Entrevista con Javi Rey, autor del nostálgico y magistral cómic «Le llamábamos Bebeto». Norma Editorial.

La mayoría somos hijos de las ciudades. Pequeñas, gigantescas, habitables, salvajes, olvidadas, impersonales… Es curioso como hace apenas dos entradas hablábamos aquí de sus almas: sus edificios. Pero a pie de calle y de puertas adentro en esos simétricos hormigueros o colmenas en los que nos refugiamos la mayoría, las ciudades somos quienes escribimos nuestras historias en ellas, como un leve ruido en el implacable tiempo que nos borra a casi todos cuando no estamos, salvo que seamos capaces de salir de los barrios que nos vieron nacer, crecer y aprender a vivir. Leyendo Le llamábamos Bebeto de Javi Rey se te abren recuerdos que, de tan evidentes, a la mayoría se nos borran cuando cambiamos el escenario de nuestras vidas. Relato realista y costumbrista que se desarrolla en una pequeña población del Baix Llobregat catalán, en la década de los 90 del siglo pasado, por mil razones me vinieron a la cabeza los versos de esa canción de El último de la fila que dice «barrio Triste, que censa cada día un loco más», de su disco Nuevo catálogo de seres y estares de 1990, casualmente el año en que comienza esta novela gráfica. Casualidad es también que Manolo García creciese en un barrio como el Poblenou barcelonés, que probablemente tuvo mucho en común con el lugar del que nos habla Javi Rey, repartido entre recuerdos, realidad y creación. Apenas a 15 minutos en tren del núcleo de Barcelona pero en realidad a muchas zonas grises e industriales, Sant Pere es, según el protagonista de Le llamábamos Bebeto, un sitio «demasiado pequeño para ofrecer lo que ansiábamos, demasiado grande para conocer el nombre de tus vecinos». En cualquier caso es justo ahí donde transcurre un relato de los que te marcan como sólo los veranos y lo que ocurre en ellos pueden marcarnos.

Le llamábamos Bebeto es una historia en la que cualquiera, en mayor o menor medida, puede identificarse. Porque su autor, Javi Rey, lo que nos cuenta y redescubre en realidad es la importancia de los pequeños dramas y victorias vitales que marcan nuestro día a día, viviendo solos, o en pareja, o en nuestras relaciones con cada miembro de nuestra familia con lo que cada uno significa: un hermano mayor, una abuela a la que todos deben cuidar porque ya es incapaz de valerse por si sola. Con un breve prólogo datado en 1990 ante el que es imposible quedar indiferente, el autor bosqueja a los habitantes de ese barrio que será escenario y desencadenante de lo que vamos a leer a continuación, que será el recuerdo de dos veranos: los de 1995 y 1996 en esta imaginaria ciudad industrial de Sant Pere poblado por familias humildes que en verano no podían huir de la ciudad ni cambiar de escenario. Y allí, donde la ausencia de curso escolar dejaba horas infinitas a todos los chavales para aburrirse y sentir que los días se tornaban tan pegajosas como el calor que sube mañana y noche del asfalto en verano, acabamos formando parte del grupo y las horas de amigos de Carlos, el protagonista y narrador de este cuento urbano. Y así, entre jugar a fútbol por turnos en las pistas del barrio, soportar la hora de la siesta viendo el Tour de Francia en la televisión junto a su abuela ciega y casi sorda y, de vez en cuando, escaparse a la playa que quedaba algo más allá de la zona industrial de la población, revivimos mientras pasamos páginas detalles de lo que para cualquiera de nosotros han sido los veranos en algún momento de nuestra vidas.

Como si lo hubiera medido, Le llamábamos Bebeto la primera obra completa como autor de Javi Rey es su décimos libro publicado, al menos en el mercado franco-belga, que es el que le permite vivir como dibujante y el que le ha convertido en un autor de sombra cada vez más notable y vistosa incluso en su propio país, donde este nuevo libro se edita en castellano y catalán gracias a Norma Editorial. Precedido por el éxito de su adaptación de Intemperie (2016), adaptación y encargo de Planeta Cómic a partir de la novela de Jesús Carrasco y que le valió el Premio como Autor Revelación en el Salón Internacional del Cómic de Barcelona de 2017; el autor se consolidó como apuesta segura con una nueva adaptación, Un enemigo del pueblo, a partir del libreto teatral de Henrik Ibsen (Planeta Cómic, 2023) del que te hablamos en este mismo rincón hace algún tiempo.

