recibir la visita tan especial que hoy espero: 

– Mira, ahí es cuando, en la intimidad más bella, que era la nuestra, me confesó que ya no podía más. Y en nuestra complicidad yo le respondí que ciertamente no podía, y con razón, yo perfectamente lo sabía. Él no iba a poder. Le quería como nunca he querido ni volveré a querer pero, oye, si no podía no podía. No se me da bien mentir, lo sabes. Y no se debe mentir a quien se quiere, ni piadosamente. Digo las cosas como las pienso y como son (levanta altanero su dedo índice para indicar esto). Además, no sé a qué venía esa cara de perro muerto que me ponía, pues yo lo veía tanto como él. A nadie conocía mejor que a él. Por esto no le mentía, a pesar de que él ¡sí me mentía! Me mintió cuanto pudo y más. Lo que no quita que me quisiera. ¿Sabes lo que me quería? No creo que tu mente pueril esté capacitada para imaginarlo. Y me parece que te lo he dicho ya alguna vez: me quería más de lo que ningún hombre haya querido jamás a ninguna mujer. ¡Por esto no lo pudo soportar! […] ¡Mira! Cuatro cuadros antes le puedes ver flirtear con esa fulana que acabó con su alegría. Él, que era un señor de la cabeza a los pies. El más bello de todos, hecho para mí, a mí medida. Yo era la más hermosa, tanto que los sauces llorones derramaban sus lágrimas al verme. Y con algunas de sus hojas, delicadas rozaban el río por si algo de mí les pasaba el agua. Ya sabemos que tú no has heredado mi atractivo, pero te quiero igual. Sí tienes los mismos ojos que tu abuelo. Espero que no vean la tristeza que él vio. Aunque, en la oscuridad que hemos vivido antes de los cuadros, ambas sabemos que no se necesitan los ojos para ver. ¿Verdad?

(He de apuntar sucintamente que este cuadro de la “fulana” mi abuela casi ni lo miraba, pero sí que lo señalaba con mucha rabia. Entonces su dedo tenso pasaba con rapidez a los cuatro cuadros de después de La fulana, sorteando el de La confesión, iba a dar al cuadro de… El momento. Que el amor “no entiende de añoranzas ni lamentos, que sólo vuelve cuando siente que llegó el momento”, son los versos que me vienen a la mente siempre que veo este cuadro, de Nach, en El Amor Viene y Va).

Y aquí, escrito conservo también el relato cruento de mi abuela sobre el famoso cuadro El momento. Sin cambiar una sola palabra. Si quería comprenderla, no podía manipular nada a mi antojo.

– ¡Qué arrepentido estaba! No podía dormir. Y por los días pasaba dormido. Apático, a la abulia abandonado. Yo sabía que ya poco le quedaba para decidirse, incluso habíamos ido juntos a comprar todo lo que necesitaba para finiquitar su testamento, que no era mucho, la verdad: un lápiz y un papel para dejarme indicado cómo llegar a ese lugar, para que no se me olvidara jamás. El lugar tapado que descubrimos. El río escondido donde nos enamoramos. Y por este amor cayó. Él, mi hombre, el gran romántico… sólo él. A ninguno más conoceré. ¡Qué gesto más hermoso tuvo! Con todas las formas que habrá de quitarse la vida, la suya con […] quizás no fuera la más original, pero el sentimiento que le puso, la templanza con la que vino antes a mí a decirme que había llegado el momento, eso… es insuperable. Yo lo supe. También “el pintor de silencios” lo supo. No dudó de que tu abuelo fuera un genio y con creces se lo pagó. Superó todas mis expectativas, la habilidad con que lo hizo. Esa técnica ¿de dónde la sacó? Cómo lo llevó a término ese 4 de agosto en esta habitación haciendo […] Perdona, nieta querida, que me emocione, pero es que me conmovió tanto […} como sé que yo te conmuevo a ti cada ocasión que te lo relato. También te lo noto en el gesto que me pones. Con sus idénticos ojos negros, esos que miraron al cielo en ruego. Bueno, te confieso que son casi tan bellos, no tanto, cuidado; que los muertos todavía pueden ponerse celosos (me guiña un ojo). Tú nunca seas celosa, pero protege lo que es tuyo. Mañana quedamos aquí a las cuatro, ¡no! te retrases. Ni te adelantes. Que descanses.

