Desde que se inventó el soporte grabado y la música se pudo guardar en alguna parte, ya nada fue lo mismo. El viejo y querido disco de vinilo, la cassette compañera de buenos ratos de ocio, el denostado y efímero cedé…
Qué tiempos aquellos en los que la industria lanzaba a sus legendarios AR (“artistas y repertorio”) a las salas de conciertos para descubrir a los nuevos talentos que iban a grabar esos discos que todos conocemos y celebramos.
Después el artista percibía unos royalties – derechos de ventas de los discos – y el autor de las canciones -fuera o no el mismo artista que las había grabado- recibía sus correspondientes derechos por ello.
Pero -¡ay, amigos!- el negocio ha cambiado y los músicos pequeños y medios lo tienen ahora muy crudo. Ya casi no quedan compañías pequeñas de discos y las multinacionales están dedicadas al microcultivo de las estrellas fugaces del streaming. Nadie parece ocuparse ya descubrir y desarrollar nuevos artistas o hacer crecer a los que tienen potencial y, por tanto, mucho menos les preocupa que perciban el dinero que merecen. ¡Sálvese quien pueda!.
Suerte que la tecnología también ha cambiado y ha sido a favor de los músicos: Antes había que recorrer el vía crucis de la “maqueta” de baja calidad para que la compañía pagase el disco a un nivel profesional. Ahora, sin embargo, casi cualquiera tiene a su disposición la tecnología necesaria para grabarse y mezclar su propio disco en casa.
El artista entrega ya el producto “llave en mano” a quien se atreva a lanzarse a venderlo ya sea en los conciertos, vía digital o en soporte físico, que también hay valientes.
Por fin, vivimos en… ¡La Era de la Autoedición!. ¡Yupi! O no tan Yupi, vaya, según se mire. Es cierto que antes las compañías de discos exigían al artista que este cediera parte de sus derechos de autor si quería que la compañía le grabase y editase el disco y que eso, con el avance en los derechos de los artistas, casi se ha erradicado – aunque siempre quedan espabiladillos que lo siguen exigiendo “durante el tiempo permitido por la ley” (sic), que son
nada menos que 70 años. Ni qué decir tiene que, si eres compositor y respetas tu música, esto no debes de firmarlo nunca NI DE COÑA.
En fin, de esto de muchísimas más cosas hablamos en esta edición de Red de Autores compartiendo las vivencias, experiencias y anécdotas de dos socios de
SEDA: Sara Ember y Angel Altolaguirre. Ajústate bien los cascos porque vamos a explicarte muchas cosas que no sabías.
¡Ah!, y, si tienes dudas o quieres que te aclaremos más datos acerca de cualquier tema referido a tus derechos de autor, ya sabes: regístrate más abajo y contacta con nosotros. Respondemos siempre.







