«El prisionero de las estrellas» de Alfonso Font completo en espléndida reedición gracias a Cartem Cómics.

Una vez más, gracias al buen hacer de Cartem Cómics, los aficionados y coleccionistas del mundo del tebeo tenemos la posibilidad de cambiar la arqueología imposible de los tomos y títulos descatalogados y siempre añorados por una impresionante nueva edición de El prisionero de las estrellas, que compila, por primera vez completa, una de las muchas obras imprescindibles en la trayectoria profesional del dibujante y creador Alfonso Font. Editado en una época ideal para autorregalarse fragmentos de nostalgia ochentera de la más alta calidad, este cómic se edita en generosa tapa dura y un vistoso formato de 21 × 29,7 cm. en una edición restaurada a partir del arte original de uno de esos autores nuestros aún en activo cuyo nombre merece la pena recordar a quienes disfrutamos sus historietas a lo largo de varias décadas, pero también a quien, interesado por el medio, debería tener la oportunidad, como es el caso, de descubrir lo mejor de la ingente cantidad de autores que han triunfado más allá de nuestras fronteras y quizás aquí no tuvieron el reconocimiento que aún merece su obra.

El prisionero de las estrellas da pie a viajar atrás en el tiempo rozando inevitablemente tiempos en los que descubríamos maravillados por igual autores nacionales y extranjeros en revistas mensuales de cómic que compartían espacio en librerías y quioscos con Mortadelos, periódicos y tantas otras publicaciones hoy en día extinguidas y casi olvidadas.

Hace 43 años ya, en diciembre de 1982 y llamando poderosamente la atención desde la colorida portada del número 22 de la revista Cimoc, El prisionero de las estrellas de Alfonso Font comenzó a publicarse por entregas, como tantas otras sagas de las que llenaron nuestros días y tardes de entonces, cuando hasta el ocio era más sencillo de disfrutar pese a la cantidad de talento que surgió del mundo de las viñetas en aquella década. Después de habernos cautivado con sus Historias negras para Creepy y, sobre todo, habernos preparado con sus Cuentos de un futuro imperfecto para lo que dibujaría y contaría después, El prisionero de las estrellas es fruto inequívoco de una época donde la ciencia ficción, como siempre ha hecho el género, criticaba imaginando tenebrosos futuros los desmanes del tiempo en que fue creado. Para quien sea de memoria histórica frágil, recordamos que durante la década de los 80 disfrutamos de creaciones de las que sus autores aún siguen viviendo y nosotros bebiendo, pero también fue la época en la que la Guerra Fría nos hizo entender los riesgos de una guerra nuclear. Otro dato aún no superado: en 1986 el accidente de la central nuclear de Chernobyl superó ficciones con una tragedia de la que aún quedan secuelas. Por eso no es de extrañar que, junto a ficciones Star Wars conviviesen en la ciencia ficción escenarios sucios y húmedos como los de Alien o Atmósfera Cero. En los cómics, sería imposible abarcar las sagas, personajes y series con las que libraron autores de primera fila, pero sí podemos recordar imprescindibles como el Incal de Moebius y Jodorowski, cualquier aventura del personaje de Valerian de Pierre Christin y Jean-Claude Mézières o las retorcidas visiones de Druillet a lo largo de tantos números de la revista Métal Hurlant.

Sin irnos tan lejos, otra obra maestra de idéntico calibre al de El prisionero de las estrellas fue, también en estos años (entre 1981 y 1984), la publicación del Hombre de Antonio Segura y José Ortiz, compartiendo visión poco optimista de un futuro al que lanzar sus ficciones inventadas. Alfonso Font dibuja e imagina de hecho un futuro herido aunque sin fecha, donde otra guerra librada esta vez tanto en la Tierra como en el espacio, han conseguido afectar al propio sol hasta el punto de que su continuo y acelerado crecimiento impide la exposición y la vida en superficie hasta el punto de que exponerse a cielo abierto durante el día es lo más parecido a lanzarse vivo a una sartén llena de aceite hirviendo. Sólo la protección de sofisticados trajes térmicos son capaces de evitar quemaduras y deshidratación casi instantáneas, de modo que, al más puro estilo de H.G. Wells, los seres humanos se han visto obligados a trasladar vida y ciudades bajo la superficie, al interior de la tierra, dejando al aire libre a los Exteriores, mezcla de rebeldes contra el sistema, bandidos de toda calaña, en pelea permanente por oxígeno y medios contras las autoritarias tropas del omnilíder llamado el Mega.