Esta frase de los muertos y los celos me recordó a una escena de la película Ghost (más allá del amor). Reconozco que en mis apuntes me salté las partes más violentas. Nunca fui capaz de escribirlas. Por esto quizás nunca he podido comprender a mi abuela.

El día que saqué de la oscuridad a los cuadros, tengo claro que fue cuando se dispuso la circunstancia, tal vez esperada, para que mi abuela empezara a contarme, y a contarles, la historia en “orden”. Comenzando por cómo se conocieron y acabando por la muerte de mi abuelo. Y al seguir esta estructura en el cine, el clamor de cierre de la representación inundaba con estruendo todos los rincones del pueblo. Los perros comenzaban a ladrar, los lobos aullaban y hasta se despertaban las vacas de su lindo sueño mugiendo. La escena de quedar colgada era ahora el postre. La guinda final y, a pesar de todo lo que me cuesta, he de admitir que esto en concreto sí que lo hacía muy bien. Puesto que juraría que sus pies era verdad que el suelo dejaban de tocar. Sujeta por la bufanda al cuello (la misma que usó mi abuelo) se apeaba y sostenía tirando de ella hacia arriba, estrujando los flecos con su mano derecha. Sacaba la lengua como señal de que ella (o él) ya no estaba, y toda contrastada su silueta quedaba, paralizada en una pose tan terrible como incomprensible: la cabeza caída y el puño alzado en el aire en significado de triunfo. ¿“La victoria de la depresión”? Tal vez podría haber sido el nombre para tal acto final. Pero la forma de llamarlo no hubiera importado, habría enamorado por igual a la masa esta nueva forma de acabar. “¡Soberbia!” “¡Majestuosa!” “¡En mi vida he visto nada igual!” La gente estaba totalmente entregada, obnubilada. De opiniones como éstas emergieron críticos profesionales que luego se cultivaron y trabajaron para periódicos nacionales. Se fue corriendo la voz y empezaron a acudir espectadores por doquier de todos los rincones de la Península.

Si bajando por el Camino de Santiago desde la Cruz de Ferro a Molinaseca, nada más pasado el minúsculo poblado de Manjarín de los cuatro ermitaños, te desvías de la senda a la izquierda y empiezas a bajar, llegarás a dar con un valle profundísimo. Si no eres torpe y tus piernas, rodillas y brazos te permiten seguir bajando, descenderás hasta que te olvides de que estás descendiendo. Irás sorteando las rocas en la vertiente infinita que invitan, al mínimo de los descuidos, a partirse la crisma. Y si consigues llegar al final, a la niebla, en el corazón de los abismos, te espera el pueblo oculto de Labor del Rey, en cuyo letrero a la entrada podrás leer: RESPETA EL SILENCIO. En este corazón tan inhóspito es donde habitamos mi peculiar abuela y yo. Siendo las dos sus únicas residentes. Un pueblo fantasma, en el que nosotras algún día estoy convencida de que acabaremos por ver fantasmas.

Como en el cine ya no había capacidad para acoger a tantos fanáticos, sacamos el drama afuera, a la plaza. Contratamos a voluntarios para cercar el valle, y toda la empinadísima y ardua ladera se convirtió en el mayor anfiteatro natural que se haya visto jamás. La muchedumbre, devota arriesgaba su físico por verla, si es que desde tan arriba podía verse algo. Lo que pasa es que el eco era muy bueno y sí se la escuchaba. Pero cuanto más arriba se estaba la entrada, lógicamente, se abarataba. No era lo mismo estar sentados en una cómoda butaca en el llano en una situación de privilegio, que en lo alto en la vertiente. La verdad, es que no tenía desperdicio ver cómo llegaban los seguidores a borbotones, ilusionados con nada más que un cojín, una toalla, o con lo puesto, a sentarse en la pendiente donde pillaban. En la hierba o en las piedras picudas, daba igual, lo único que importaba era escuchar a “la santa”, no perdérsela. Y, como no todos están tan bien entrenados como yo por las montañas leonesas más escarpadas, más de uno tropezó, resbaló y se precipitó rodando montaña abajo, empujando y haciendo caer a otros tantos con él. Llegué a creer que toda esta sandez se había convertido en una especie de peregrinación o penitencia. “Están chiflados”, pensaba yo para mi interior todo el rato.