La espera ha merecido la pena y Le llamábamos Bebeto se perfila como obra perfecta para lograrle a su autor premios que reconozcan el esfuerzo de unir memoria, un guion sólido y un dibujo resplandeciente de modo tan brillante que todo invita, desde su portada, a perderse en este verano dibujado en Sant Pere, en los años 90. Y así, ajenos al poco esperanzador futuro en ese barrio industrial idéntico a todos los que rodeaban Barcelona. nos quedamos con la vida al aire libre y con el momento en que Carlos, con 12 años, conoce a Bebeto, un curioso adolescente desproporcionado y torpe al que todos llaman así, sin ser ese su verdadero nombre. Bebeto, que parece estancado tratando de evitar pasar a la edad adulta al que Carlos quisiera llegar lo antes posible, une y los convierte a ambos en amigos el tiempo suficiente de cambiar del todo sus vidas.

Habiendo realizado ya numerosas presentaciones desde su salida en España y teniendo en cuenta que ya salió en agosto de 2024 en el mercado franco-belga, donde también lo has promocionado, ¿cuál está siendo la reacción de quienes ya han leído el libro?

He tenido bastante feedback de lectores, sí. En general me han transmitido la identificación con la etapa vital de los personajes, el paso de la infancia a la adolescencia. Pensaba que al tratarse de algo ambientado en un contexto geográfico tan propio la convertiría en una historia local, pero ha resultado ser más universal de lo que creía.

Es cierto que muchos de los temas que tratas aquí son universales como la amistad, la familia, el desamor y el fin de la infancia como tú bien dices, pero lo que es la historia transcurre en un lugar muy local, muy concreto, que retrata perfectamente la vida en una de esas ciudades dormitorio que crecían alrededor de Barcelona. Incluso eso le ha llegado al público francés.


Supongo que es un fenómeno bastante generalizado: las ciudades dormitorio o las áreas metropolitanas (que en Francia llaman los banlieu) a merced de una capital que absorbe toda la vida cultural o todo aquello que está más allá del trabajo y la vida cotidiana. Ciudades dormitorio donde soñar es escapar de ellas. Muchas generaciones se han criado o se están criando en esas ciudades, en sus calles, con sus destinos ya escritos. Sobre todo en aquellos años, en la década de los 90, sin otros estímulos que, en mi caso, el fútbol. Y, sobre todo en verano, cuando se congelaba la vida y tenías mucho tiempo para aburrirte y para experimentar cosas con amigos tus. Porque entonces, al menos en mi experiencia personal, nadie se iba de vacaciones y nos quedábamos ahí, en la ciudad dormida, pasando calor y viendo el Tour de Francia.

¿Reconoces entonces que has utilizado vivencias propias para la confección de los personajes y de los ambientes?

Sin duda. Tanto la época como el contexto. Necesitaba esa seguridad siendo la primera obra que escribo en solitario. Hablar de algo que conocía para no dedicar esfuerzo a ambientar geográfica o históricamente la historia. He tirado de recuerdos y de toda esa experiencia que viví en el Baix Llobregat catalán. Es un área metropolitana, un extrarradio de Barcelona que tiene realidades muy distintas. Me interesaba mucho hablar de la que yo viví en la ciudad de Gavà (el Sant Pere de la historia está basado en ella) que es extrarradio, pero no el que representan Hospitalet o Badalona, sino una ciudad que tiene una peculiaridad: está cerca del mar pero no es una ciudad costera, el núcleo urbano está bastante alejado del mar. Un paisaje que nos permitía escapar peroque no era nuestro paisaje, porque en realidad estábamos en una ciudad de cemento, gris, rodeada de más gris, de más zonas industriales. Entonces, todo ese contexto geográfico me parecía muy interesante para retratar la sensación que tiene Carlos, el personaje principal, que es de aislamiento o de sentirse encerrado en un lugar donde su destino parece que está ya escrito, sin referencias o nadie que le muestre una manera de escapar de ahí o de ver otras opciones. Sí, he tirado de recuerdos, pero fue un poco en el origen, en la base de la escritura, luego fueron apareciendo capas de ficción y la historia fue separándose de mi biografía.

No es la primera vez que tratas con personajes infantiles o cuya infancia acaba drásticamente por los acontecimientos en los que se ven envueltos. ¿Te sientes cómodo haciendo reflexiones de adulto a través de personajes infantiles que nos muestran muchas veces como el mundo podría seguir siendo inocente o maravilloso pero la realidad acaba torciéndolo a algo diferente?

