No es de extrañar que la Antigüedad haya fascinado tanto al hombre contemporáneo. Grecia, Roma, Egipto… Llevamos más de dos mil años cambiando la faz del planeta civilización tras civilización y, cuanto más echamos la vista atrás, más nos damos cuenta de que no hemos cambiado nada, de que se siguen luchando las mismas guerras eternas y que la ambición por el poder y el dominio de unos pocos sobre la mayoría siguen siendo iguales. Como occidentales, podemos llegar aún más lejos, porque hasta el idioma que nos mueve proviene del período histórico tan magistralmente recuperado en nuestra recomendación de hoy: Yo, Julio César, una obra que recupera los mitos y tópicos por todos conocidos de una figura histórica reutilizada hasta la saciedad en novelas históricas, series de televisión, infinitas adaptaciones cinematográficas y, sí, por supuesto decenas de versiones animadas y muchas otras algo más quietas en las páginas de cómics tan universales como los de Astérix, por poner un ejemplo donde la figura de César fue siempre una presencia tan enorme como la de los galos protagonistas. Sólo que Yo, Julio César es algo más seria. Y expertos en recrear la memoria histórica en viñetas, como os hemos mostrado y demostrado en este rincón más de una vez, un equipo de autores franceses han logrado en esta novela gráfica que volvamos a perdernos en la apasionante vida e historia de un mortal, Julio César, cuyo nombre persiste imborrable en los libros de Historia. Con un guion verdaderamente audaz del reportero, ensayista y cineasta francés Alfred de Montesquiou, el veterano artista Névil convierte en ágiles viñetas esta historia del todo apasionante y apasionada, ayudado por la acertada paleta de color de Vérane Otéro, que dota de profundidad y aún más ritmo a los sencillos pero efectivos dibujos de Névil.

Alfred de Montesquiou, autor también de la serie documental que hoy en día pueden disfrutar los abonados de Canal+ en Francia, se embarcó como periodista de método en una laboriosa investigación que le llevó tres años en los que recurrió a todo tipo de fuentes biográficas para documentar un tremendo guion cuyo mayor logro es condensar de modo coherente, fiel a la historia y, sobre todo, entretenido y cautivador, los cincuenta y cinco años de vida de Julio César. Los propios escritos de César, incluida su famosa La Guerra de las Galias, los testimonios de sus contemporáneos, de sus biógrafos, sus enemigos. Tras digerir tamaña cantidad de datos e historias en las que el camino vital de un solo hombre superó en muchos casos lo imaginable, Montesquiou nos ofrece un resultado loable que va desde «Una juventud en la subura (hasta los 18 años)» hasta el trágico final por todos conocido, con 55 años, en que a César le resultó del todo inevitable evitar su «Cita con la muerte», traicionado por sus allegados y asesinado por 23 puñaladas en el Senado romano.

Héroe hecho a si mismo, como el propio Montesquiou destaca, la figura de Julio César sigue resultando fascinante hoy en día, «en primer lugar, porque su leyenda sigue resonando hoy en día. Era un marginado, pobre, enfermizo y enclenque. De adolescente, se encontró huérfano de padre y perseguido políticamente. Y, sin embargo, se sobrepuso a todas las fuerzas del destino para convertirse en uno de los hombres más importantes de la historia. Fue él quien sentó las bases del Imperio Romano, y quien creó el marco conceptual de la Europa moderna, hasta nuestros días». Porque lo cierto es que vivimos literalmente no solo sobre los cimientos del Imperio Romano que dominó el continente europeo, sino también sobre sus logros: los acueductos que llevaban el agua a las ciudades, algunos sistemas de construcción, la creación de redes de alcantarillado en las grandes urbes…

Pero incluso parándonos a pensar, como nos recuerda Montesquiou: «la sociedad romana en la que vivió César era inquietantemente parecida a la nuestra. Las corruptas instituciones políticas estaban en manos de los miembros más ricos del partido de los Optimates. Ignoraban la voz del pueblo. La república se ve sacudida por las desigualdades sociales, hasta el punto de implosionar bajo la presión de las fuerzas del dinero. Julio César comprendió los retos de su época y aprovechó esta fragilidad para derrocar las instituciones y hacerse con el poder. Para lograrlo, gastó a manos llenas, corrompió, se ganó a la plebe mediante una política populista y espectaculares juegos circenses, explotó la religión y promovió el imperialismo. La Roma de esta época no se parece en nada a la América de Donald Trump«.

Lo cierto es que otro elemento tan real como inevitable ayudó sin duda al guionista a ofrecer al dibujante de este cómic material suficiente como para interesar y entretener tanto a apasionados de la Historia pura y dura como de los mejores relatos de ficción porque, en palabras de Montesquiou «la vida de Julio César es apasionante, una especie de thriller épico que va del revés de la fortuna al triunfo, del desastre a la grandiosa venganza, salpicado de apasionadas aventuras amorosas y sangrientas traiciones…» Y es que desde su presencia y supervivencia en batallas en todo tipo de escenario (navales, en la Galia y todo el continente y más allá, llegando incluso a su incursión en lo que hoy es Inglaterra o en Egipto) dibujadas y narradas al detalle hasta su tórrida e interesada relación con la no menos legendaria reina Cleopatra cuando ya tenía 52 años, apenas hubo en la vida de Julio César resquicio para algo que no determinase la expansión de la idea de una Roma imparable, imbatible, omnipresente.

