Las paredes que separan la normalidad del drama en este estrambótico mundo real son tan finas que, cuando nos encontramos con historias y personas reales como Kayla E. y Dulce basura es imposible mirar hacia otro lado. Prueba a hacer el ejercicio: a simple vista, Kayla E. es hoy en día una prestigiosa artista. Con Dulce basura, su primera novela gráfica, ganó el Premio Ignatz 2025 a la Mejor Novela Gráfica; recibiendo además una Mención Honorífica en los Premios Internacionales del Libro Latino 2025 y excelentes críticas de Publishers Weekly y Booklist. Este mismo libro fue considerado uno de los mejores libros de 2025 por la Biblioteca Pública de Nueva York, Booklist, AV Club, Literary Hub y The Guardian. Por si fuera poco, en 2026 ya ha sido galardonada con el premio Creative Capital por su siguiente novela gráfica autobiográfica, I Will Give You Rest. Trabajadora incansable desde que hizo del arte, la ilustración y el diseño gráfico su vida, su trabajo ha sido nominado dos veces al premio Eisner y sus cómics han sido destacados y reseñados en The New Yorker, The New York Times, D Magazine, NOW (The New Comics Anthology), Ecotone y The Comics Journal, entre otros. Su obra ha sido expuesta en museos y galerías de arte en Estados Unidos y actualmente trabaja como directora creativa en la prestigiosa editorial Fantagraphics y vive en Carolina del Norte con su esposa y sus dos perros. Ante semejante curriculum y vida de éxitos concatenados, ¿dónde queda el drama del titular que quizás te ha hecho empezar a leer esta recomendación?

Nada en la apariencia externa de Dulce basura induce a pensar tampoco en lo que se esconde tras la aparente inocencia de dibujos de reminiscencias infantiles y colores chillones. El libro se abre con una bizarra versión del cuento de Los Tres Cerditos donde aún no sabemos a dónde pretende conducirnos la autora. Y entonces llegamos al primero de muchos pasatiempos intercalados a lo largo del intenso libro al que vamos a enfrentarnos. Y pese al trazo y texturas amables Kayla E. pone las cartas sobre el papel en una sopa de letras donde las palabras a encontrar son «abuso», «alcoholismo», «incesto», violación», «trauma», «paleta», «hambre» y muchas otras que, de pronto, nos avisan y preparan para visitar el lado más sórdido del ser humano y hasta dónde es capaz de llegar… Lo que descubrimos a continuación, contado en primera persona por la propia autora, pero de una forma totalmente diferente a cualquier otra aproximación gráfica a la que nunca hayas asistido, es tan terrible y tremendo que casi no puedes creer lo que lees dibujado por la autora. Durante su infancia, Kayla E. sufrió todo tipo de abusos y vejaciones por parte de todos los miembros de su familia: su madre, su padre e incluso su hermano. Hasta el punto de que cualquier persona normal nunca podría imaginar las atrocidades que cuenta Dulce basura.

Siendo conscientes de que estas historias pasan más a menudo de lo que podemos reconocer o queremos ver, el verdadero milagro y mayor logro sin duda tras esta obra es lo lejos que ha conseguido llegar Kayla E. en su vida, demostrando una fortaleza y un instinto de supervivencia y superación, ayudada por el arte y su talento difíciles de igualar. El arte siempre ha sido una excelente herramienta terapéutica usada de modo autobiográfico por muchas autoras y autores del mundo del cómic pero, personalmente, nunca había presenciado semejante muestra de valentía creando algo tan personal original e intenso como Dulce basura. «Lo que cuento son secretos, la mayoría son tabúes -reconocía la autora en videoconferencia que ofreció a la prensa española con motivo de la publicación del libro en castellano por parte de Reservoir Books–. Es lo peor que puedes decir en voz alta. Es lo peor que puedes admitir que te haya pasado en tu cuerpo de niña. Y creo que la recepción ha sido tan intensa, tan profunda. Porque yo he contado lo que muchas personas que escriben sus memorias sobre abusos no han sido capaces de hacer, porque es durísimo y da mucho miedo. Pero yo quería ver si podía hacerlo y si valdría la pena, aún a riesgo de tener una crisis nerviosa. No tenía ninguna experiencia con algo similar. Pero ahora me siento valiente, confiada, empoderada. Tengo tanta experiencia de años haciendo esto que ya no me duele, o no me duele como antes y sé que algo eminentemente bueno sale de este dolor. Y eso hace que me sienta agradecida de la oportunidad de compartir este trabajo y de hablar de una forma auténtica de lo que me sucedió que se ha convertido en una experiencia sanadora».