No sé si es el lugar en el que me siento cómodo… Supongo que haces referencia sobre todo a Intemperie, que era una historia en la que el protagonista es un niño. En el caso de Le llamábamos Bebeto, yo llevaba mucho tiempo buscando qué historias quería explicar y, entonces, tiré de recuerdos, del hilo de mis experiencias personales y, de algún modo, creo que he empezado a revisitar mi experiencia de forma ordenada. Empecé por la infancia porque son unos años que marcan mucho. Por eso los protagonistas son niños. Además, el hecho de que esté tan lejos de ellos me permitió verlo todo con más subjetividad, o con más capas de recuerdos, con lo que es más fácil ficcionar, porque la memoria es traicionera, lo cual es genial, porque ese recuerdo borroso te permite inventar. Hay más historias, recuerdos, experiencias o momentos que quedaron gravados en mi memoria por algún motivo y de los cuales puedo partir para hacer ficción. En estas nuevas historias que, espero, vendrán, quizás va creciendo la edad de mis protagonistas… En cualquier caso, sí, me parece muy interesante el punto de vista adulto de esa época, esas reflexiones sobre lo que vivimos en esos años da mucho juego, da pie a que surjan cosas interesantes. En el futuro no lo sé… Tampoco ha sido una decisión consciente.

Después de numerosas colaboraciones y sobre todo después de tus dos obras anteriores que son adaptaciones literarias: Intemperie y Un enemigo del pueblo, ¿qué te hace dar el salto de escribir y dibujar tu primera obra completa?


En el origen era algo que quería hacer. Cuando empecé a estudiar en la Escuela Joso, en Barcelona, cuando descubrí el medio y quería aprender a dibujar y narrar, en el fondo creo que lo que me movía era un día escribir y dibujar mis propias historias, pero no estaba preparado. Con la parte de dibujo, pronto tuve un nivel profesional como para encontrar trabajo como dibujante y esto me permitió, gracias a la cercanía del mercado franco-belga, pues empezar a trabajar como dibujante colaborando con guionistas. La suerte que he tenido es que, salvo quizá mi primer libro en Francia, en los siguientes he podido escoger las historias en las que he trabajado. Y en paralelo, siempre han estado las ganas de escribir. Siempre he intentado escribir algún relato, algún guion de cómic que se quedaba en un cajón porque no arrancaba… Digamos que fui ganando tablas a la vez que desarrollaba mi carrera como dibujante. Y las adaptaciones que comentas fueron una forma de profundizar en este sentido, de enfrentarme a todo yo solo. Las dos adaptaciones se complementan como parte de mi formación hacia convertirme en autor completo. Intemperie se acabó convirtiendo en una adaptación casi muda en la que, con imágenes, tuve que explicar la novela de Jesús Carrasco. La prosa era muy sugerente y entonces descubrí la potencia de las imágenes para narrar. También entendí que el color, en el cómic, ha de ser narrativo, no decorativo.

Fue un aprendizaje bestial. Luego me lancé a adaptar Un enemigo del pueblo, que fue completamente diferente, ya que partía del libreto de una pieza de teatro con unas características concretas que me obligaron a reescribir mucho los diálogos, a comprimirlos, a darle cierto ritmo a la trama. Fue un trabajo de reescritura muy grande. Reescribir pero para traducir al medio del cómic, intentando no alterar la pieza de relojería que había construido Ibsen, que ya funcionaba a la perfección.

Entonces, las dos adaptaciones se complementaron y me ayudaron a ganar confianza en mí mismo.

En paralelo, el hecho de llevar tantos libros en Francia y Bélgica y haber desarrollado contactos con editores que se iban interesando en mi trabajo me llevó a un punto de convergencia: tenía editores interesados en publicar lo que yo quería escribir y yo me sentía preparado para hacerlo. Así llegó la hora de hacer Bebeto. Ojalá hubiese empezado por esta obra, pero todo lo que he hecho siempre me ha aportado algo y estoy muy feliz de todos los libros que he podido ir haciendo.

Incluso a la hora del estilo has dado un giro más con Bebeto. Tu línea clara que es netamente europea, Bebeto es el culmen de tu perfeccionamiento como dibujante, al menos.