No sé qué les pasaba. Qué energía sería y es la de mi abuela. La obra les poseía. Y, aunque me dé una vergüenza espantosa admitirlo, en parte de mí también se apoderaba. Sí, un poco he mentido. ¡Llevo toda la vida mintiéndome descarada! Porque, si dejaba de lado mi conmoción y asco, es que lo hacía tan bien… no sólo en el final, sino en todo el cuerpo de la obra se respiraba algo que también en mí habitaba. Por esto me obsesionaba, algo en mí que recitaba y emulsionaba. Como poesía. Unos versos que en principio no eran malos… mas, no creo que fuesen nada buenos a la larga. Era pánico lo que yo sentía. Un pánico que echaba de menos, pero lo que no conviene hay que echarlo de menos en todo cuanto se pueda. Si se puede toda la vida entera; no estar cerca de ello. Y yo sabía que no me convenía. Y que me daba muchísimo miedo.

Fui creciendo y, con la edad, la curiosidad fue sustituyendo al miedo. Pero, a pesar de mis indagaciones y comeduras de tarro, no he conseguido resolver nada. Sigue habiendo, en estos momentos, cuatro grandes misterios en mi vida: por qué mi abuela no se muere, por qué es como es, por qué mi abuelo la quería y quién es “el pintor de silencios”.  Que mi abuelo se hubiera quitado la vida no sé por qué, pero para mí no suponía ningún enigma. No sé si porque, a base de repetirme mi abuela la historia del motivo día tras día en sus lúgubres sesiones de entrenamiento, habría logrado que se convirtiera en indudablemente verídica para mí… pero fue así, yo la creí. Me lo acabé creyendo todo: lo mucho que se querían, su infidelidad, su caída, etcétera. Además, es que los cuadros eran tan envolventes y resultaban tan impresionantes y convincentes, que vencían sobre mi razón. Tenían unos tirabuzones y remolinos temblorosos de colores que en ocasiones me hacían remembrar al puro estilo de Paul Cézanne. Un Cézanne primigenio, pero no menos sublime por esto. De modo que fue así todo, los cuadros lo decían, en los cuadros estaba grabado. No había tenido cabida más discusión con mi abuela. Y, lo más increíble, era que había algunas de las pinturas en las que no sólo se veía la figura de mi abuelo, sino que asomaban sus sentimientos. Particularmente, había uno, que a mi abuela no le gustaba mucho, pero que a mí sí, que me encandilaba. A ella le gustaban las pinturas en las que aparecían los dos juntos, pero no mi abuelo solo. Y en este cuadro tan atractivo para mí, en el que sólo estaba mi abuelo en soledad deseada, lo hacía sentado en una esquina en el suelo de una habitación cuadrada y vacua. Encogido en posición fetal, con los brazos se cubría de sí mismo la cabeza. La imagen más vulnerable de una persona que haya visto jamás. Y en esa escena, no sólo se palpaban, sino que yo podía sentir vibrar sus mismas emociones impregnadas dentro de mí. Su lloro interno por lo que había hecho, el dolor que había ocasionado a su esposa, que quizás ya no lo volvería a ser como tal, que ya no le volvería a mirar igual, ni él podría casi mirarla… su desesperación sin consuelo por todo lo que había traicionado al amor y lo que se había traicionado a sí mismo. Su Silencio.

Pero también, cada vez que lo miraba, derruido en esa esquina infernal, no eran todas ruinas lo que mi alma llegaba a descifrar, pues también notaba que una fuerza le restaba para luchar. Había un pensamiento en el que se recogía que todavía no soy capaz de adivinar. Aún una llama encendida en su pobre alma.

Ponerme a pensar en todo esto me deja muy triste, mas no es hoy día para la pena, o no debería. Hoy es un día muy especial para mí. Mi abuela me ha dicho que ya me sé notablemente bien la historia como para presentarme al “pintor de silencios”. Casi no me entra en la cabeza que le vaya a conocer, pues él, con sus obras, es la causa de mi fe. Motivo de todo cuanto he creído desde mi infancia.