Hay que decir que quizás la forma en que está contada y estructurada Dulce basura es lo que permite que, como lectores, podamos afrontar y superar, boquiabiertos, el relato de Kayla E. Si ya resulta difícil asistir a las incontables pruebas y sufrimiento de su personaje, dibujado casi como las tiras cómicas estadounidenses de los años 50 y 60, dibujado de cualquier otro modo sería muy concluir una historia que, como demostrábamos al principio, por una vez continúa con final feliz en este crudo mundo real nuestro. «Hay algo muy poco usual de cómo escribí este libro -explicaba Kayla–. En realidad, lo escribí en secreto durante unos diez años antes de ni siquiera pensar que lo iba a compartir con el público. Nunca, nunca pensé que nadie iba a ver este libro. La primera página de este libro, la primera que escribí es en la que mi yo niña muere suicidada suicidándose. Y dibujé esta página como en una explosión de inspiración, sin planificación, sin ningún tipo de boceto previo. Yo estaba en mi habitación de infancia después del cole. Me habían pasado cosas horrorosas y bebía y estaba metida en drogas y con un lío enorme en la cabeza, con una salud mental de pesadilla absoluta, básicamente. Y ni siquiera sabía por qué. Es decir, yo no tenía ningún tipo de terapia. No tenía idioma o palabras que pudieran expresar todo esto. No tenía ningún tipo de apoyo. Así que abrí el ordenador y dibujé esta página. Salió así, en formato libre. Dibujé el logo, la cara de Kayla, la paleta de colores, todo lo puse ahí tal como está y lo estaba haciendo y seguí trabajando, mientras que al mismo tiempo interaccionaba con mis abusadores, con mi familia biológica cada día. Aquello fue como un grito silencioso de ayuda».

«Era como un ejercicio puro de intentar entender qué me pasaba y qué me había pasado -continuó explicando la autora-. Y eso fue así en la mayor parte del libro, aunque tuve algunos mentores en mi camino y estos mentores fueron las únicas personas con las que compartí Dulce basura. Chris Ware fue mi mentor junto a otros dibujantes: Tim Hensley e Iván Brunetti. Y estos dibujantes fueron sumamente generosos conmigo y me dejaron que les enviara una serie de dibujos en digital y me daban su opinión. Me ayudaron a crecer como dibujante. Fue increíble que mis héroes fueran mis lectores y creo que eso realmente me ha ayudado a definir, a mejorar toda mi oficio como dibujante. No esperaba un público, ni reseñas, ni ninguna opinión. No esperaba nada, absolutamente nada. La sensación era de absoluta libertad y creo que esas circunstancias nunca más se van a poder repetir. No había ningún tipo de censura ni de conciencia. De hecho, ni siquiera me preocupaba la narrativa. No tenía ningún tipo de miedo para nada. Y sabía que mis padres no iban a leer esto, por tanto podía profundizar tanto como yo quisiera y es lo que hice. Fui tan lejos como pude en cada etapa. Y cuando decidí finalmente compilar todo esto y compartirlo con el mundo, pues simplemente lo hice. Mi mentor, Mark Newgarden, me dijo «Kayla, tienes un libro excelente y tienes que compartirlo». Y eso me petó la cabeza porque nunca pensé que esto podría ser leído, que ningún editor estaría dispuesto a comprar algo tan raro. Y al final vendí el libro a Fantagraphics«.

Lo que parece una lectura deslabazada en la que la autora realiza numerosos saltos cronológicos a lo largo de su pesadilla personal, responde al laborioso trabajo de cuatro años que le llevó estructurar algo que empezó a compartir inicialmente fragmentado, como si fuesen pequeñas historietas que vendía en convenciones y salones a la búsqueda de reacciones e interés por parte del público hacia lo que acabaría siendo un libro complejo con el que Kayla E. reconoce abiertamente y de modo desenfadado su particular humor negro a la hora de retratar su experiencia. «La primera vez que empecé a hablar de Dulce basura fue mucho antes de que el libro fuera publicado. Extraje fragmentos del libro y los iba vendiendo en festivales y salones de cómics, para ver un poco cómo la gente lo iba a percibir. Porque yo nunca había dicho en voz alta lo que me había pasado antes, antes de hacer estos cómics. De hecho, eran secretos. Y durante un año más o menos antes de la publicación del libro en inglés, fui conociendo a lectores vendiendo estos cómics y dándome cuenta de que por difícil que sea contar lo que me pasó, significa muchísimo para muchos lectores. También hablar conmigo en persona. Creo que les brinda la oportunidad de contar que ellos han tenido experiencias similares y se establece una comunicación realmente maravillosa, una conexión en la que yo estoy dispuesta a ser vulnerable y valiente y decir lo que me ha pasado a mí en voz alta».