En Un enemigo el pueblo y en Intemperie hubo una intención muy marcada por mi parte de sintetizar al máximo, tanto el grosor de la línea como el detalle, alejándome un poco del semi realismo que me sale más natural si me dejo llevar. Quería simplificar de forma intencionada. No ha sido así en otros libros que he hecho en Francia, al tratarse de temática histórica y al estar dentro de un tipo de bande dessinée en la que se espera un tipo de dibujo más riguroso, entonces, potenciaba más ese realismo. En los libros que he hecho en solitario he buscado todo lo contrario. En Bebeto han congeniado el realismo, en el que me siento cómodo, y mis ganas de hacer algo más sintético. Creo que se han unido esas dos vertientes de mi dibujo y me he sentido muy cómodo. Es el libro en el que menos he reflexionado sobre el grafismo. Precisamente, a veces, cuando dejas que salga lo que es natural en ti, puede que la cosa funcione más, no lo sé. En cualquier caso, vas acumulando libros y páginas y cada vez te vas sintiendo más seguro en tu propio estilo.

Llama la atención que, pese a todo, Bebeto no es el típico cómic europeo de 48 o 52 páginas. Es un obra intensa y extensa y donde tu forma de aplicar el color, o las pausas en viñetas en silencio que sirven para retratar perfectamente, como decías al principio, esos veranos en los que el tiempo se para salvo determinados momentos en que ocurrían esa cosas. ¿Cuánto te llevó pasar del guion a terminar de dibujar la obra?

Para mí es muy difícil decir cuánto he tardado con este libro. Todo nace de dos relatos que había escrito hace muchos años que se quedan en un cajón y que voy afinando hasta que tengo la confianza de ponerme con algo propio. Cuando coincide que una editora estaba interesada en leerlo, los recupero y me doy cuenta de que juntos, esos dos relatos, pueden dar pie a algo más largo. Uno en el que aparecía a un personaje muy similar a lo que acabará siendo Bebeto, y otro que hablaba de la relación entre un hermano menor y su hermano mayor. Cuando veo que esos dos relatos juntos pueden casar bien y crear una historia más grande me pongo a escribir y en un mes construyo todo, pero ya había dos relatos anteriores muy bien trabajados. En paralelo fui haciendo otros proyectos, de modo que lo fui dibujando un poco a ratos hasta que ya me centro 100% y lo acabo. Si tuviera que sumar todo ese tiempo sería mucho, pero tampoco sería real, no te sabría decir. Quizá un año y medio desde que me centro en él como proyecto prioritario, que es lo que suelo tardar casi siempre si hago todo el trabajo.

Se agradece, eso si, al tratar de poner de moda ciertas décadas, haber logrado pasar con tu relato por fin a la década de los 90…

(Risas) Esto me lo han comentado ya varias personas. Es como la reivindicación de que los 90 también existieron.

Sobre todo con los detalles de los acontecimientos, que van desde los éxitos de Rocío Jurado a los triunfos de Miguel Induráin que además relacionas con Miguel, el hermano de Carlos.

No puedo separar los veranos de mi infancia de los Tours de Induráin. Me encantaba el Tour, aunque luego me distancié cuando hubo toda esa época negra de los dopajes, que creo que nos pasó a todos y ahora he vuelto a engancharme.

Llama la atención el toque verdaderamente realista con el que escribes Bebeto. Como novela gráfica es un relato que te atrapa, que entretiene, que te evade con sus personajes y lo que cuentan pero al final optas por una solución muy realista. Esto no es una película y no todo acaba bien como podría esperarse. De hecho al final del relato aprovechas para hablar de muchos otros temas como el desengaño amoroso, la sexualidad de alguno de los personajes.

A mi lo que me gusta como lector y espectador, y lo que voy a intentar hacer como autor a la hora de hacer historias, es que los personajes tengan grises. No sé si para acercarme a la realidad o porque me gusta que la ficción sea así. Pero creo que los personajes tienen que tener esos lados oscuros, lo cual quizá haga que sus lados luminosos brillen más… Nadie es perfecto. Eso sí que lo he intentado en Bebeto. De hecho, está en el origen de la historia, porque el protagonista, que también es el narrador, Carlos, nos cuenta lo que vivió en esos dos veranos desde la culpa. Desde el sentimiento de culpabilidad de algo que hizo y de lo que no se siente orgulloso. A mí me pasa como lector, cuando veo a un personaje que comete errores, lo siento más humano. Todos somos así, todos estamos equivocándonos constantemente y eso sí que es algo que me obsesiona cuando estoy construyendo a un personaje. Estoy enamorado de mis personajes pero no son perfectos. Quizá por eso me enamoro de ellos…

Ya has tenido la experiencia como Autor revelación en el Salón del Cómic de Barcelona en 2017 y también el premio que obtuviste con Nos Coeurs Tordus en Angoulême, sigues pensando que los premios no son la meta pero son algo que ayuda tanto en la motivación del autor como en la trayectoria de los propios libros.

