Era, soy y seré Di-fe-ren-te. Por Claudia Gómez

Soy

Soy una sombra delgada

persiguiendo una figura que escapa,

algunos mechones rebeldes

abandonando la cárcel de un peinado

que nunca me he sabido hacer,

dos botones verde aceituna

prendidos de un lienzo pálido

en el que todos reconocen mi piel.

Soy un sueño que amanece temprano

y una anochecida cuando aún hay luz,

ambos sujeto y predicado

de una constante oración interrogativa,

un silencio atronador

sacudiendo la calma muerta del ruido,

la promesa de la infinitud

o condena, quizá, del eterno caer,

voracidad de comensal insatisfecho

rugir de tripas hambrientas de vida.

Soy un verso suelto y torcido

en el atado de una prosa sin mácula.

Soy una mirada.

Pero aún hoy no alcanzo a saber

si mirada que ciega

o mirada que es cegada.

Testamento de pobres

Susurrando devano en esta mi última jornada

la maraña que han creado décadas de existencia

recio el hilo con el que bordé mis primeros pasos

tembloroso el pulso en las últimas puntadas.

Dejo en herencia un infinito

de ese minúsculo ápice que un día tuve.

Quedaos, miserables, la mesa

sobre la que apoyaba los codos el hambre de los míos,

devorarán vuestra madera las termitas

y escucharéis, impotentes, el rugir de nuestras tripas vacías.

Quedaos, miserables, la cama

vencida en tiempos por el peso de los huesos molidos,

no hallarán reposo vuestros cuerpos impostores

sobre la rigidez de un colchón erigido en lecho mortuorio.

Quedaos, miserables, la silla

que apenas sí acogió a una humanidad doblegada,

jamás la mullidez de cojín alguno

aliviará las rozaduras de la rodilla hincada en tierra.

Quedaos, miserables, la manta

remendada de tanto cobijar desnudeces humanas,

que cuando el viento sople con fuerza

temblarán junto al fuego vuestros huesos ateridos de frío.

Quedaos, miserables, la vida

que sembrasteis de semillas doradas,

pero, cuidado, no os alcance el mediodía

y el sol rompa, con sus rayos, el hechizo

dejándoos solos, desnudos y hambrientos

en medio de vuestra opulenta nada de ricos.

Al hijo que nunca será

No me despertará tu llanto

rasgando el silencio de una noche de verano

ni me envolverá con su calidez tu mirada

cuando la implacable rutina desplace mi cuerpo.

No aterrizará en tu boca

ningún avión pilotado por mi mano

ni se esconderán los monstruos

bajo una colcha con estampado de estrellas.

No me olvidaré de servirle su cena

al pilluelo de tu amigo invisible

ni profanaré la blancura de tu polo escolar

al lavarlo por error con alguna de mis sudaderas gris.

No le dará jaque mate a mi rey

ninguna reina soberbia conducida por tu mano

ni viajaremos el fin de semana a Italia

cenando cada viernes una pizza cuatro quesos.

No habrá arroz blanco cociendo

cuando la enfermedad visite tu cuerpo

ni discusiones por el control del mando

de una televisión que nadie querrá encender.

No sentiré sobre mi piel la herida

la primera vez que te rompan el corazón

ni pelearé por mantenerte a flote

cuando la vida se empeñe en hacerte daño.

No serás

ni me volverás feliz

pero tampoco te irás

ni me harás morir.