Insertados a lo largo de todo Dulce basura y reforzando ese toque gráfico con el que todavía recordamos muchos cómics de mediados del siglo pasado, Kayla convierte publicidades ficticias, pasatiempos infantiles, recortables e incluso recetas de cocina en una forma de respirar para poder seguir avanzando sobre revelaciones y pasajes en los que, en ningún momento, disminuye el grado de intensidad de la novela gráfica. «En un momento dado -confirmaba la autora- sentí que el lector o la lectora, tenían que jugar y decía bueno, pues mira, aquí tienes una doble página de actividades de juegos de pesadilla. Aunque mi mentor, Mark Newgarden, cuando estaba repasando el libro con él, me decía que el libro es una pesadilla, una verdadera pesadilla de principio a fin. Y lo es. A él no le parecía que nada del libro fuera divertido, ni como crítica ni como nada. Le parecía que el libro no tenía ni un solo punto divertido. Él decía que el trauma es tan bestial que no hay espacio para reacciones de otra clase. Yo realmente pienso que el libro es bastante divertido, pero bueno, ese es mi sentido del humor. Reordenando y reimaginando el libro, intenté pensar en qué podía hacer para dar a mis lectores o lectoras momentos de pausa sin que pareciese cursi o falso. Mi solución a eso fue añadir los anuncios, los puzzles y las sopas de letras».

Dulce basura es una verdadera montaña rusa emocional disfrazada de colores y línea clara pulcramente meditada. Porque bajo el humor negro y la supervivencia a tantas malas experiencias, Kayla E. da forma a una meticulosa estructura interna del libro que nos impide abandonar la lectura hasta la última página que, siendo las más sencilla, es una de las más duras. «La forma en que ordené el libro -contaba en su impresionante intervención a ratos divertida, a ratos al borde de las lágrimas- fue imprimir todas las páginas en una cara y meterlas en fundas de plástico para ir jugando con ellas. Las iba reestructurando constantemente, revisándolas y pensando sobre las transiciones de esta historia. Fui escuchando mi instinto más básico, mis entrañas, que me decían cuando algo encajaba hasta pensar que era auténtico y que responde de forma auténtica a la experiencia que intento transmitir. De hecho, todas las decisiones de Dulce basura son el resultado de decirle sí a ese sentimiento en mis entrañas, a ese instinto básico. Y eso me liberó. Para experimentar y sentirme cómoda con una estructura del libro no de forma lineal, salvo las primeras páginas de libro, que eran como mi entrada a la comprensión del trauma. Con ellas pensé que tenían que ser la puerta de entrada para lectores y lectoras».

La edición de Dulce basura que nos ofrece en castellano Reservoir Books está editada en cartoné con su sencilla pero vistosa portada en relieve, siendo ésta es un homenaje a la portada de La Pequeña Lulú, nº 74 de Four Color Comic. En cuanto al interior, pulido al detalle en rotulación adaptada así como en todos los interludios y pasatiempos, éste resulta impecable y nos deja disfrutar de una obra que, a todos los niveles, es una compleja obra de arte que abraza, eso sí, una de los cómics autobiográficos más impresionantes que jamás tendrás la posibilidad de leer.
SOBRE LA AUTORA

KAYLA E.
Es una artista con raíces mexicanas nacida en Texas. Sus cómics pueden entenderse como un ejercicio de cartografía en torno a su propia infancia. En su obra, suele usar estructuras compositivas fijas y códigos estéticos propios de los cómics estadounidenses de posguerra. Con su trabajo, trata de poner orden en unos recuerdos que, a menudo, estaban dispersos por culpa de los abusos intrafamiliares, las adicciones y la violencia sexual. Su obra en formato textil y pictórico, su videoarte y su arte performativo giran alrededor de los recuerdos difíciles de afrontar. Kayla se graduó en la Universidad de Harvard, donde obtuvo el premio Albert Alcalay de Artes Visuales y trabajó como directora artística del Harvard Lampoon. Es la cofundadora y expresidenta del Nat. Brut Inc y, actualmente, es la directora creativa de Fantagraphics. Como conferenciante, Kayla ha sido invitada a hablar de su trabajo en universidades y charlas por todo Estados Unidos. Vive con su mujer, Laura Bullard, y sus dos perros en Carolina del Norte. En el curso 2023-2024, Kayla recibió la beca Hodder de la Universidad de Princeton, gracias a la cual pudo seguir centrándose en sus cómics. Dulce basura es su primer libro.