Sin duda. Después de unos años de carrera he descubierto que la visibilidad ayuda. Lo que estamos haciendo ahora, que un medio como el vuestro y otros se interesen por tu trabajo, ayuda. No ya en las ventas, que ojalá también, me refiero a nivel individual y psicológico. Para todo creador, que su trabajo tenga el foco en momentos determinados, a partir de premios o de entrevistas o de reseñas, puede darle alas, permitirle sentir que lo que hace tiene un sentido, un destinatario, que va construyendo una obra y que sus libros interesan. Luego, si tienes mucho foco, cosa que tampoco me ha pasado (risas), tienes que gestionar cómo te afecta, supongo. Igual que tener cero foco hay que saber gestionarlo y encontrar la energía para seguir trabajando, a la inversa seguramente tiene sus cosas negativas. Pero para resumir, pienso que es muy duro crear en la absoluta invisibilidad, así que todo lo que llegue será bienvenido.

Al final, creo que lo principal es que uno necesita compartir sus historias, por eso las queremos contar y cuando tienes cierto foco es como que el círculo se cierra y lo ideal es llegar a los lectores a través de actos como presentaciones o sesiones de firmas y poder hablar con ellos. Todo esto genera una energía que hay que saber gestionar.

En relación a los premios, hay que saber colocarlos en su lugar. No diré que son injustos, aunque es injusto escoger a uno cuando hay muchos libros buenos y muchos autores buenos y mucha gente que merece estar ahí también. Hay que relativizarlos….

Resumiendo otra vez, pienso que es necesario que haya cierto foco sobre tu trabajo, no una invisibilidad absoluta, porque eso es muy duro. Pocos creadores son capaces de seguir adelante cuando están en el aislamiento total y nadie los mira.

¿Hay algún autor al que sigas volviendo y releas y del que sigas aprendiendo hoy en día? ¿O son varios? ¿O son muchos?

El tema de las influencias es muy complejo porque van cambiando con los años y algunos que fueron importantes en su momento luego ya no lo son tanto y van apareciendo nuevos constantemente. Pero podría nombrar a un autor que es un grande y que todo libro que hace intento leerlo porque creo que es súper completo. Narra muy bien, dibuja estupendo y las historias las enfoca siempre de una manera muy personal. Es Frederik Peeters, el autor de Píldoras azules. Creo que es un autor que, incluso teniendo historias de géneros que pueden no interesarme, tiene una manera de contarlas soberbia. Cuando lo lees piensas que el medio del cómic es brutal, hace más grande el medio con su trabajo.

Y estos últimos tiempos estoy leyendo a Alfred, un autor italo-francés que tiene una sensibilidad muy especial que me interesa. Tiene una poética visual que disfruto mucho leyendo. Pero si me preguntas en unos meses serán otros. Este medio es inmenso y está lleno de autores enormes.

SOBRE EL AUTOR

JAVI REY

Ilustrador freelance y dibujante de cómics formado en la Escuela Joso de Barcelona. Es en este centro formativo donde sus profesores y compañeros le transmitieron la pasión por el mundo del cómic. En 2007, participó en el libro colectivo Lovexpress (Kaleidoskope, 2007). Su actividad profesional empezó dentro del mundo de la animación independiente, participando como ilustrador en el estudio Yanquipay, durante la producción de la serie “240 el nen clònic” (TV3, 2009). Trabajó como ilustrador de libros de texto y como story-boarder para diversas agencias de publicidad. En 2011 comienza su labor junto al guionista Frank Giroud en la obra “¡Adelante!” (Editions Dupuis, 2013-2014). En 2016, tras una colaboración con el Festival de Lyon para el libro colectivo “Web Trip. Relatos y recetas”Dupuis publicó en Francia su “Un maillot pour l’Algérie”. En 2016 presentó la adaptación al cómic de la novela “Intemperie” (Seix Barral, 2013) del escritor Jesús Carrasco y bajo el sello Planeta Cómic. Su trabajo aquí le reportó el Premio a Mejor Autor Revelación en el Salón del Cómic de Barcelona 2017. Entre sus principales y primeras influencias en el mundo del cómic, Rey destaca los trabajos de Miguelanxo PradoHergé o  André Juillard.

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