Estoy esperándole con el corazón palpitante en la habitación cuadrada de la llama. Mi abuela por fin se ha decidido a abrirla después de años clausurada. Dice que el pintor no puede estar en el mismo cuarto que sus creaciones, que su arte produce demasiada energía sobre él. Siempre que pinta se deshace rápidamente de su obra. Se la arroja a “la persona con la que debe estar” y no vuelve a mirarla. Tanta vehemencia imprime a sus cuadros que, si no obrara así, le devolverían sus mismas emociones pero multiplicadas por mil y una mareas. No sería capaz de soportarlas.

Yo, como siempre, no entiendo pero, como siempre, obedezco. Se abre la puerta del aposento de las cuatro esquinas:

– Buenas noches. Yo soy “el pintor de silencios”. Me han dicho que aquí hay alguien que espera. Vengo de noche puesto que sólo en la noche se puede respetar a mis pinturas.

¿Alguien que espera? Desde luego que estoy esperando, llevo años haciéndolo, pero “al pintor”, no ¡a mi abuela! ¿Qué broma me está gastando ahora? Lo malo es que no será una broma. Su demencia habrá dado otro salto de intensidad en su magnitud. Esto tiene que acabar.

– Abuela, por favor, soy yo, tu nieta. ¿Por qué me haces esto? ¿Dónde está “el pintor silencios”?

– Esas no son la pregunta que espera, señora que espera. Me tiene que preguntar por lo que estoy pintando.

Se me ha pasado el primer espasmo y la capacidad altiva de resolución expeditiva de la situación de la que creía disponer. De golpe, me he fijado en que de su mano derecha cuelga un pincel goteando carmesí. Lo malo, es que de la otra no cuelga, sino que tiene un puñal bien agarrado. Y como una ráfaga me ha saeteado una sensación de soledad y peligro inminente. De pronto, soy fatalmente consciente de mi situación, como Rubén Darío en su tardío desengaño. Alejada de todo en nuestra aldea desierta, abandonada en lo que podría ser el noveno círculo del cono invertido de Dante Alighieri, en compañía de un desconocido que sólo es mi abuela físicamente y que bien puede estar más tarado que ella. No estoy en condiciones de ponerme muy digna ni exigente. Así que creo que voy a optar mejor por seguirle la corriente.

– Lo siento. ¿Qué pinta? Disculpe mi falta de tacto. Había pasado por alto su utensilio.

– Me alegra que me lo pregunte, señora que espera. Estoy pintando cómo se suicida su abuela, ya que no podré hacerlo después de muerta ésta. Yo no pinto antes, ni después, sino durante.

– ¿Por qué? -la respuesta habría superado los límites de la locura a los que cualquiera estaría acostumbrado, pero no los míos. A mí, aun a riesgo de sonar odiosamente egoísta, simplemente me ha tranquilizado pensar que pueda usar el puñal para ella; entonces no lo usará en mí-

– ¿Por qué no voy a poder pintarlo después? Es evidente, señora que espera, pensaba que sería más espabilada. No me diga que su abuela le ha hecho creer en fantasmas. Yo pinto a la vez que miro; la impresión, no la idea. Pinto el modelo, como es, no su recuerdo, ni lo que va a ser. Así puedo plasmar en el lienzo, fielmente, los sentimientos que se me están generando, en el mismo momento y en su mismo grado.

– No, no creo en fantasmas. Mi pregunta es ¿por qué se suicida mi abuela?

– Por el concurso.

– ¿Qué concurso?

– ¡El concurso de silencios! Tu abuela lo ha vuelto a organizar para ganar a tu abuelo. Le arrebatará el título.

No entiendo nada. Estoy empezando a temblar. El miedo ha vuelto a superar a la curiosidad y necesidad de saber que aquí me hizo esperar. Quiero irme, pero tengo que seguir preguntando. Necesito comprender, por mucho que el miedo sea más fuerte. Puede ser que mi abuela pintase todas las imágenes de mi infancia sobre las que edifiqué mi fe. Además, me ha empezado a tutear y esto puede ser buena señal.

– ¿Por qué de silencios?