El prisionero de las estrellas fue publicado originalmente en blanco y negro en los números 22 a 34 de la revista Cimoc. De ese modo la maestría al trazo de Alfonso Font, como recuerda y demuestra esta evocadora viñeta de aquella primera edición, acabó de atrapar a muchísimo lector aficionado a la ciencia ficción y el buen dibujo en aquella época. De hecho, como ha recordado el autor en más de una entrevista a lo largo de los años, El prisionero de las estrellas fue publicado en Francia por Glénat y obtuvo, con su final abierto pero acorde al tono «realista» de la obra, un gran éxito comercial.

Tentados por repetir el éxito fácil, llegó una segunda parte de la historia, titulada El paraíso flotante, que se publicó también entre los números 65 a 70 de la revista Cimoc a partir de julio 1986. La diferencia más notable que, curiosamente provocó en su momento ciertas reservas de quienes tanto disfrutaron con la primera entrega, fue que este nuevo libro se presentaba directamente a todo color, realizado éste por Marta Cardona. La realidad es que Norma le vendió esta segunda parte de Métal Hurlant (la revista editada por Les Humanoïdes Associés), para quienes en su concepto de publicación sólo encajaba la historia a color. El hecho de que El prisionero de las estrellas no se recuperase en Métal Hurlant por ser en blanco y negro, mientras que a Glénat se le cerró la puerta a la segunda parte, creó una nefasta paradoja en la que los lectores de Glénat solo leyeron el numero uno y no pudieron seguir con la historia y los lectores de Métal Hurlant se encontraron con una historia que no sabían de dónde venía porque no habían leído la primera aventura. Lo cierto es que, como bien sabe todo aquel que leyese en su día ambas historias reeditadas por Norma en tomo en sus respectivas colecciones en blanco y negro (Colección BN núm. 2, 1985) y a todo color (Colección Cimoc Extra Color núm. 40, 1988), El prisionero de las estrellas carece de final propiamente dicho. Aunque honestamente, ni siquiera un detalle así evita el completo disfrute de una obra que se vuelve a mostrar atemporal en esta nueva edición completa posible gracias al empeño, esfuerzo y trabajo de Cartem Cómics, que ha editado también de Alfonso Font dos tomos de Aloma que son, hasta la fecha, las últimas obras creadas y dibujadas por el autor.

Esta edición de El prisionero de las estrellas cuenta además con un brillante prólogo de Rafael Marín, escritor, guionista y traductor ampliamente respetado tanto en el mundo del cómic como en el de la ciencia ficción española, que no duda en reivindicar a Alfonso Font como “el mejor dibujante de ciencia ficción de nuestro país”. Para él, la evidente mezcla de géneros en un relato trepidante que continuamente avanza a ritmo frenético mientras descubrimos la clave detrás del misterioso prisionero sin memoria al que rebeldes y servidores del Mega persiguen, siempre le ha hecho pensar que El prisionero de las estrellas es «Jack London al encuentro de Papillón y la televisiva serie El prisionero«. Aunque donde más coincidimos con la palabra experta de Marín es en cómo «la serie se sigue leyendo con interés. No ha perdido un ápice de su frescura, y es de esperar que esta presentación, con todas sus entregas a color, la dé a conocer a nuevos lectores que se acerquen al pasado para ver cómo entonces se veía el futuro».

