Incluso a sabiendas de que cruzar el umbral de cualquier obra de Blutch es adentrarse en una experiencia que sobrepasa la simple lectura para poner a prueba toda nuestra capacidad mental, el autor se ha superado con La nueva frontera ofreciéndonos una vez más, cuando todo parece inventado, un original viaje alucinante donde nada es lo que parece y donde verdaderamente todo es posible. «En este libro -declaró expresamente el autor en sus entrevistas promocionales coincidiendo con la publicación original en Francia, a finales de 2022-, la idea era hacer que los materiales fueran lo más sensuales posible, casi en el sentido de despertar los sentidos: el tacto, incluso el olfato. Todos los elementos —personas, naturaleza, objetos inanimados— debían estar lo más presentes posible en la imagen. Puse toda la energía que pude en las piedras, las flores, así como en los hombres y las mujeres. Me encantan los paisajes, las naturalezas muertas. Y hay muchos de ellos en La nueva frontera«. De hecho, la pasión que mueve todo esta novela gráfica arranca desde el principio porque apenas lo abres, el interior de la portada es la primera páginas del cómic, de igual modo que el interior de la contraportada parece llamarte a empezar de nuevo y la página con el título e incluso de la información de la editorial se encuentra casi al final… «Quería eliminar todas las guardas para ir directo al grano -explica Blutch con claridad-. Quería que el libro fuera dinámico y vibrante. Abres la portada y el cómic empieza inmediatamente. Quería dar la impresión de que la historia ya había comenzado antes incluso de que el lector llegara. Del mismo modo, quería que el lector tuviera la impresión de que continúa después de cerrar el libro».

Así, como si llegásemos a la historia cuando su proyección ya ha comenzado, nos sumamos agitadamente al viaje de uno de los protagonistas que no es sino la representación del propio autor, a quien pronto alguien conoceremos como como B., aunque para esta aventura ha decidido que su nombre sea «Anhelo Nocturno». Imagina la situación: a través de montañas indómitas que haberlas no las hay ni dibujadas en Bélgica (el punto más alto de todo el país es la Signal de Botrange con 694 metros de altura), B. llega a la ciudad de Bruselas que, como bien sabe cualquier europeo o belga, ni tiene lago, ni playa, ni montañas ni casino como anuncia el orondo cartel con el que nos encontramos en este principio de periplo. Por supuesto, a cada paso del personaje principal, llegado a esta pintoresca versión de una ciudad de la que podemos esperar cualquier cosa, ataviado con un sombrero al más puto estilo cowboy, en realidad B. ha acudido a la ciudad movido por un «intenso deseo» que explica el brillo de sus ojos y el gesto febril en la escalada hacia el Hotel Métropole, en la zona más alta de una ciudad que, a este lado de la realidad, es afortunada y casi completamente plana. Porque lo cierto es el viaje de dos días en ferrocarril ha sido para que B. se encuentre con A., de quien pronto conoceremos que llegará al mismo hotel bajo una reserva con el seudónimo de «Extravagancia».

La espera de B. se complica cuando, engañado para encontrarse con A., persona capaz de moverle a viajar no sólo en el espacio, sino también en el tiempo, sin saber cómo el dibujante se ve inmerso en una absurda carrera en la que corre junto a sus propios perseguidores que, al parecer habitantes habituales de los montes que rodean la Bruselas del libro, no son sino auténticos pieles rojas…

Más allá de este punto, cuando A. hace una vertiginosa puesta en escena si cabe más espectacular que la de aquel por quien también ha atravesado toda una vida para llegar a este encuentro, de verdad te recomendamos que te liberes de cualquier idea preconcebida y sencillamente te lances a una lectura que, de seguro, repetirás varias veces dándote cuenta de que, cada vez que vuelvas por las mismas páginas, en realidad le encontrarás otro sentido a la portentosa imaginación y trazo de este veterano autor, autorretratado sin complejos en La nueva frontera.

Creo que este es un buen punto de inflexión para recordar precisamente que Blutch fue uno de los innovadores autores experimentales que se decidieron a formar en 1990 la mítica L’Association, es grupo de autores de cómic inclasificables que quisieron llegar aún más lejos y vaya si lo hicieron y lo siguen haciendo: Lewis Trondheim, David B., Joann Sfar… y Blutch, le dieron un giro al cómic europeo que se mantiene en nuestros días. Perdón con la comparación con el mundo musical en el que tantos años viví, pero del mismo modo que hoy en día sólo unas pocas bandas son capaces de congregar multitudes en estadios para dar conciertos de tres horas, Blutch demuestra que, en una Europa invadida, como medio planeta, por el manga y el cerco de la tecnología, autores como él siguen demostrando que no han perdido la pureza salvaje de un trazo que parece dibujar del tirón las historias según surgen de la mano del autor, sin siquiera pasar antes por su cerebro… «Tienes que liberarte constantemente de ti mismo -declaraba el autor sobre el proceso de dibujo de este libro-. He visto a algunos de mis predecesores volverse rígidos con los años, repitiendo siempre los mismos patrones. Hasta que la depresión los venció. Para seguir adelante, siempre tengo que arriesgarme. Es parte del proceso artístico. Muchos dibujantes de cómics juegan porque ya saben que van a ganar. Tienes que empezar sin saber qué va a pasar; es más emocionante, más interesante. Estoy en terreno inestable; realmente no sé si voy a ganar o no».
De hecho, si bien el tono e incluso los colores recuerdan a los tebeos clásicos incluso anteriores a los 80, el modo en que fluye la historia de A. y B. recuerda el método que Moebius utilizó en la creación de su mítico El garaje hermético. Y lo cierto es que, de entre las muchas influencias que parecen haberle rondado por la cabeza con este libro y que reiteró en varias entrevistas, acertamos en parte: «Estaba más concentrado en la geometría matemática. Quería tener un plan A y un plan B… Sin embargo, hay otra influencia: Moebius. Me inspiraron Los Jardines de Edena: Stel y Atan, buscándose el uno al otro. Me influyó mucho esta serie de álbumes tan románticos. Es una influencia subyacente, claro; no es una referencia directa. Es una historia de amor contada con sencillez, y siempre me ha conmovido. Quería recuperar esa cualidad elegíaca».


