Contra el horror de todas las guerras: «Okinawa, el viento habla» de Susumu Higa. Reservoir Books. 

No puede haber buenas guerras. Ni cuando se lucha por la libertad. Porque al final la única evidencia es que cualquier conflicto bélico saca a relucir lo peor de todos los que intervienen y la población civil se lleva siempre la peor parte. Desgraciadamente sin excepción. Lejos del prolífico triunfalismo patriotero yanqui, el mismo que nos hacía creer de pequeños que los malos eran los indios y los buenos el séptimo de caballería, la maquinaria propagandística en tiempos de guerra es bandera exportada y utilizada en todo enfrentamiento. Pero debajo de la superficie brillante por el lustre de las mentiras que, de tanto repetirse, acaban creyéndose como páginas de la Historia, quedan y a veces perduran las infinitas pequeñas historias de quienes sufrieron y, milagrosamente a veces, sobrevivieron de verdad las atrocidades de la guerra. La batalla de Okinawa fue uno de los episodios más trágicos de la Segunda Guerra Mundial. Reino pacífico e independiente hasta su anexión por el Imperio japonés en el siglo XIX, tras ser escenario de la batalla terrestre más destructiva de la Guerra del Pacífico, el archipiélago de Okinawa pasó a ser la prefectura más pobre de Japón con un importante lastre. Porque comprendiendo la superficie de la prefectura de Okinawa un 0,6% del territorio total de Japón (es la 44ª prefectura en superficie de las 47 que hay), un 10,8 % de dicha extensión está ocupado, sin su consentimiento y tras su derrota en la Segunda Guerra Mundial, por infraestructuras del ejército estadounidense (en el caso de la isla principal de Okinawa, un 20%). De este modo, en el archipiélago se concentran el 75 % de las bases americanas en suelo japonés. 

Disimulado entre las laureadas victorias norteamericanas en el Pacífico o la estrepitosa derrota del decadente imperio japonés, lo cierto es que entre abril y junio de 1945, cerca de 150.000 personas (un tercio de la población total) fueron aniquiladas durante la invasión estadounidense del archipiélago de Okinawa. Aunque peor que imaginar la perdida de vidas humanas fue descubrir, como bien nos recuerda el gran cronista gráfico Susumu Higa en la recomendable novela gráfica Okinawa, el viento habla, cómo las peores atrocidades contra la población civil en la mayoría de las islas de Okinawa fueron cometidas en muchos casos por el propio ejército japonés, que llegó a promover suicidios en masa o para quienes anteponer su supervivencia estaba por encima de su supuesta labor de proteger a los civiles.

«Hacia el 30º aniversario del fin de la guerra -recuerda el autor en entrevistas que concedió con motivo de la publicación de sus obras en Estados Unidos- comenzaron a darse a conocer relatos y anécdotas de ciudadanos de a pie sobre la batalla de Okinawa. Aquello fue como si de repente se rompiera una presa. Brotó la voluntad de dejar testimonio de todo aquello, ya que lo que no se conoce no se puede llegar ni a imaginar. Surgieron relatos de personas de distintas zonas que contaron cómo habían logrado huir, cómo parientes suyos habían caído víctimas del conflicto o cómo habían sobrevivido por pura suerte. Aparecieron diarios de jóvenes que habían formado parte de los cuerpos de estudiantes femeninas, registros de estudiantes varones, crónicas de oficiales y soldados del ejército nipón, narraciones de tipo bélico de soldados estadounidenses. Leer todos estos textos permitió visualizar la batalla de Okinawa de forma prácticamente tridimensional. Las palabras de mi madre, «la guerra es sucia» quedaron grabadas vívidamente en mi seno, formando parte de mi propia experiencia de la batalla de Okinawa».