– Porque todos nos suicidamos por silencios. ¿No ves que no queda nadie más en este pueblo al fondo del valle? Todos muertos por el dichoso silencio. Lo que nos guardamos, lo que no contamos, los secretos más infames. No sólo lo que hacemos, sino lo que pensamos, lo que no podemos perdonarnos pensar… En este pueblo había demasiado silencio. Demasiado miedo a lo que los demás pudieran pensar, excesivo temor al juicio de la plebe. Por esto tuvo tanto éxito el concurso. Aquí, tu abuela organizó hace tiempo un certamen para ver cuál habría de proclamarse como el Silencio más bello, y lo ganó tu abuelo. El suyo fue el Suicidio más espléndido. Por esto, mereció mi arte. ¡Magistral! Tu abuelo con su bufanda. No por la bufanda, sino por la luz que le quedaba. ¿Sabes cuál fue el cuadro que más le gustó a tu bella abuela?

Prosigue hablando sin que yo sepa si quiero seguir ahondando en tamaña locura o que se caigan las paredes de la casa y nos entierren de una vez.

– ¡El de El momento del arrepentimiento!No creo que sea mi pintura de más calidad, pero quizás sí la más emotiva, en la que plasmé una mayor sensibilidad. O la más conmovedora para ella, tu abuela, al menos. El ruego en vano que muestro, los ojos que se le salen de los orbes, su perdón, no sabemos si concedido o no… es todo tan intenso. Desde luego, él no se perdonó.

– ¿Por qué no se perdonó?

– Perdonarse a uno mismo es lo más difícil que existe, y más si estás enamorado de verdad. Y a veces con arrepentirse no basta. No basta un arrepentimiento tal como el de Anna Arkádyevna al arrojarse inconsciente a las vías del tren, mientras suplicaba a Dios que la sacara, que un milagro obrara, que lo sentía… que la perdonara. Pero claro, en su arrebato ya se había tirado. Ya estaba en las vías y el tren pasándole por encima, arrebatándole la vida. La dulce Anna, condenada por amar a quien no la podía querer, ciega… Al concurso de silencios se presentaron muchos ciegos. Emperrados en aguantar y dar toda su bondad a quien sólo sabía despreciarla. Fieles seguidores del Amor Según San Pablo, que “disculpa sin límites; cree sin límites; espera sin límites; aguanta sin límites”. Pues muy bien, estos concursantes aguantaron hasta el límite de quitarse la vida. Y no digo que no fuesen buenos silencios, pero ni mucho menos lo suficiente como para superar al de tu abuelo.

– ¿Por qué Dios iba a tener que perdonarla? ¿Qué hizo de malo Anna? ¿No poder más? ¿Caer en un momento de locura? -de pronto la conversación se me torna terriblemente llamativa y las ganas de desaparecer no son nada comparadas con las de quedarme-

– No lo sé, tal vez porque Anna Karénina hubiese merecido otro final. Ese suicidio fue horrendo; yo nunca lo habría pintado. ¡Jamás! El tren, las vías… tanta brusquedad, tan violento todo, sin la sutileza propia de su personaje. Tan rápido. Ocultando el cuerpo, nada estético. No, no me gusta. Pero no me extrañaría que tú me digas que te agrada, eres de la nueva generación y no hay más que ver para qué se ha quedado el detenimiento en estos días. Mas, por favor, no me pidas que lo pinte, nieta que espera, ni por todo el oro del mundo lo haría. ¿Tú sí?

– ¡No! Ni ese ni ninguno. Reconozco tu maestría, mas no creo que ningún suicidio merezca pintarse. Pienso que merecer no sea la palabra tal vez, considero que pintar cómo alguien se quita la vida, cómo va en contra de su propia naturaleza, de su propio instinto de supervivencia… es algo tan triste que pintarlo se me hace de muy mal gusto. Casi diría que es un pecado. Y peligroso. Verlo como un arte puede sugerir e incitar a más gente a… en fin, eso.

– Es por eso que te da miedo, hija. Yo te aseguro que nadie que se encuentre bien se va a quitar la vida, por muchos concursos que se organicen, por muchos cuadros que tu madre pinte. El arte no mata, el miedo sí.