Profundizando en los orígenes de esta inmensa obra original a cada viñeta e impredecible cada vez que pasamos cualquiera de sus páginas, resulta revelador como parte su inicio llega de la mano de un curioso experimento donde el camino de este autor cuyo trabajo resulta imposible no admirar, se cruzó con el de alguien igualmente apreciado en este rincón virtual. Y es que, en marzo de 2020, nada menos que Catel, Blutch y Bastien Vivès, coincidieron de vacaciones en la localidad normanda de Fécamp, donde decidieron pasar el confinamiento con sus familias, privados de libertad de movimiento pero con la posibilidad de escapar a diario con su imaginación en algo que acabó convertido en un libro que quizás no sabías que existía: Pendant ce temps à Fécamps, donde se recogieron algunos de los dibujos de pura experimentación gráfica y estilo libre. «Esta recopilación de dibujos realizados durante el confinamiento ya se llamaba La nueva frontera (La Mer à boire, Un mar para beber, en la edición original francesa). Podría haber sido el primer borrador del proyecto. El subtítulo en aquel entonces era «Poema de amor». Pero tengo un problema con la palabra «poesía». Me parece pretenciosa. Pensaba que «romance» sonaba más irónico, pero al principio quería escribir un poema de amor. Pronto me di cuenta de que necesitaba crear un cómic «de verdad», no solo un libro con lo que yo llamo dibujos «artísticos». Tenía que escribir una historia y seguir un hilo narrativo. Tenía que contar una historia, no solo crear dibujos a tinta más o menos atractivos. El proyecto evolucionó; tuvimos muchas conversaciones con la editorial 2024, y en un momento dado les dije: ¡vamos a hacer un cómic de verdad con viñetas clásicas, ¡vamos a hacer Tintín!». De ahí que, verdaderamente la escena de los indios parezca Tintín en América.

Lo cierto es que, de entre las muchas lecturas y diversión posibles que encontrarás en estas páginas, Blutch retrata de modo excepcional el inevitable encuentro que se anticipa desde que comenzamos a leer. Y es ahí donde la mezcla obvia de un elegante erotismo natural y real se entremezcla con todo lo más profundo que individualmente cada uno encontrará en la lectura de La nueva frontera. Porque en las viñetas de cuerpos desnudos asistimos en silencio, realmente, al recuerdo de todo lo que arranca cualquier relación: la verdadera e incondicional pasión del uno por el otro, de querer fundirse hasta confundirse, hasta perderse mientras se aprende cada paisaje recóndito del cuerpo de la otra persona a través de algo tan sencillo como sólo mirar, en el caso de B., o tocar y jugar en el caso de A., en un momento en que dos personas son capaces de borrar completamente el mundo a su alrededor y existir solo ellos, ya sea en una habitación de hotel o al borde de otra viñeta que pretenda precipitar a los protagonistas a nuevas aventuras oníricas donde no dejar de sentirse. «¿De qué tienes miedo cuando no te miro?», llega a preguntarle A. a B. mientras nos volvemos a dar cuenta de que será inevitable experimentar incluso una tercera vez esta maravilla de cómic, para adultos, eso sí, donde algunas impresionantes viñetas a página completa te convencerán de que Blutch no pretende dejar de romper moldes por mucho tiempo que pase.
SOBRE EL AUTOR

BLUTCH
Blutch (1967, Estrasburgo), seudónimo de Christian Hincker, es uno de los autores de cómic más relevantes y prolíficos de Europa. Tras su formación en arte, su carrera profesional despegó en 1988 con el premio al concurso de la conocida revista francesa Fluide Glacial, en la que publicó sus primeras tiras y empezó a consagrarse como uno de los autores más influyentes de la generación de los 90 en Francia. Se unió al colectivo de autores experimentales que habían formado L’Association y empezó a dibujar en su revista Lapin. Desde entonces, ha colaborado con los muchos editores y ha publicado con Futurópolis, Cornélius o Dargaud, entre otros. En el 2009 recibió el Gran Premio de Angôuleme como reconocimiento honorífico al conjunto de su obra. Entre los múltiples álbumes publicados, destacan Le Petit Christian (1998 y 2008), Blotch (2000), Vitesse moderne (2002) y Total Jazz (2004).