Y todo ello engranado, dominado y planificado por un solo hombre que fue mucho más que la visión que posiblemente la mayoría tenemos de Julio César antes de embarcarnos en verdaderas biografías históricas como es el resultado final de esta obra en cómic. «Todos conocemos la leyenda de César -afirma Alfred de Montesquiou reflexionando sobre esta figura-, los tópicos. Todo el mundo tiene en mente la imagen del vencedor, perpetuada por los cómics de Astérix, que son históricamente muy precisos y están bien documentados, pero que sólo cuentan un aspecto de la historia de Julio César. Sin embargo, tras el mito o, digamos, la estatua del gran hombre, se esconde un ser de carne y hueso con una psicología fascinante. En particular, la audacia que demostró ante las dificultades: en cada etapa, lo apostó todo y fue a por todas. Es raro tener acceso a la intimidad de una figura de la Antigüedad. Pero como César fascinó a sus contemporáneos, tenemos acceso a muchas fuentes escritas sobre él. Éstas nos permiten explorar su humanidad y nos lo hacen familiar. Al conocer sus debilidades, sus ambigüedades y las dificultades que superó, podemos ir más allá de los arquetipos y encontrarnos con un hombre que, más allá de su destino excepcional, se parece a nosotros».

Como en las mejores novelas históricas, Alfred de Montesquiou optó en Yo, Julio César por respetar los hallazgos históricos. Muestra de ello son las 13 páginas con las que concluye el libro con 237 anotaciones extensas y detalladas sobre contexto y datos históricos o explicaciones al detalle de personajes y eventos incluidos en la narración. Pero a su vez se permitió licencias narrativas que nos incitan a iniciar y no abandonar la lectura: como en la serie documental, el propio Julio César nos cuenta su vida en primera persona, ordenada y apasionadamente. «Todo está basado en hechos, o al menos en fuentes -defiende Montesquiou–. Pero también hay un elemento de ficción en el cómic. Como las fuentes antiguas a menudo se contradicen, he tenido que tomar decisiones narrativas y aceptar cierto margen de interpretación, e incluso de parcialidad, dentro del marco fáctico de las fuentes disponibles. Incluso cuando César escribe su propia historia, en La Guerra de las Galias por ejemplo, los historiadores modernos consideran que a veces miente a propósito, con fines propagandísticos».

«En esta historia -continúa el autor y guionista-, nos propusimos destacar la coherencia interna del personaje: su sed de venganza social, su fragilidad, que compensa con una extraordinaria fuerza de voluntad… Las únicas libertades que nos tomamos tuvieron que ver con la necesidad de escenificar la historia, por razones dramáticas. Siempre que hemos tenido que recurrir a la imaginación, ésta se ha guiado por lo que era más probable o creíble a la luz de los conocimientos de los historiadores. En resumen, hay escenas inventadas, ¡pero todo es verdad!» Y así es como Yo, Julio César se convierte en una obra completa que lo único que nos hace lamentar es que sus autores no hayan dedicado uno, sino varios volúmenes, a contarnos aún con más detalle la vida y obras de una figura clave, apasionante y única de la historia de Roma que siempre dará para una capítulo más.

SOBRE LOS AUTORES

ALFRED DE MONTESQUIOU
Alfred de Montesquiou es un destacado reportero, ensayista y cineasta francés. Recibió el Premio Albert-Londres en 2012. Estudió en el Instituto de Estudios Políticos de París y en la Universidad de Columbia. Ha trabajado en diversos medios y ha dirigido documentales, destacándose por su enfoque en temas internacionales. Es autor, entre otras obras, de L’Étoile des frontières (Stock, 2021) y Sur la route des extrêmes. Une traversée de l’Amérique du Sud (Gallimard/ARTE, 2019) y ha dirigido varios documentales, entre ellos Jules, una serie de 10 capítulos y 26 minutos de duración disponible en MyCanal.

NÉVIL
Nacido en 1973, demostró rápidamente una asombrosa destreza con el lápiz, para deleite de las paredes de sus padres. Lo sumergieron rápidamente en un ambiente artístico propicio, dejándolo frente al televisor durante 15 horas al día, brindándole así todos los elementos necesarios para expresar su creatividad. Névil ya tenía un don desde muy pequeño. Tras 9 años de brillantes estudios, que culminaron con un certificado vocacional en electrogalvanización, Névil comenzó a grabar escenas bíblicas en curruscos de pan duro. Pero su arte, adelantado a su tiempo, se topó con la rigidez de las normas establecidas. Entonces, en 1988, ocurrió algo asombroso: la noche del 3 al 4 de junio, aprendió a dibujar… De hecho, su entorno le reveló que no era zurdo, sino diestro. A partir de entonces, su ambición no tuvo límites. Se dedicó en cuerpo y alma a su pasión, que ahora era su profesión: el dibujo, y abrazó su carrera como dibujante, ilustrador, guionista gráfico, dibujante de cómics, dibujante de cómics y periodista.