Susumu Higa nació y sigue viviendo hoy en día en Naha, la capital de Okinawa. Desde su debut en 1989 como historietista, su obra se ha centrado y ha tratado sobre su Okinawa natal. Sus relatos cortos en forma de viñetas son un impecable ejercicio de memoria histórica donde no toma partido ni busca interpretaciones políticas. Lo que hace de Okinawa, el viento habla una lectura universal, como toda la obra de este artista, es cómo su narrativa gráfica trasciende el contexto temporal y geográfico al ser historias transmitidas o reordenadas a partir de testimonios escuchados directamente o bien noticias rescatadas de la lectura en un periódico. Con el mismo tono y cálida sencillez con la que el autor dibuja personajes, recuerdos e historias, el libro se abre con «Kajimunugatai. El viento habla», a partir de los comentarios de cómo, en los poblados de una de las muchas zonas ocupadas por el ejército norteamericano, «un grupo de tres soldados estadounidenses aterrorizaba y maltrataba» a los habitantes de un pequeño poblado. Pero sin apenas mediar pausa para recuperarnos, el relato siguiente, «Fushimunugatai. Las estrellas hablan», recupera testimonios todavía más tremendos sobre cómo las tropas japonesas eran capaces de asesinar a sangre fría y sin remordimientos a familias enteras de sus propios compatriotas por tan solo acceder a los ansiados refugios en los que guarecerse de los bombardeos enemigos.

Traducido a nueve idiomas y premiado a lo largo de medio planeta, Okinawa, el viento habla obtuvo el Gran Premio de Artes Mediáticas de Japón en la categoría de manga además de ser nominado al Premio Tezuka y al Premio FIBD Fauve d’Or en Angoulême como Mejor Álbum. Pero más allá del merecido reconocimiento, lo que hace grande a Susumu Higa es lo que une todos y cada uno de los relatos que, por separado, son historias completas de gran perfección narrativa pero con una conclusión común además del obvio antibelicismo: y es que, en las situaciones más desgarradoras, ante las actitudes más salvajes o indignas, los habitantes de cada pequeña isla y rincón del archipiélago de Okinawa son capaces de conservar su dignidad, su entereza y sus valores. Muy acertadamente, Reservoir Books presenta Okinawa, el viento habla como el equivalente japonés de Hierba, esa gigantesca obra de Keum Suk Gendry-Kim que incide en los mismos principios: la celebración de la vida pese a las mayores desgracias y la permanencia del verdadero espíritu humano incluso cuando otros supuestos humanos han hecho todo lo posible por quebrar a sus semejantes.

Okinawa, el viento habla lo conforman seis inolvidables historias de las que seguir aprendiendo sin importar cuanto tiempo haya pasado de las terrible heridas causadas por la brutal batalla de Okinawa. Pero además y de modo excepcional, aparte de dos notas editoriales sobre la obra y el contexto histórico, esta edición cuenta con un epílogo escrito por el autor a propósito de la publicación de la obra en castellano por parte de Reservoir Books. En él, Susumu Higa agradece especialmente a España y a nuestros artistas lo que obras como El Guernica de Picasso fueron capaces de despertar en él cuando apenas tenía quince años y decidió que aprendería a expresarse a través del manga. Okinawa, el viento habla es un libro fascinante, que tiene tanto de escalofriante crónica de las tragedias y abusos sufridos por cientos de miles de civiles como de sorprendente puerta a un lugar del que resulta difícil salir como lectores.

SOBRE EL AUTOR

SUSUMU HIGA

Susumu Higa nació en 1953 en Naha, la capital de Okinawa, donde sigue viviendo a día de hoy. Debutó como historietista en 1989 y siempre ha centrado sus trabajos en su territorio natal, al suroeste de Japón, bajo la influencia, por una parte, de la cultura y las leyendas transmitidas de generación en generación y, por otra, del trauma colectivo que supuso la batalla de Okinawa y la larga posguerra secundada por la ocupación estadounidense. Su obra publicada comprende cinco libros: La espada de arena (Suna no Tsurugi, 1995), Okinawa, el viento habla (Kajimunugatai: Kaze ga Kataru Okinawasen, 2003; galardonado con el Japan Media Arts Grand Prize), la serie de dos tomos La joven sacerdotisa (Miyarabi Monogatari, 2006 y 2008), y Mabui (2010). A lo largo de su carrera, ha recibido otras distinciones y menciones, tanto en Japón como en el extranjero, entre las que destacan una nominación al Tezuka Award y al Andrew Carnegie Medal for Excellence in Nonfiction, y el Big Comics Award de la editorial Shogakukan. Ha sido, asimismo, finalista del FIBD Fauve d’Or del Festival de Angouleme y del Premio Boscarato en el Festival de Treviso. Su obra ha sido traducida, hasta la fecha, a nueve idiomas.

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