Por encima de la nostalgia o de poder leer obras que te marcan en un momento muy determinado de tu vida, la defensa del incalculable patrimonio que todavía se esconde en las páginas descatalogadas de editoriales y proyectos desaparecidos o imposibles de encontrar, alabamos y apoyamos la labor de sellos que nos dan confianza a ciegas como Cártem Cómics. Porque el legado de reediciones como El prisionero de las estrellas es también una reivindicación, una vez más, de grandes nombres como Alfonso Font, con los que a veces parece que no nos damos cuenta de la suerte que tenemos de seguir contando con ellos: con todo aquello que dibujaron pero también con la experiencia de vidas enteras dedicadas a dibujar sueños para lectores como tú o como yo, como él mismo ha reconocido en más de una ocasión: «siempre me ha apasionado el dibujo y este oficio desde que tengo memoria. Siempre tuve muy claro que quería ser dibujante de cómics y nada más».

Seas lector veterano o recién llegado a un mundillo que a veces parece inabarcable con maravillas recuperadas como ésta, te recomiendo acercarte a este vistoso tomo y hojear las primeras páginas, en las que Alfonso Font impone su habilidosa impronta creativa para evitar, desde la primera viñeta, que dejemos de leer o podamos soltar el libro hasta el momento en que su prisionero nos deja libres tan solo porque acabamos el cómic sin apenas darnos cuenta. El prisionero de las estrellas es materia de sueños ochenteros en estado puro, capaz de pasar por encima de las décadas sin perder ni un ápice de toda la magia, fuerza, acción e intriga de los relatos de una época que, por álbumes como éste, siguen atrapándonos sin remedio.

SOBRE EL AUTOR

ALFONSO FONT

Nació en Barcelona en 1945. De formación autodidacta comenzó realizando algún trabajo para Bruguera hasta que en 1964 participó en las colecciones Hazañas del Oeste Siouxde Ed. Toray. Ingresó en agencias que distribuían en el extranjero: Bardon Art, en 1970 y Selecciones Ilustradas. A través de ésta última, realizó varias historietas sobre famosos criminales de la historia y de terror para Warren Publishing y Skywald, y con guiones de Carlos Echevarría, la serie Géminis (1974). En 1975 decide trabajar directamente con editores. Trabaja para las revistas PIPScop y Tousse Bourin y, colaboró con Patrick Cothias, Roger Lécureux, Jean-Michel Charlier y Victor Mora. Se trasladó a Francia en 1976. Empezó a publicar historietas breves para la revista Tótem en 1977. Es esta una época de reivindicaciones laborales, en la que participa activamente en el Club DHIN, el Manifiesto del 762 o los intentos de crear un Sindicato.

En 1978, se unirá al Taller Premiá de Carlos Giménez, Víctor Mora, y Adolfo Usero, que editaban la revista La Calle. En uno de sus escasos trabajos en grupo, realiza el entintado de Tequila Bang! contra el club Tenax. En 1980 creó sus primeras series como autor completo: Historias negras para Creepy y Cuentos de un futuro imperfecto para la revista 1984. De esta época son las series El prisionero de las estrellas (Cimoc; historia luego proseguida en El paraíso flotante) y Las aventuras de Federico Mendelson Bartholy, parodia de los tópicos del cómic de aventuras, publicada también en Cimoc. Su siguiente trabajo fue Carmen Bond (1985). A mediados de los 80, optó por hacer su primera incursión en el género de aventuras con Jann Polynesia. La historieta pasó a llamarse Jon Rohner, marino. En 1987 creó una nueva heroína, Taxi y, poco después, realizó Privado, su personal homenaje a la serie negra. En 1994 colaboró en la realización de Negras tormentas, y en 1995 inició en solitario la historieta de aventuras medievales Bri D’Alban. Volvió a trabajar para el mercado extranjero, especialmente para Bonelli, con varias historias del personaje Tex. Alfonso Font sigue activo, escribiendo y dibujando cómics. Su álbum más reciente es Aloma 1: El tesoro del Temerario, publicado en Alemania en 2018.

Premios y reconocimientos de Alfonso Font

Consiguió el Premio Haxtur en 1990 como Mejor Historia Corta, en el Salón Internacional del Cómic del Principado de Asturias. En 1993 fue galardonado con el Gran Premio del Salón del Cómic de Barcelona por su obra completa. Más tarde, en 1996, recibió el prestigioso Premio Yellow Kid en el Festival del Cómic de Lucca.

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