– Pero tu arte ha estado matando a mi abuela todo este tiempo. ¿No te das cuenta? Cada día, desde que perdió a su marido, le hizo recordar lo peor de su vida. La infidelidad de un hombre tan bueno, la caída…

– ¡No! Mi arte ha salvado a tu abuela hasta hoy. Tu abuelo fue un palurdo maltratador con el que desdichadamente se casó, que murió de una enfermedad venérea. El abuelo del que te habla tu abuela, el que se suicidó, es su primer novio de la adolescencia, su gran amor. Ese sí era el hombre más noble y bueno que ha nacido bajo este cielo. Por esto tu abuela no podía soportar perderlo. No podía, hasta que yo pinté los cuadros. El Retrato de la fulana fue el que más le ayudó, inspirado en el rostro de la madre de aquel joven bondadoso. Porque no existió tal fulana, lo que hubo fue un dolor intensísimo en el pecho de tu abuela que sólo cedió cuando se imaginó, y en su fuero interno se esculpió, que ese joven le había sido infiel. No podía recordar lo honesto y leal que fue en realidad. Se torturaba culpándose de no ser capaz de sacarle de la depresión; después de creer que él la sacase a ella cuando se conocieron. Tu abuela tenía que pensar que su primer único amor había sido malo, que se había portado mal con ella, para soportarlo; no había otra manera. No es lo mismo recordar con pena, que hacerlo con rabia. Mis cuadros lo hicieron posible. Pues sólo hay algo que puede con la pena profunda y esto es el odio. Con el cual castigaba a su novio cadáver a la vez que a sí misma, tirando de la bufanda para arriba, estrujando su cuello. Condenada a contar y contarse la historia una y otra vez, sin ceder, para del amor olvidarse. Tenía que creerse que aquel joven la mentía. Con ayuda de mi arte lo consiguió y así la rabia la permitió seguir con vida para cuidar de ti hasta que crecieses lo suficiente como para que yo te contase la verdad. Una vida de resentimiento, la dulzura relegando, pero vida al fin y al cabo. Con tal de verte crecer, condenada a detestar a quien más la quiso. Pero ya se ha cansado, ya no puede más. Ahora, tu abuela se va. Es su momento. Quiere volver a amar. Yo sólo vengo a entregarte la carta que le dejó el joven “abuelo” a tu abuela antes de irse. Su última llama.

La carta del abuelo a la abuela

Lo siento.

Gracias por ser en todo cuanto eres. Por tus manías y por eso que sólo tú y yo sabemos. Sabes que pintas tan bonito como te digo y que nunca debes dejar de hacerlo. Algún día se te reconocerá como artista. Porque tú no eres una más. Tú has sido capaz de enamorarme porque eres lo mejor del universo. Por ello tienes que seguir pintando como sabes aunque, a veces, las críticas te quieran borrar la sonrisa tan bonita que tienes. Porque ¡qué sabrán ellos! Un día los mismos te aplaudirán. Pero tampoco te creas sus palmas, nunca subas tanto ni te derrumbes tan abajo; porque en esta tierra sin valores sólo vale el juicio que se pone de moda y lo que entonces queda bien opinar o queda mal. La corriente social. Que no es la corriente de nuestro río. En la primera, te dejas llevar; en la segunda, piensas. Y es que ya no se piensa, no se quiere la verdad, la justicia. Impera la mentira. Sin intimidad. Las relaciones se banalizan. El interés, la falsedad… todo de cara al exterior, a la fachada. Sólo se sigue a una mayoría asesina. Asistimos a escarnios públicos consecutivos. Grandes discursos, pero poco o nada se cuida lo que se tiene en casa. ¡Cuesta tan poco hablar! Poco respeto. Al amor se falta. Y el dinero desordenándolo todo. Mientras tanto, la inteligencia va muriendo. Y que digan lo que quieran, pero la sabiduría está en la introspección. En el Silencio.

Tranquila, mi vida, que tú tienes ese mundo interior que conoces. Por esto, tu sonrisa no la extinguirán. Sólo alguna vez la difuminan, pero vuelve por siempre más nítida, eterna. Perdóname y volveremos a vernos, aunque sólo sea un ratito. Recuerda que siempre estará ese río vacío para tenernos. Que sólo has de cerrar los ojos y darte la vuelta para llegar.

Gracias, porque sabes lo que es que te traten bien y sé que no vas a aceptar nada menos.

Nada menos que el amor.

FOTO: Samuel Martín

TEXTO: Sergio Carro

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